Una década de continuidad política obliga a algo más que discursos inaugurales: exige explicar qué decisiones se tomaron, qué resultados produjeron y por qué, pese al tiempo transcurrido, muchas de las deudas estructurales de la ciudad siguen intactas.
El lunes, en el recinto del Concejo Deliberante, la intendenta María José Gentile eligió una frase potente para inaugurar el año legislativo: “Gobernar es elegir”.
Es cierto. Gobernar es elegir. Pero después de diez años de gestión bajo el mismo signo político la discusión ya no puede quedarse en la épica de la decisión. Llega el momento inevitable de hacerse cargo de lo elegido y, sobre todo, de explicar el resultado de esas decisiones acumuladas.
El discurso fue presentado como distinto, trascendente, atravesado por la crisis nacional y la emergencia hídrica. Pero más allá del tono solemne, la pregunta es inevitable: ¿qué transformaciones estructurales puede mostrar Nueve de Julio después de diez años de gobierno del mismo signo político?
La crisis económica impacta. La coparticipación cae. La cobrabilidad es baja. Todo eso es real. Pero diez años no son coyuntura: son ciclo. Y cuando un ciclo se cierra, los resultados ya no pueden atribuirse únicamente al contexto. Si la tasa retributiva de servicios municipales apenas supera el 50% de cumplimiento y la Red Vial ronda el 60%, el problema no puede explicarse solo por el bolsillo del vecino. También habla de la percepción del servicio que el Estado municipal ofrece a cambio. La confianza fiscal no se impone. Se construye. Y cuando esa confianza no logra consolidarse en diez años, la responsabilidad deja de ser ajena o heredada.
Se habló de austeridad y de reducción de la planta municipal como signo de orden. Pero el orden que llega después de una década se parece más a corrección que a planificación. Achicar puede ser necesario, pero achicar no siempre es transformar. Y transformar era, según se dijo, el objetivo central.
En materia de tasas, el mensaje fue claro: votar por debajo del costo condena a la ciudad al estancamiento. Puede ser. Pero también condena al estancamiento no revisar contratos durante años, no optimizar consumos, no transparentar integralmente los números públicos. Pedir más esfuerzo al vecino exige antes mostrar con claridad qué se hizo durante una década con cada peso que ingresó. La emergencia hídrica fue presentada como un fenómeno extraordinario. Y lo fue en magnitud. Pero la vulnerabilidad estructural del distrito frente al agua no es una novedad reciente. Diez años de continuidad política deberían haber permitido consolidar infraestructura preventiva y no depender casi exclusivamente de respuestas urgentes cuando la lluvia llega.
Algo similar ocurre con el basural, descrito nuevamente como una deuda histórica. Lo es. Pero también es una deuda que se acumuló durante los mismos años de conducción política que hoy la reconoce. Si el proyecto del nuevo predio está listo pero faltan recursos, la pregunta es inevitable: ¿por qué una prioridad ambiental reconocida por todos no logró asegurarse financiamiento en una década completa?
También se endureció el discurso en materia de seguridad vial: allanamientos, secuestros, operativos. El orden no es negociable. De acuerdo. Pero cuando el desorden se vuelve paisaje cotidiano, rara vez aparece de la noche a la mañana. Se construye lentamente, con años de ausencia de políticas sostenidas. La firmeza discursiva puede ser necesaria, pero nunca reemplaza la constancia preventiva.
En el tramo final se anunció una planificación urbana a treinta años. La ambición es saludable. Pero después de diez años de gobierno del mismo espacio político, la planificación debería empezar a verse en el territorio y no solo proyectarse hacia el futuro.
Los números de salud y asistencia social impresionan por su magnitud. Pero también revelan otra realidad: la demanda no disminuye. Cuando cientos de familias dependen de asistencia alimentaria permanente, la explicación no puede limitarse al contexto nacional. Una década es tiempo suficiente para que un municipio consolide un modelo local de desarrollo más robusto.
En ese escenario cabe preguntarse seriamente: ¿cómo se explica que, en apenas diez años, algunos hayan ingresado a la función pública sin poder afrontar la canasta básica y hoy exhiban patrimonios propios de empresarios prósperos cuando el único ingreso declarado ha sido el salario municipal? Porque cuando la evolución patrimonial no encuentra explicación en los ingresos formales, la política deja de hablar de gestión y empieza a enfrentar una palabra mucho más incómoda: transparencia.
Gobernar es elegir. Pero después de diez años, elegir también implica rendir cuentas por lo que esas decisiones produjeron. A esta altura, el debate ya no es ideológico ni partidario. Es más simple: resultados. Diez años alcanzan para mostrarlos. O para explicar por qué no aparecen. Tal vez la explicación del deterioro de Nueve de Julio no esté únicamente en la lluvia que cae, ni en la coparticipación que baja, ni en las tasas que no alcanzan. Después de una década, esas excusas empiezan a sonar más a argumento defensivo que a diagnóstico.
La política, cuando permanece demasiado tiempo en el poder, corre un riesgo silencioso: acostumbrarse a administrar los problemas en lugar de resolverlos. Y cuando eso ocurre, los discursos se vuelven cada vez más largos…y las soluciones cada vez más cortas.





