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El poder económico frente al experimento Milei: respaldo, cálculo y límites

Por Redacción Extra Digital

Mientras la economía real se deteriora, la cúpula empresarial sostiene al gobierno. No por desconocimiento del daño productivo, sino por afinidad ideológica, lobby selectivo y una lógica de corto plazo que posterga el debate sobre desarrollo y sustentabilidad.

El devenir de los principales indicadores de la economía real convive con una paradoja política central del presente argentino: pese al retroceso industrial, la caída del consumo, la presión importadora y el aumento de la fragilidad financiera, una porción decisiva del poder económico continúa respaldando al gobierno de Javier Milei. No se trata de un acompañamiento ingenuo ni desinformado, sino de una apuesta consciente, atravesada por convicciones ideológicas, cálculos tácticos y una lógica de rentabilidad inmediata.

Los datos sectoriales confirman un escenario crítico. La industria registra caídas interanuales sostenidas, la construcción retrocede a niveles históricos, el comercio enfrenta una competencia inédita de importados y plataformas globales, y el sistema financiero comienza a mostrar señales de estrés por el aumento de la morosidad y la restricción crediticia. Aun así, las principales conducciones empresarias mantienen un respaldo público que contrasta con el padecimiento concreto de amplios segmentos productivos.

Esta aparente contradicción encuentra explicación en tres planos que se superponen. El primero es ideológico. Milei encarna, para buena parte de la élite económica, un liderazgo dispuesto a confrontar sin mediaciones con el mundo del trabajo organizado y con la tradición distributiva asociada al peronismo. La promesa de disciplinamiento laboral, reducción del Estado y debilitamiento de la negociación colectiva opera como un objetivo estratégico que excede los costos coyunturales.

El segundo plano es el del lobby selectivo. Las corporaciones no intervienen de manera permanente, sino en momentos clave. Se activan cuando están en juego reformas estructurales, votaciones sensibles o decisiones que afectan directamente su ecuación de negocios. El respaldo general al rumbo convive, así, con negociaciones puntuales, pedidos sectoriales y objeciones específicas cuando el programa impacta de lleno en intereses concretos.

El tercer elemento es la lógica del corto plazo. Una parte significativa del empresariado argentino prioriza el flujo de caja inmediato por sobre el valor de largo plazo de sus activos. Reformas que prometen reducción de costos laborales, desregulación o ventajas financieras son celebradas aun cuando, simultáneamente, se erosionan las bases del desarrollo: mercado interno, infraestructura, capacidades tecnológicas y capital humano. La ganancia hoy se impone sobre la sustentabilidad mañana.

Esta racionalidad explica por qué sectores industriales golpeados por la apertura comercial continúan respaldando un programa que los expone a una competencia desigual. También permite entender la coexistencia de apoyos explícitos con reclamos por una apertura “inteligente” o transiciones graduales que, en los hechos, chocan con la lógica del modelo vigente.

El respaldo empresarial, sin embargo, no es homogéneo ni exento de tensiones. A medida que el ajuste se profundiza y los efectos sobre la producción se acumulan, emergen fricciones intersectoriales. Energía, finanzas y algunos servicios aparecen como ganadores relativos, mientras la industria y el comercio tradicional enfrentan un deterioro acelerado. Esta asimetría reconfigura el mapa del poder económico y anticipa disputas que pueden volverse más visibles con el correr del tiempo.

En ese marco, el experimento Milei funciona como un punto de condensación de intereses: ordena políticamente a la élite en torno a un objetivo común —frenar cualquier proyecto distributivo—, pero al mismo tiempo expone las limitaciones de un modelo que sacrifica desarrollo por rentabilidad inmediata. La historia económica argentina muestra que estas tensiones, cuando se profundizan, suelen anteceder ciclos de inestabilidad social y económica.

El apoyo corporativo al gobierno no es, entonces, una anomalía, sino una expresión de cómo se construyen las alianzas de poder en contextos de crisis. Milei puede ser el instrumento coyuntural; lo estructural es una élite que privilegia el corto plazo, exige Estado para sí y mercado para los demás, y posterga —una vez más— la discusión de fondo sobre qué tipo de desarrollo es posible y sostenible para la Argentina.

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