22 Feb 2026
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Nueve de Julio

El poder de las medialunas fértiles

Por Javier J. Pappalardo

En el siglo XXI, el poder no se mide solo en misiles, petróleo o microchips. También se mide en toneladas de trigo, maíz y soja. El alimento volvió al centro de la escena global, y cuatro grandes regiones concentran buena parte de esa capacidad estratégica: Estados Unidos, Ucrania, Argentina y vastas zonas de África.
La diferencia entre ellas no está en la fertilidad del suelo. Está en la calidad de sus instituciones, en la previsibilidad de sus reglas y en su capacidad de transformar producción en poder económico sostenible.
Estados Unidos entendió hace décadas que el agro no es solo campo. Es biotecnología, financiamiento, logística integrada, mercados de futuros y diplomacia comercial. La competitividad no nace del subsidio permanente, sino de ecosistemas productivos dinámicos, inversión en innovación y estabilidad normativa.
Ucrania, pese a su enorme potencial agrícola, demostró cómo la vulnerabilidad geopolítica puede interrumpir cadenas de suministro globales y alterar precios en continentes enteros. La producción es poder, pero solo cuando está protegida por estabilidad institucional y acceso fluido a mercados.
Argentina ofrece quizás el caso más ilustrativo del dilema liberal. Posee una de las regiones agrícolas más eficientes del planeta. Sin embargo, arrastra décadas de inestabilidad macroeconómica, presión tributaria distorsiva, controles cambiarios y regulaciones que penalizan la inversión. El resultado es claro, se produce mucho, pero se capitaliza poco. La renta agraria sustituye reformas estructurales en lugar de financiarlas.
África, por su parte, concentra una de las mayores reservas de tierras arables disponibles. El desafío no es la tierra, es el marco jurídico, la infraestructura y la integración al comercio global. Donde no hay seguridad jurídica ni previsibilidad, no hay inversión sostenida.
Desde una perspectiva liberal, la lección es simple: la fertilidad natural no garantiza desarrollo. Lo garantiza la competitividad. Y la competitividad surge de reglas claras, apertura comercial inteligente, estabilidad macroeconómica y respeto por la propiedad.
El siglo del alimento será también el siglo de la eficiencia. En un mundo con más de ocho mil millones de personas y creciente presión climática, la seguridad alimentaria no será un eslogan moral, sino una variable estratégica. Los países que logren producir con escala, tecnología y libertad económica no solo exportarán granos, exportarán estabilidad.
Pero la competitividad no se declama, se decide. Se decide cuando un país opta por integrarse al mundo en lugar de encerrarse en sus propias excusas, cuando reduce la incertidumbre regulatoria en vez de multiplicarla, cuando comprende que castigar al sector más eficiente es debilitar su principal fuente de fortaleza. La soberanía real no consiste en levantar barreras, sino en tener la capacidad de competir sin depender de protecciones transitorias ni privilegios permanentes.
Las medialunas fértiles no garantizan grandeza. La historia demuestra que la abundancia puede ser plataforma de desarrollo o coartada para la mediocridad. En el siglo del alimento, el poder no pertenecerá a quien tenga la mejor tierra, sino a quien construya las mejores reglas. La tierra es una ventaja. La libertad es una decisión. Y competir no es una opción sino una obligación.

 

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