El mundo del cine rinde homenaje a Robert Duvall, uno de los actores más respetados y versátiles de su generación, quien falleció a los 95 años. Su muerte, ocurrida ayer domingo 15, fue confirmada por su esposa, la argentina Luciana Pedraza, a través de un emotivo comunicado en el que describió su partida como «pacífica» en su hogar de Middleburg, Virginia.
Duvall, cuya carrera abarcó más de seis décadas, dejó una marca indeleble en la historia de Hollywood. Nacido en San Diego en 1931, el actor comenzó su ascenso en la industria con un papel pequeño pero fundamental como Boo Radley en Matar a un ruiseñor (1962). Sin embargo, fue su colaboración con Francis Ford Coppola lo que lo catapultó a la cima del cine mundial. Su interpretación del flemático y leal Tom Hagen en El Padrino y El Padrino Parte II le otorgó no solo reconocimiento internacional, sino también la primera de sus siete nominaciones al premio de la Academia.
Una presencia inconfundible en pantalla
Pocos actores poseían la capacidad de Duvall para dominar una escena con una sutileza contenida o una intensidad feroz. En Apocalypse Now, personificó la locura y el carisma militar como el Teniente Coronel Kilgore, inmortalizando la frase «Adoro el olor del napalm por la mañana». Esta actuación le valió un Globo de Oro y un BAFTA, consolidando su reputación como un intérprete que aportaba una autenticidad cruda a cada proyecto en el que participaba.
El punto culminante de su reconocimiento artístico llegó en 1984, cuando obtuvo el Óscar al Mejor Actor por su papel en Tender Mercies (El precio de la felicidad). En ella, Duvall interpretó a un cantante de música country acabado que busca la redención, un papel que le permitió explorar la vulnerabilidad humana de una manera que conmovió profundamente a la crítica y al público.
Más allá de su trabajo frente a las cámaras, Duvall fue un director y guionista ambicioso. Su película de 1997, The Apostle, la cual financió de su propio bolsillo tras años de rechazos por parte de los estudios, mostró su compromiso con las historias complejas sobre la fe y el espíritu humano. En la televisión, también dejó una huella profunda con su participación en la aclamada miniserie Lonesome Dove, considerada uno de los hitos del género western moderno.
Duvall y Argentina, varios corazones
La relación de Robert Duvall con Argentina fue profunda, apasionada y duró varias décadas, transformándose en una de las facetas más conocidas de su vida personal fuera de Hollywood. Esta conexión no fue solo profesional, sino que redefinió sus gustos, su círculo social y su vida sentimental.
Todo comenzó con el baile. Duvall era un ferviente admirador del tango argentino. Según relató en varias entrevistas, quedó cautivado por la danza y comenzó a viajar a Buenos Aires con frecuencia para frecuentar las milongas (salones de baile). Su obsesión era tal que llegó a ser un bailarín muy competente, integrándose en la escena nocturna porteña como un aficionado más.
Pero el vínculo más fuerte con el país llegó en 1996 de una manera casi cinematográfica. Duvall estaba en Buenos Aires y, mientras caminaba por la calle, se cruzó con Luciana Pedraza, una joven argentina que en ese momento trabajaba en una panadería. A pesar de la diferencia de edad (él era 41 años mayor), comenzaron una relación que perduró hasta el día de hoy. Se casaron en 2005 y ella lo introdujo aún más en la cultura y las costumbres locales.
Duvall canalizó su amor por Argentina y el tango en el cine. Escribió, dirigió y protagonizó la película Assassination Tango, la cual fue filmada en gran parte en Buenos Aires. En el film, Duvall interpreta a un sicario que, mientras espera para cumplir un encargo en Argentina, se obsesiona con el mundo del tango. Su esposa, Luciana, también tuvo un papel protagónico en la cinta.
Como buen amante de los caballos (una pasión que compartía con su herencia estadounidense de Virginia), Duvall se convirtió en un seguidor entusiasta del polo argentino. Era común verlo en el Campo Argentino de Polo en Palermo durante el Abierto Argentino, apoyando a equipos y entablando amistad con figuras como Adolfo Cambiaso.
Duvall se declaró en múltiples ocasiones fanático de la carne argentina y de las costumbres de la mesa en el país. Se decía que en su casa de Virginia solía organizar asados al estilo argentino y que mantenía una dieta y un ritmo de vida influenciado por sus años de visitas constantes a Buenos Aires.
Argentina fue para Robert Duvall su «segundo hogar». El país no solo le dio una esposa y una musa creativa, sino también una disciplina artística (el tango) que él consideraba una de las formas de expresión más puras del mundo.
Un legado que trasciende la actuación
La familia de Duvall ha solicitado privacidad en este momento de duelo y ha informado que no habrá un funeral tradicional. En su lugar, han instado a sus admiradores a honrar su memoria de una forma más personal: viendo una gran película, compartiendo una buena historia con amigos o dando un paseo por el campo para apreciar la belleza del mundo, actividades que el propio actor atesoraba en su vida privada.
Con la partida de Robert Duvall, Hollywood pierde a uno de sus últimos grandes titanes, un artista que, en palabras de sus colegas, no solo interpretaba personajes, sino que los habitaba con una verdad innegociable. Su legado permanecerá en las bibliotecas de cine y en la memoria de aquellos que encontraron en su trabajo un reflejo fiel de la condición humana.





