La fiebre y el termómetro

El ministro Luis Caputo en la apertura de la Argentina Week en París
Por Javier Pappalardo

Hay semanas en las que una sola frase ordena todas las demás. La de esta la pronunció Luis Caputo en París, al cierre de la Argentina Week: la economía, admitió, está “creciendo menos que antes”. La fórmula tiene la virtud de la prudencia y el defecto de la vaguedad. El ministro negó la recesión, culpó a los shocks internacionales y al clima político, y agregó, casi al pasar, que el estimador mensual del INDEC muestra una volatilidad que delata un problema de medición. Hubo un tiempo en que discutirle al INDEC era una práctica asociada al kirchnerismo, que en 2007 intervino el organismo. Que ahora sea un ministro liberal quien mire de reojo al termómetro es uno de esos giros que la política argentina reserva para los momentos de incomodidad.

El riesgo país tocó la semana pasada la zona de los 650 puntos, el máximo del año, y estos días osciló en torno a los 600. Caputo repartió las culpas mitad y mitad. Una mitad corresponde al mundo, con el petróleo en alza y tasas altas en Estados Unidos. La otra tiene nombre propio, aunque el ministro prefirió una perífrasis: en los encuentros con inversores, contó, aparece la pregunta por el regreso del kirchnerismo en 2027. Es una confesión notable. Dos días antes, en la apertura del mismo encuentro, el ministro había asegurado a los inversores que el riesgo estaba en perderse la oportunidad de invertir y que las elecciones no eran el problema. En cuarenta y ocho horas, el riesgo electoral pasó de no existir a explicar la mitad de la suba. Lo que los mercados leen en los bonos argentinos es, en buena medida, una encuesta.

Ahí aparece el Fondo Monetario Internacional, que en la Argentina ejerce a la vez de auditor y de confesor, y que pide acumular reservas más rápido, aun a costa de un dólar algo más alto. El Banco Central aceleró sus compras: sumó 212 millones de dólares en la semana y cerca de 15.000 millones en el año, con reservas brutas en torno a los 49.700 millones. Según estimaciones privadas, las netas rondan los 12.000 millones. El dólar oficial sigue inmóvil en 1.540 pesos. La calma cambiaria existe. Lo que todavía no se sabe es cuánto cuesta sostenerla.

Mientras en París se discutía el riesgo país, el INDEC publicó los números de la economía que se toca con las manos. La industria cayó 3,2% interanual en agosto y acumula una baja de 2,7% en el año, con once de dieciséis ramas en rojo. La fabricación de maquinaria y equipo, la forma más concreta que tiene una economía de apostar a su futuro, se contrajo casi 21% en ocho meses. La construcción retrocedió 4,4%, y las empresas del sector esperan un trimestre todavía peor.

El martes se conocerá la inflación de septiembre. La de agosto fue de 1,7%, la más baja en catorce meses, y el Gobierno la celebró como lo que es, un logro. Pero el promedio tiene la costumbre de ocultar a quienes están en los extremos: la canasta básica alimentaria subió 2,6% en agosto y casi 40% en doce meses, seis puntos por encima del índice general. En marzo, Caputo había anunciado que la inflación mensual perforaría el 1% “si no es en agosto, en septiembre u octubre”. Las encuestas privadas esperan para septiembre una leve aceleración. La profecía conserva un solo mes de vigencia.

Leídos en conjunto, los principales medios del país describen, cada uno con sus adjetivos, la misma criatura: una economía de dos velocidades. Arriba, un frente financiero ordenado. Abajo, la industria y la construcción, que son las que más empleo generan, todavía sin piso. Los defensores del programa sostienen que la estabilidad es la condición del crédito, y el crédito, de la recuperación. Sus críticos responden que esa secuencia, razonable en un pizarrón, se vuelve eterna para quien perdió el trabajo en una obra o en un taller. Lo que separa a unos de otros es el tiempo que cada uno está dispuesto a esperar.

Esa macroeconomía recorrió el miércoles la Ruta 5. Por la mañana, Axel Kicillof estuvo en Carlos Casares: entregó 562 títulos de propiedad y dos viviendas de un plan de 144, y anunció un acueducto de 30 kilómetros, con financiamiento del BID, que llevará agua desde French. Por la tarde llegó a Nueve de Julio y, junto a la intendenta María José Gentile, entregó 370 escrituras gratuitas, computadoras y patrulleros. Ya son 1.132 las escrituras otorgadas en el distrito desde el comienzo de su gestión. El gobernador eligió para su gira el gesto más tangible que tiene a mano: papeles y llaves.

Las escrituras encierran una paradoja que la política argentina suele pasar por alto. Hace un cuarto de siglo, el economista peruano Hernando de Soto, muy citado por los liberales, sostuvo en El misterio del capital que los pobres de América Latina poseen activos que no pueden convertir en capital porque carecen de títulos. Una casa sin escritura se habita, pero no sirve de garantía. Con escritura, puede hipotecarse, venderse a su precio o heredarse sin pleitos. Caputo repite que el crédito será el motor del crecimiento. Es curioso, y muy argentino, que la condición previa de ese motor la esté poniendo un gobernador peronista que se presenta como la alternativa al liberalismo.

La otra cara de la gira está en la construcción. En Carlos Casares, el intendente Daniel Stadnik reconoció que sus viviendas se levantan con fondos provinciales porque las que financiaba la Nación quedaron paralizadas. En Nueve de Julio la escena es más austera. Al día siguiente de la visita, el secretario municipal de Vivienda confirmó que las 32 casas de Los Aromos siguen detenidas, que el contrato se rescinde y que apenas diez tienen un plan para terminarse. Cada obra parada es un corralón que no vende, un albañil sin jornal y una familia que sigue alquilando. Es el rostro local del 4,4% del INDEC. Caputo tiene razón: la economía crece menos que antes. Lo que su frase deja sin responder es dónde se nota. En París, en el riesgo país, que sube y baja con las encuestas de 2027. En Nueve de Julio, en unas paredes que hace años esperan el techo.

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