Por Juan Flores
Asistimos a dos fenómenos que tienen en común muchas más cosas que ser solamente aficiones «fierreras». Ambas tribus generan rechazos bastante generalizados, puesto que dicha afición se lleva a cabo en ámbitos donde al brazo del estado le cuesta llegar y actuar con eficacia. Pero ése rechazo tal vez tenga una segunda capa que habría que tratar de analizar con mucha precisión, para evitar sesgos inconfesables. Los intrépidos «guachínes» con gorra y ligeros de todo, se desplazan en sus aparatos ruidosos adrede, ante la mirada y oídos de todos, autoridades incluidas, que no atinan a hacer lo que la gente quiere que hagan, porque no se animan.
Los amarokeros de playa (podrían ser toyoteros, rangeros o uteveros, no importa) hacen básicamente lo mismo pero sin alterar el sueño de nadie; sólo se molestan y se matan entre ellos, con el único fin de mostrar quién tiene mejor fierro, aún a riesgo de que ésto (según la tradición instagramera), implique sacar conclusiones sobre el largo de sus pitos.
Podríamos ubicar a ambas castas en los extremos de la cadena socioeconomica, pero en cuanto al grado de estupidez alcanzado, sus límites se tocan. Por éso el resto de la sociedad los aborrece en silencio; no se permite adjetivarlos en voz alta porque éso conllevaría pasar ciertos límites.
Unos desafían al poder, al cual identifican con «la gorra»….los otros, que tal vez representen el «poder», se desafían entre ellos. Ambos «se divierten» irresponsablemente y comparten la vanidad y la ignorancia cívica más elemental.




