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martes, 25 enero, 2022

No, no nos dan a probar el vino en el restaurante para saber si nos gusta

Para muchos es un auténtico suplicio, el momento en el que el mozo se acerca con la botella de vino que se ha pedido y éste se dirige a los comensales con la famosa pregunta de: ¿quién probará el vino? No son pocos los que empiezan a apartar la vista o centrarla en el móvil para evadir la mirada del camarero o de sus compañeros de mesa, y escaquearse así de ese incómodo momento. Pero es inevitable, alguien siempre es más rápido y se adelanta con un “él, que es quien sabe de vinos” o “ella, que es quién lo ha escogido”.

Es en ese momento en el que el elegido se arma de valor, observa cómo cae en el interior de su copa una pequeña cantidad de vino y empieza el ritual que tanta tensión le genera. Coge la copa de una forma ‘poco natural’ para él, le echa un vistazo con esa mirada con la que uno intenta parecer que sabe de lo que habla, se lo acerca a la nariz, lo mueve vigorosamente (porque es lo que se supone que tiene que hacer), y finalmente se lo lleva a los labios. Acto seguido, en la mayoría de los casos, se asiente en silencio con la cabeza y se esboza un “mmm, muy bueno, gracias” (a veces ni siquiera es lo que realmente se piensa) Ale, ya nos lo hemos quitado de encima, ¡bebamos de una vez sin tanta presión! pero ¿de verdad es necesaria dicha presión?.

El por qué es la clave

Vamos a dar un truco a todos los lectores que se sientan identificados con esta situación, que les va a cambiar la vida. El truco consiste simplemente en saber por qué nos dan a probar el vino. Y es que es una opinión bastante común la de que a uno le dan a probar un vino para saber si es de su agrado, e incluso para emitir una breve nota de cata como si esto fuera un examen. «Lo prueba él porque él sabe».

En realidad cualquiera de los comensales que vaya a disfrutar de este caldo durante la velada puede probar el vino, pues cuenta con los conocimientos necesarios para “superar la prueba”. En la mayoría de los casos hay solo un par de motivos por los que nos dan a probar el vino que hemos solicitado.

Primero, confirmar que el vino no tiene ningún defecto. Y no, no estamos hablando de que el sabor no nos guste porque sea muy ácido para nosotros, muy seco, demasiado dulce, muy afrutado, o cualquiera de las cualidades que, en nuestro caso particular, nos desagraden de un vino.

Hablamos de un defecto del vino, eso se manifiesta de una forma muy sencilla, y es que al olerlo o probarlo, sabemos que algo no va bien. Exactamente igual que con la comida. Si al llevarnos un vaso de leche a la boca nos huele agria, sabemos perfectamente que la leche está caducada y no la bebemos, nadie tiene que decírnoslo. Pues bien, cuando nos llevamos un vino a la nariz y este nos huele a vinagre, a corcho o a humedad, sucede exactamente lo mismo (en la mayoría de los casos). Y aunque un buen sumiller debe oler el corcho al abrir la botella, e incluso catar el vino si éste le genera dudas antes de ofrecerlo a sus clientes, el cliente debe cerciorarse también de que así es. La lista de defectos así como los motivos de estos defectos es larga, y ahí sí que hay que contar con conocimientos para detectar el qué y el por qué. Pero cualquiera con olfato y gusto puede saber o intuir que un vino no está bien.

Y por eso es importante probarlo, y tenemos todo el derecho a solicitar un cambio de botella si percibimos un defecto, del mismo modo que lo hacemos con un plato de comida en mal estado.

El segundo motivo aún es más sencillo, la temperatura del vino: fácil ¿no?. El camarero o sumiller simplemente quiere saber si el vino está a la temperatura correcta, ojo, para el comensal. Pues si bien es cierto que hay una serie de temperaturas recomendadas en función del tipo de vino, con el objetivo de que este nos seduzca mejor con su aroma y sabor, al final el objetivo es que la persona disfrute del vino y para eso debe estar a la temperatura que más le agrade a él. Si la respuesta no es afirmativa, es tan sencillo como indicar que le falta un poco de frío o que está demasiado frío. En cuyo caso lo normal será meterlo en una champanera con hielo y agua para bajar los grados o dejarlo un rato fuera antes de servirlo para que se atempere si es el caso.

Y así de sencillo es, si no nos parece que tenga un defecto y la temperatura es de nuestro agrado basta con un “el vino está correcto, gracias”. Cualquiera que disfrute del vino puede hacerlo sin excusas.

Entonces ¿no hay que decir qué opinamos del vino?

Ninguna necesidad si no nos lo preguntan explícitamente. Claro que se puede decir, del mismo modo que podemos decirle a un camarero si tal plato nos ha gustado o no. Pero es importante saber que el motivo por el que nos lo dan a probar no es ese, y de aquí deriva lo siguiente más importante, que es entender que no tienen por qué cambiarnos una botella de vino solo porque el vino no sea de nuestro agrado.

¿Y si no nos gusta? Escoger una botella de vino es similar a escoger un plato. Lo normal es que si pedimos un arroz con bogavante nos guste el bogavante. No tiene sentido pedirlo, probarlo y decirle al camarero que se lo lleve porque el sabor del bogavante no nos gusta. Otra cosa es que el bogavante esté malo, o que el arroz esté excesivamente pasado o salado. Ahí nos remitimos al primer motivo por el que nos dan a probar el vino y tenemos todo el derecho a pedirle que nos cambie el plato.

No obstante, si el motivo por el que pedimos que nos cambien un vino es que la uva Pinot Noir no nos llena, o que los vinos con barrica no son nuestro fuerte, o que a la comida le iba mejor un rosado, no es motivo para que nos cambien el vino. Podemos intentarlo y pueden reemplazarlo en función de algunos motivos: nuestra relación con el restaurante, la categoría del mismo, su grado de cortesía, el precio del vino, etc. Aunque siempre siendo conscientes de que no es obligación de ellos hacerlo.

Hay excepciones, claro, buen ejemplo de ello es que nos pongamos en manos de un sumiller para escoger el vino (algo más que lógico cuando estamos perdidos frente a una carta) y él mismo al hacer la recomendación nos invite a cambiar de botella si no nos convence, en ese caso el cambio sería correcto.

(Un artículo de Palmira Ríos)

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