(Por Mónica Gómez)
Mónica es una docente rural que, aún jubilada, ejerce su vocación en cada charla, con cada palabra y en cada sonrisa; como si la docencia, después de más de 30 años, fuera parte de su ser, de su alma.
“Desde los 14 años que daba ayuda escolar, les enseñaba a los más pequeños a leer y escribir. Tuve muy buenas maestras, personas muy hermosas, seguramente viene de ahí mi vocación. Amaba dar clases y todavía me encanta”.
El rol multitareas lo mantiene, habilidad adquirida en la escuela rural y en su hogar, ya que junto a Fabián, su esposo, criaron 6 hijos. Esta pampeana es una maestra de campo con mucho orgullo y, en vísperas de este 11 de septiembre, reconoce que el mayor regalo que tuvo en toda su carrera fue el ver a sus alumnos desarrollarse como adultos de buen corazón.
Nacida en La Adela, La Pampa, una localidad muy pequeña lindera con Rio Negro, antes de cruzar el rio Colorado, hacia Patagonia. Mónica cuenta que no son más de 30.000 habitantes – incluyendo la zona rural – con una sola escuela primaria, y que a 20 km se ubica Anzoátegui. Allí se encuentra la Escuela Hogar 186 Fortunato Anzoátegui, el establecimiento educativo donde esta docente transcurrió toda su carrera: “después de recibirme trabajé un año en la escuela de mi pueblo hasta pasar a la Escuela Hogar donde viví toda mi etapa laboral como maestra de grado. Fue mi segunda casa”, expresa emocionada.
Moni recuerda lo lindo que fue, como experiencia, compartir el ámbito laboral con sus hijos, quienes asistieron al mismo establecimiento. Ese espacio compartido era casi como un lugar familiar, debido al extenso horario: “es hermoso ver a tus hijos en la escuela. Una vez que ellos empezaron el primer grado, los lleve. Vos los ves en el recreo, en la hora de educación física, la de plástica, la de música, y no todas las mamás tienen esa oportunidad. Eso Dios me lo regaló: a pesar de los sacrificios de tantas horas trabajando, disfrutar de esa experiencia fue impagable. Lo más lindo es ver cómo se desenvuelven y comparten con otros, como aprenden de los demás. Lo mismo pasaba con los hijos de mis compañeros docentes, terminamos siendo una gran familia”, reconoce.
Se ríe al recordar a sus hijos como sus alumnos. Después de muchos años ellos compartieron el amor por la docencia y fueron parte de los profesores del mismo establecimiento. “Dos de ellos son docentes y Rosario está por recibirse. Eso me llena el alma. Lo más gratificante fue que tuve la experiencia de trabajar con Tomás en la escuela donde él transcurrió toda su primaria; compartimos clases y yo aprendiendo de él, lo más satisfactorio es verlos volver a donde fueron felices”.
Como será que la escuela resulta un lugar de gran importancia para la formación que muchos alumnos, hoy ya adultos, pasan y todavía la siguen saludando con el mismo cariño que tenían al llegar a la clase: “siempre digo que todo lo que brinda un espacio escolar a un chico es tan importante. El acompañamiento de los profesores y de los maestros los marca y más en una escuela rural. Qué gran profesor de educación física tuvieron mis hijos, que hoy eligieron esa carrera”.
El enseñar fue lo que desde muy joven la motivó a que sus alumnos aprendan, conozcan y se fortalezcan para las futuras etapas escolares. Fomentar e inculcar la identidad pampeana dando clases en latitudes más próximas a las provincias vecinas fue un desafío que a Mónica, junto a todo el equipo docente de su amada escuela, los llevó desde recorrer La Pampa hasta México. Con las ferias de Ciencias llegaron a viajar a muchos lugares: “con el aporte de las personas de la comunidad organizaron rifas, vendíamos tortas y todos colaboraron con los chicos para cumplir sus sueños”, reconoce.
“Creo que la experiencia que se llevaron esos chicos fue de un enorme aprendizaje valioso para su vida, ya que la mayoría de los niños provenían de hogares carenciados en los cuales un viaje de esas características no hubiese sido posible. Aprendieron muchísimo nutriéndose de otras culturas y costumbres de otros chicos a partir de la exposición en México”.
Mónica fue la ganadora del Premio Lía Encalada otorgado por el grupo Mujeres rurales Argentinas en la categoría de Educación Rural y comenta que hasta hoy siente un gran asombro por dicho reconocimiento y las repercusiones del hecho. “Más allá del premio, lo más significativo que me llevo de esa experiencia fue el conocer un grupo de mujeres a las que valoro mucho”.
La escuela rural, una experiencia hermosa para vivir
Las posibilidades que tiene un niño que atraviesa todo su crecimiento en una escuela rural son importantes para su inclusión en la vida universitaria. Los obstáculos por sortear resultan difíciles: para todos los que acompañan en esta etapa educativa constituye una responsabilidad muy grande pero, como lo explica Mónica, “todo aprendizaje con amor se logra. Para los chicos que requieren más atención en su aprendizaje se busca entre todos, otras metodologías para que lo logren. Me gustó mucho trabajar con la discapacidad. De ellos se aprende más de lo que les enseñas.
Las experiencias que surgen en el ámbito de las escuelas rurales son momentos de la vida para atesorar en la alcancía de los recuerdos y el corazón: “Hace 24 años atrás el maestro se arriesgaba a más cosas. El amor por la docencia es el mismo… ¡Pero ahora está tan reglamentado todo! No se puede salir del patio de la escuela, no se puede salir de tantos metros, claro, por el seguro y lo que les pueda pasar a los chicos, pero nosotros festejamos el día del Estudiante y del Niño en el campo de enfrente de la escuela. Nos esperaba la señora con su marido con tortas fritas y pasábamos todo el día. Íbamos caminando con 60 chicos y veníamos felices, eran otras épocas claro, pero eran las ventajas que te brinda la escuela rural”.
El aprendizaje y las formas de percibir el mundo de los chicos que asisten a establecimientos de enseñanzas en el campo posee distintos recursos y planificaciones pedagógicas propias del entorno: “el maestro en las escuelas rurales tiene que salir del aula, podemos enseñar fracciones en una huerta o en otros espacios y el chico no se lo va a olvidar nunca. Además tenemos a favor que no estamos corriendo de una escuela a otra, tenés tiempo para dedicarle en la explicación, no te corre el reloj. Somos parte de una familia rural que está constantemente pensando en el futuro de ellos”. Y continúa: “al llegar a la secundaria, ellos tienen que ir a vivir a una pensión en el pueblo para continuar con sus estudios y ahí se ponen en juego las herramientas que les brindamos para que puedan lograrlo. Están en desventaja, se encuentran en una ciudad solos y querés que estén fuertes para enfrentar todo lo difícil, lo distinto, así que los apoyamos mucho”.
Mónica destaca la importancia de resguardar cada gesto propio frente a los niños, quienes la miraban y también la imitaban. “Los padres siempre fueron muy agradecidos con los maestros, en nuestra época no se necesitaban regalos grandes y caros como ahora las mamás preparan, nosotros teníamos en el aula el regalo más grande. Alumnos que todos los días llegaban con mucho amor y que te traían una flor del patio, un ramito de su casa, un dibujito. Y eso debes cuidarlo, el niño te está observando con detenimiento, siempre”, cuenta.
Ahora que está jubilada sigue ayudando a algunos chicos en casa, acompaña en la biblioteca y junto a su esposo también llevan adelante la producción en su establecimiento ganadero El Penacho. Los dos hoy disfrutan de su familia, de su pequeña nieta Isabel y de las nuevas experiencias que les brinda esta etapa en sus vidas.
“Agradezco todo lo que viví por medio de la docencia y del reconocimiento otorgado, pero sé que hay miles de maestros que están en lugares inhóspitos ejerciendo con el mismo amor. Deseo que todos los docentes sean realmente felices en el aula, que es ahí donde debemos estar, frente a los chicos, sentir el olor a lápiz negro. Es ahí donde podés ayudar, hay veces que hasta con una sonrisa: mi lugar siempre será donde se pueda enseñar”, concluye Mónica.











