19 Mar 2026
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Nueve de Julio

El Editorial del Lobo

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La dignidad bajo ataque

El último miércoles volvió la represión. Otra vez la golpiza. Otra vez jubilados y personas con discapacidad como blanco de un operativo diseñado no para ordenar, sino para inhibir. Para que el pueblo no vaya, para que no esté allí, reclamando contra la crueldad económica y las mentiras oficiales. Esos jubilados son castigados dos veces: por la estafa que padecen y por atreverse a denunciarla.
Ahora, además, lo del Indec empieza a quedar mucho más claro. Se va revelando con nitidez el tamaño del saqueo que sufren quienes llevan dos años cobrando el mismo bono de 70 mil pesos. La coacción ejercida en nombre de una casta de la crueldad, resulta intolerable. Y lo más peligroso es la sensación de acostumbramiento. Por favor, no: indignémonos. Indignémonos ante esta manifestación de odio, de rechazo a la protesta y de desprecio por los derechos de quienes tienen necesidades.
Empujados y amedrentados aparecen los discapacitados que reclaman algo elemental: que se cumpla una ley votada, vetada y vuelta a votar, y que la Justicia ordenó ejecutar frente a la impunidad de las corporaciones que gobiernan con Milei y enfrentan la protesta legítima. ¿Quiénes son los que jamás quieren que los jubilados estén bien? Los que rechazan la moratoria, los que se oponen a que el Estado invierta en su propia gente, como si el Estado no fuéramos todos. Quieren que quede más para ellos, que todo vaya hacia lo privado, en una estafa colosal. Lo demuestra el Indec. Los números del Indec deprimen salarios y jubilaciones.
El timo es insoportable y la golpiza crece cada miércoles. Más de 35 heridos, dos hospitalizados, Las imágenes se repiten: empujones, caídas, gritos, dolor. Pero lo más grave es el ataque sistemático a la dignidad.
Antidemocrático y totalitario, el gobierno avanza hacia un fascismo creciente. El Congreso pretende una sola voz adentro y afuera, mientras las demás son silenciadas. Adentro, diputados opositores acallados mediante un reclutamiento que asombra: dinero, cargos, pertenencia. Afuera, el grito desesperado de la calle, ahogado a palos, sofocado con gases lanzados con la urgencia con que se combate a un insecto molesto.
Esa imagen define no sólo al gobierno argentino. En un mundo de revelaciones, la paliza impune recuerda a Minnesota. A Pablo Grillo le faltó poco para ser Alex Pretti. La realidad desaparece. En ese dislate, reivindican el “futuro” Indec. Pero la estafa de Milei–Caputo–Lavagna ya se consumó. Años de transferencia de recursos al círculo rojo, robados mediante la violencia de los números.
Al pueblo le pegan por todos lados, mientras levantan el martillo del último remate de la dignidad: la reforma laboral para la que ya se entrenan. Elongan, hacen ejercicios, se preparan. Este miércoles quieren empezar a votarla.
Veamos los datos. El 62 por ciento de los trabajadores argentinos gana menos de un millón de pesos. La canasta básica supera los 1,3 millones. En ese marco, el gobierno impulsa la reforma laboral. El Instituto Gino Germani de la UBA lo demuestra con crudeza: es un ataque irracional a la condición humana. Menos de un millón es apenas el límite. Casi 10 de los 13 millones de trabajadores viven con mucho menos.
En ese contexto se pergeña la reforma y se la pone en manos de quienes habitan el Parlamento. Serán parte de la destrucción que el gobierno, en nombre del sistema, quiere consumar esta semana. Con salarios en el piso, insuficiencia alimentaria y una pobreza real que ronda el 72 por ciento según mediciones confiables, resulta indiscutible que con un millón de pesos un laburante es pobre. Y Milei le coloca el jopo de la reforma.
La criminalidad del sistema se completa con la baja de la edad de imputabilidad. Saben que sus políticas multiplican el conflicto social. Están de cacería.
Mientras tanto, Mariano Cúneo Libarona habla de cárceles para adolescentes, como si existiera un tropel de chicos delincuentes. No serán los que lo tienen todo, no serán hijos de padres con trabajo, no serán los que tienen futuro. Están pegando demasiado. Golpean abajo, descargan su desprecio en la cara del pueblo. Con salarios miserables para 10 millones de personas, proyectan la derrota final de la mínima actividad. No hay conflicto de conciencia, no conocen la piedad, no respetan la condición humana. No sienten un poco de miedo. Ahora menos que nunca, no pongamos la vida en modo avion.


EL LOBO

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