1 Mar 2026
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Nueve de Julio

Cuando el engranaje se resquebraja

Por Javier J. Pappalardo

Hay días en que la falla no es técnica sino moral. No se corta la luz ni cae la señal: se agrieta el clima. Se percibe en los bares, en las sobremesas, en las conversaciones que empiezan enteras y terminan astilladas. Una línea fina las parte en dos. Algo no encaja. Algo no funciona.
No fue una revelación súbita, sino una acumulación de escenas. Escuchar al pasar, leer sin buscar, mirar demasiado. De pronto, la pregunta: ¿la corrupción es naturaleza o circunstancia? ¿Los que desvían fondos que deberían ir a maestros, médicos o jubilados nacen así o se convierten? ¿En qué momento el límite deja de existir? Pensé en escribir sobre eso. Un registro, una bitácora, una plegaria laica. Pero vivimos en la era en la que los comienzos se tercerizan. Basta pedirle a una inteligencia artificial que provea frases memorables, citas irónicas, consignas listas para viralizar. “Igual te van a criticar”, diría alguna. Pulcra, correcta, aséptica. Sin insultos ni desbordes. Sin humanidad.
El problema es que los principios no vienen de fábrica. Se heredan. Familia, barrio, escuela, maestros, amigos. Los comienzos, en cambio, pueden reescribirse. Y eso es lo que incomoda a los autoritarios: la posibilidad de cambiar el sentido de la historia. La trama social es frágil. Se parece más a un bordado que a una estructura de hormigón. Requiere paciencia, silencio, atención. Pero la ansiedad permanente —esa vida ajena que consumimos durante horas en redes sociales— deshace los hilos. Una reacción intempestiva, un estallido de furia, un acto irracional, y todo vuelve a cero.
A veces el nuevo comienzo se escribe solo. Hay señales que anticipan el quiebre: datos, miradas, silencios prolongados. El problema es la repetición. Días que se amontonan durante meses o años. Rutinas acumuladas como bolsas de basura que ya no entran en ningún contenedor público. Culpa, desgaste, daños irreparables. El cuerpo empieza a doler. Diciembre es temporada alta. El calor condensa la insatisfacción. Marzo también: cuando se inauguran sesiones legislativas y los anuncios desconciertan a quienes creían tener certezas. En diciembre llegan cansados, en marzo reaparecen feroces, sobre todo si es año electoral. La llamada “mano invisible” del mercado político revuelve el bolillero, pero los nombres suelen repetirse. En temporada baja caen piezas menores: asesores, intermediarios, empresarios, sindicalistas, jueces, cómplices. Rara vez los máximos responsables. Muchos procesados, pocos presos. Un engranaje que se protege a sí mismo.
Leen borradores de cambio con la tranquilidad de quien no se siente obligado a nada. Una vez instalados en el olvido, creen que no responden por sus actos. Pero el desaliento social no desaparece: vibra, tensa, espera.

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