5 May 2026
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Nueve de Julio

Carlitos

Por Javier José “Pucho” Pappalardo

Se murió Carlos Roberto Mosca. Carlitos. Para nosotros, en casa, siempre Carlitos. Y todavía no sé bien cómo se escribe esto. Carlitos era ese amigo —más que amigo, hermano— al que yo le decía, en chiste pero en serio, que era de los que vos los llamás por teléfono y les decís «maté a mi suegra» y hay dos posibilidades: o te cortan y llaman al 911, o se aparecen a las once de la noche con una pala. Carlitos era el de la pala. Sin preguntar. Sin pedir explicaciones. Sin sermón al día siguiente. Lo cargaba con eso. Le decía «vos sos de los de la pala«. Y él se reía. Carlitos siempre se reía.
Yo le decía también que me había acompañado en los velorios y en los cumpleaños. Y es verdad. Estuvo en el nacimiento de Valentina. Estuvo en el nacimiento de Augusto. Estuvo cuando todo era luz y estuvo cuando todo era sombra. Me acompañó durante la cárcel —Olmos, la Unidad 9 de La Plata, la Unidad 5 de Mercedes— y ahí, donde se ven las amistades de verdad, donde se decanta lo que sirve y lo que no, Carlitos no faltó una sola vez. Ni una. Estuvo en mi juicio oral. Estuvo en mi absolución, y estaba más contento él que yo. Lo miré ese día y pensé: «Este tipo es de fierro».
Antes de la cárcel también, cuando tomamos aquel crédito con Martín Callegaro —otro maestro, otro de los que no se olvidan—, ahí también estaba Carlitos. Yo le decía a Martín: «por favor, ayudame». Y después, cada vez que me enojaba con algo, Carlitos me imitaba, me cargaba, «Por favor, Martín, ayudame«. Y se moría de risa. Y yo terminaba riéndome también, porque con él era imposible quedarse enojado.
Los domingos te esperaba. Llegabas tarde, claro, siempre tarde —impuntual hasta para esto. «Carlitos, se pasa el asado» te recriminaba—, pero cuando aparecías traías la mesa entera con vos. Tenías la centralidad. María Claudia no quería que te fueras nunca. Pasaba el asado, pasaba el postre, pasaba la sobremesa, y ella siempre te pedía que te quedaras un ratito más. Un ratito más. Un ratito más, Carlitos. Y vos te quedabas. Porque era sincero todo. El aprecio era sincero. La lealtad era sincera.
La humildad era sincera. Porque eso era lo otro, eso lo tengo que decir. Con todo lo que valías, con todo lo que dabas sin medir, jamás te paraste un escalón más arriba que nadie. Nunca. Esa humildad de los grandes de verdad, la de los que no necesitan que se las cuenten porque la traen puesta.
No hay sustantivo justo para lo que eras. Lealtad se queda corta. Hermandad se queda corta. Es algo más viejo que las palabras, algo que se entiende cuando alguien aparece con la pala a las once de la noche y no pregunta nada.
Hoy escribo esto y lo que más me duele es que ya no vas a llegar tarde el domingo. Que ya no vas a cargarme con cualquier tontería. Que ya no voy a poder devolverte la cargada. Que María Claudia ya no va a pedirte que te quedes un ratito más.
Pero te voy a decir una cosa, Carlitos, y dejame que te la diga como te la diría si estuvieras acá: te quedaste muchos ratitos más de los que te tocaban. Te quedaste en cada velorio y en cada cumpleaños. Pisaste cada unidad donde ningún amigo común habría puesto un pie. Te quedaste en el día de la absolución abrazándome más fuerte que nadie. Te quedaste en cada domingo de los últimos años. Te quedaste, hermano. Y por eso ahora, aunque te hayas ido, te seguís quedando.
Y voy a extrañar las discusiones interminables de fútbol. Esas que empezaban en el asado y no terminaban nunca, donde nadie cedía y nadie tenía razón. Voy a extrañar discutir con vos por una pavada de un partido. Voy a extrañar tener con quién discutir así.
Llegá tarde nomás, como siempre. Te espero.

 

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