Cincuenta años después de que el programa Apolo cerrara sus puertas, la NASA lidera un esfuerzo internacional sin precedentes para devolver a los seres humanos a la superficie lunar. No se trata simplemente de una repetición de los logros del siglo pasado, sino del inicio de una era de exploración sostenible que busca establecer una presencia humana permanente en el satélite natural de la Tierra. El programa Artemis, nombrado en honor a la hermana gemela de Apolo en la mitología griega, simboliza un cambio de paradigma en la política espacial global.
La arquitectura de este programa se apoya en el Sistema de Lanzamiento Espacial (SLS), el cohete más potente jamás construido por la agencia estadounidense, y la nave Orion, diseñada para transportar a la tripulación a través del espacio profundo. A diferencia de las misiones de los años sesenta, Artemis cuenta con una coalición de socios internacionales, incluyendo a la Agencia Espacial Europea, Japón y Canadá, lo que refuerza la naturaleza global de esta empresa. Uno de los objetivos más destacados de la misión es la inclusión, con el compromiso explícito de llevar a la primera mujer y a la primera persona de color a la Luna.
El lanzamiento está programado para el próximo 6 de febrero con tripulación compuesta de cuatro astronautas: Reid Wiseman será el comandante, la ingeniera Christina Koch (será la primera mujer en una misión lunar, aunque ya estuvo más de 300 días en la estación espacial), El ingeniero y aviador naval estadounidense Victor Glover, que se convertirá en el primer astronauta afroamericano en orbitar la Luna y el canadiense Jeremy Hansen, piloto de la Fuerza Aérea de su paísy único debutante en la tripulación.
Todos irán a bordo de la Orion impulsada por un potente cohete de última generación. Durante casi diez días, la cápsula se internará en el espacio profundo, se acercará a la Luna, la rodeará y regresará a la Tierra siguiendo una trayectoria diseñada para aprovechar la gravedad del satélite.
El foco estratégico de Artemis se sitúa en el polo sur lunar, una región de sombras permanentes y cráteres profundos que guardan un tesoro científico: hielo de agua. El descubrimiento de este recurso ha transformado la visión de la Luna de un desierto yermo a una estación de servicio potencial. Si este hielo puede ser extraído y procesado, se convertiría en oxígeno para respirar e hidrógeno para combustible de cohetes, permitiendo que la Luna funcione como un trampolín hacia destinos más lejanos, como Marte.
Sin embargo, el camino hacia la Luna no está exento de desafíos técnicos y presupuestarios. Tras el éxito de Artemis I, que probó la nave Orion sin tripulación en un viaje de ida y vuelta, la atención se centra ahora en Artemis II y III. La complejidad de desarrollar un sistema de aterrizaje humano, adjudicado en gran parte a empresas privadas como SpaceX, ha generado retrasos en el cronograma original. La seguridad de los astronautas sigue siendo la prioridad absoluta frente a la presión de la nueva carrera espacial que involucra a potencias como China.
A medida que las misiones progresan, la construcción de la Gateway, una pequeña estación espacial que orbitará la Luna, servirá como centro de comunicaciones y laboratorio científico. Este puerto espacial permitirá a los astronautas realizar estancias más prolongadas y facilitará el acceso a diferentes puntos de la superficie lunar. Artemis no representa el final de un viaje, sino el primer paso de un plan a largo plazo para que la humanidad se convierta en una especie multiplanetaria, aprendiendo a vivir y trabajar en un mundo que no es el nuestro.





