Seis, siete, ocho y después todos

Lo que en 2009 fue un experimento de propaganda en la pantalla estatal se convirtió, con los años, en el modelo de negocios de la televisión de opinión. La grieta se volvió una industria.

Por Redacción Extra Digital

Hay programas que se recuerdan por lo que mostraron y otros por lo que inauguraron. 6,7,8 pertenece a la segunda especie. Salió al aire en 2009 por la entonces Canal 7, que el oficialismo de la época rebautizaría TV Pública, en el año en que el kirchnerismo, todavía herido por la derrota frente al campo, empujaba la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Su formato era sencillo. Un panel de periodistas e intelectuales afines al gobierno revisaba lo que decían los medios privados y lo sometía a una lectura invariable, según la cual detrás de cada crítica había un interés y detrás de cada interés, un enemigo. Lo producía una empresa privada con fondos del Estado y se emitía en la señal de todos. La publicidad tampoco era neutral. Según una denuncia que la Oficina Anticorrupción llevó a la Justicia en 2017, a fines de 2009 los anunciantes privados pagaban entre 5.000 y 20.000 pesos por cada mención publicitaria en el programa, mientras que la ANSES la pagaba 115.000. El organismo reclamó la devolución de 88 millones de pesos cobrados entre 2010 y 2015. Se trata de una acusación sin condena conocida, pero describe con precisión la arquitectura del negocio.

Sus defensores sostenían que era un contrapeso necesario frente a la concentración mediática, y el argumento merece ser escuchado, porque la concentración existía. Pero el remedio tenía una contraindicación que pocos quisieron ver. Con una franqueza inédita desde la recuperación democrática, un canal público dedicaba su horario central a fijar quién estaba de qué lado, con recursos de contribuyentes que estaban de los dos. La información política se volvió una cuestión de pertenencia. Allí estuvo el tumor.

Lo interesante, diecisiete años después, es que el tumor sobrevivió al paciente. 6,7,8 terminó en diciembre de 2015, con el cambio de gobierno, y muchos celebraron el final de una anomalía. Fue un diagnóstico apresurado. El formato ya se había independizado de su origen. La televisión de opinión descubrió en esos años algo que los economistas conocen bien. Herbert Simon lo escribió en 1971, cuando advirtió que la abundancia de información produce escasez de atención. En un mercado donde la atención es el bien escaso, gana quien la captura con menor costo, y nada captura la atención a tan bajo costo como la confirmación de lo que el espectador ya piensa.

La metástasis se explica por esa economía. Producir una investigación cuesta meses, abogados y fuentes que se cuidan. Producir indignación cuesta un panel, un zócalo y una placa con la cara del adversario. El primer producto tiene audiencia incierta; el segundo, una audiencia fiel que vuelve todas las noches a escuchar que tiene razón. Con los años, las señales de noticias fueron ordenándose como hinchadas. De un lado del dial se instaló una pantalla que leía cada medida oficial como una conspiración contra el pueblo; del otro, una que leía cada protesta como una operación de la casta. Cambiaron los gobiernos, cambiaron los conductores y hasta cambiaron los enemigos. El método quedó intacto. Basta hacer zapping la noche en que se publica un índice oficial. En una señal el número es la prueba de que el rumbo funciona; en la de enfrente, la confirmación de que el país se hunde. Los dos paneles muestran el mismo gráfico y sacan conclusiones opuestas antes de terminar de leerlo.

Walter Lippmann habló hace un siglo del pseudoambiente, esa imagen del mundo que cada uno lleva en la cabeza y que los medios ayudan a fabricar. La televisión facciosa fabrica dos, incompatibles, y los vende por separado. Un argentino que mira un canal y otro que mira el de enfrente discrepan sobre los hechos mismos, y la inflación, la pobreza o la cifra de una marcha dependen del control remoto. El streaming político completó el trabajo. Heredó el panel, le quitó los límites de horario y le sumó un algoritmo que premia el fragmento más estridente. Las cámaras de eco que Cass Sunstein describió hace un cuarto de siglo como hipótesis académica son hoy una grilla de programación.

Hay una dimensión económica que suele quedar fuera del debate. Durante años la pauta oficial funcionó como el combustible de este esquema, y cada gobierno la repartió con criterios que coincidían sospechosamente con la línea editorial de los beneficiarios. En 2023 la Administración Central destinó a publicidad unos 120.000 millones de pesos, a valores de septiembre de 2024. Al año siguiente, con la pauta suspendida, el gasto se redujo a poco más del uno por ciento de esa cifra, y la suspensión se prorrogó después por un año más. El recorte resolvió una parte del problema y dejó al descubierto la otra. Cuando el Estado dejó de financiar la polarización, el mercado demostró que podía financiarla solo. La grieta resultó rentable aun sin subsidio, y ese es quizás el dato más inquietante de todos.

El costo lo paga la conversación pública. Una democracia necesita un piso de hechos compartidos sobre el cual discutir lo demás. Cuando ese piso se pierde, la política se vuelve una competencia entre relatos que no se tocan, y el votante queda reducido a la condición de hincha, que celebra los goles propios y no ve los ajenos. Los medios locales, por su escala y por la cercanía con sus lectores, tienen una ventaja que los grandes perdieron. En un pueblo, el que lee conoce los hechos de primera mano y advierte enseguida cuando se los cuentan torcidos. Sabe si la calle quedó inundada, si el hospital tiene médicos o si el corte de luz duró dos horas o diez. Pero el contagio también llega. Se nota en los grupos de mensajería del distrito, donde una noticia local se discute con los mismos insultos que circulan en la televisión nacional, y en la tentación de no pocos medios del interior de elegir primero el bando y después el dato. El periodismo de provincia también tiene sus paneles, aunque sean más chicos y salgan por radio. Al que le quepa el sayo, que se lo ponga. Resistir esa tentación es hoy la mejor ventaja competitiva que tiene el periodismo del interior.

6,7,8 fue, visto a la distancia, un aviso. Mostró que se podía convertir la información en militancia y que el público, lejos de rechazarlo, lo agradecía. La televisión argentina lo vio en 2009 y entendió el mensaje. En lugar de corregir el rumbo, prefirió copiar la jugada.

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