Íntimo

Siempre con el fútbol como hilo conductor, la dupla Juan José López y Facundo Berazadi salen a la cancha nuevamente con otro trabajo periodístico que lo tiene a Juan Carlos Pirez como protagonista.

 

 

            El tándem Juan José López y Facundo Berazadi encaró meses atrás un interesante trabajo periodístico centrado en el ferrocarril y el fútbol, con la figura de Raúl Perrota como protagonista en el primer trabajo que ustedes pudieron disfrutar a través de SEMANARIO EXTRA.

            Siempre con el fútbol como tema, salen nuevamente a la cancha parameterse en el mundo de una figura emblemática: Juan Carlos Pirez.

            Juan José López destaca la gentileza del DT, amable y de fácil acceso. “Fueron dos horas, cuarenta y cinco minutos, más de charla que de entrevista en la que el fútbol siempre estuvo presente”, comenta JJ.

            Por su parte, Facundo Berazadi cuenta que fue “un momento agradable. Dos en punto nos juntamos y eran las 16:35 y seguíamos ahí conversando, mirando fotos. Para los que no lo conocíamos, lo interesante fue ver el recorrido de su vida”.

            Ese recorrido incluyó paradas en la vida personal y en la trayectoria futbolística de Juan Carlos Pirez. “Nos invitó a su casa”, cuenta JJ López, “llegamos y estaba con otra persona hablando de fútbol. Aún de vacaciones, hablando de fútbol. Vive por y para el fútbol”.

            Ambos resaltan que el dato curioso es que “nada es improvisado en la vida del hoy Coordinador de Inferiores de Sarmiento de Junín, más allá de lo azaroso del fútbol, pero él lo reduce al mínimo. La planificación, la idea de dedicarle doce horas del día al club”, resalta Berazadi.

            Para López, el fútbol “está inevitablemente ligado a otras cuestiones. Por ejemplo, a mí me sorprendió cuando le preguntaba que le había significado haber dirigido la primera de Sarmiento y la respuesta fue: nada”.

            Estos trabajos se encaran con la idea de ir en busca del personaje y dejar que la charla vaya descubriéndolo. Berazadi lo grafica contando que “Arrancamos con un “Buenas tardes, Juan Carlos” y la charla terminó con un “gracias Negro”.

            Un reportaje profundo e intimista con la intención de no imponer una idea y sí dejar que la charla sea ese viaje que lleve al lector a descubrir al personaje o la persona, o a ambos. Disfrútenlo.

 

“Soy tolerante con muchas cosas menos con la displicencia”

 

 

Dos horas y cuarenta y cinco minutos de fútbol. Sentado en una mesa, de malla y remera, Pirez admite ser un apasionado de este deporte. Aquí va el compacto del mano a mano.

 

 

No le hace falta presentarse. Todos los futboleros conocemos algo de él. Sin embargo, hay situaciones que nos pintan mejor que nuestras palabras.

La cita es a la hora 14, en su casa. Nos abre la puerta pero no está solo. Tres perros diminutos lo rodean y se contraponen con su figura. En la mesa se respira fútbol. Junto al Negro está Nicolás Simón, director técnico de cuatro categorías de Sarmiento. Están de vacaciones pero no están.

 

Después, amable, nos pide que tomemos asiento y va en búsqueda de unos vasos. Uno se rompe en su mano y cae en el piso, encima de su pie. A cualquier ex futbolista le cuesta agacharse; a uno que fue operado, más. La pregunta se impone: “¿te cortaste?”. “Na”, contesta. Tajante, seco, casi con desprecio a las heridas. Me rasco la cabeza y pienso que, sin dudas, estamos en la casa del Negro Pirez.

 

“Siempre fui muy duro de la cabeza”

 

La pelota gira sola y el primer tema sale de sus pies. Pregunta por las finales de la Copa Ciudad de 9 de Julio, por la final de la Libertadores. Y opina, mientras abolla una servilleta que apoya en el corte de su mano derecha: “A veces una final se juega a no querer perder y no a ganar. Dio muchas ventajas el mellizo. La diferencia estuvo en los bancos, en las formaciones. En una final lo primero que supongo es que va a ser intensa y disputada. Entonces necesito jugadores al 100%. Pavón, Wanchope y Gago estaban ahí. Son muchas dudas y eso no se puede. Hubo una mala elección de jugadores para llevar adelante el partido.”

 

Van varios minutos de charla. Habla de las semifinales pero los perros interrumpen. Miran por la ventana y ladran. “Ese debe ser Tomás”, dice el Negro. Tomás. Totopara él. Otro futbolero que se suma a la charla. Aunque los colmillos no los muestran los perros: “Quedaste afuera de los titulares. Y de los suplentes no sé, mirá”. Se mira el reloj, le sonríe con onda pero firme. Tomás se suma.

 

Ahora sí empieza a responder. Habla de él y de sus comienzos. Dice que es difícil, que nadie entiende muy bien de dónde es. Nació en Lincoln, de padre futbolista. ¿De vecino? Fernando Signorini, preparador físico reconocido mundialmente. A los cinco años se fue a Buenos Aires por una enfermedad de su madre. Luego regresaron a Quiroga y vivió en el campo hasta los diez años. En 1962 ingresó al internado del Colegio Marianista San Agustín.  Y de ahí, derecho viejo, a la Liga: Antonio Saizar lo fichaba en el granate.

 

“Mi vieja tuvo la sabiduría de decirme que hiciera lo que me iba a hacer feliz”

 

A los 17 años emigró a Racing Club pero una Hepatitis lo obligaría a regresar. Años después volvió a intentarlo y fue a Estudiantes de La Plata. Pero las cosas no ocurrirían como en sus deseos: “Un día, al negro Herrera, capitán de la primera, le pegué una patada que casi lo maté. Me metió un caño…no sabés. Esos caños que, mirándolos, los disfrutás; cuando te los meten, los sufrís. Pero no fue eso lo que me molestó. Me metió el caño y se miraron entre dos o tres y se sonrieron. A la vuelta lo agarré. Le pegué una patada…por acá le pegué”, y se señala el diafragma.El otro era un Negro lírico; éste, uno de pocas pulgas: “Me sacaron de la práctica y pusieron otro. Entonces me fui a la mierda. Tiré las cosas y me fui a la mierda”.  

Se frena. Hace un rato que la luz está cortada y el aire está apagado. Le pide a Tomás que abra las puertas del patio. Tiene calor pero sigue manejando la pelota. Hace rato que la servilleta ha quedado encima de la mesa.

 

Después cuenta cómo fue su vuelta a 9 de Julio. Jugó en San Agustín y en Once Tigres. Dice que fue el primer jugador en ser rematado: “Fue en el comedor del colegio San Agustín, en el año ´76. Estaban Once Tigres y Dennehy. Ganó Once Tigres. El que me compró era muy amigo mío, y me decía siempre: ´Callate, que te compré como a un toro´” Es probable que el negro bufara en la mitad de la cancha.

 

Luego recuerda con satisfacción el equipo del tigre y jugadores como el Colorado Rodríguez o Raúl Rivas: “Era tan fácil ganar con ese equipo, que me aburría.” Agrega que, además, en el año 77 tenía un precontrato firmado con Independiente de Avellaneda. Pero, el 2 de octubre de ese año (un par de días después de cumplir los 25) jugó un partido con la selección de 9 de Julio y su carrera quedó trunca. Un jugador con el que había tenido algunos encontronazos, le pegó de atrás y lo fracturó.

 

 

Lo operaron pero un elemento mal esterilizado le generó una infección. Un año y medio de baile, dice, con médicos en Buenos Aires hasta que le salvaron la pierna. Pero eso sí: no podría volver a jugar al fútbol: “Yo no puedo mover el tobillo”, cierra.

 

Ante la consulta lógica del impacto emocional que esto le generó, no titubea en responder: “Siempre fui muy duro de la cabeza y estoy pensando en lo que voy a hacer mañana, no en lo que me pasó hoy. La vida me hizo así. Desde chico quedé solo con mi vieja. Ella, después de la operación, quedó inválida viviendo en el medio de un campo, no me podía acompañar a nada. Mi vida me la tuve que armar yo. A mí nadie me enseñó cómo me tenía que afeitar.Metocó y me tocó. Siempre miré para adelante. Y eso lo aprendí de mi vieja que, con lo poco que tenía, hacía mucho. Así que me levanté y empecé a pensar qué iba a hacer.”


 

¿Qué hizo? Dejó la carrera de arquitectura en quinto año y siguió dedicándose al fútbol. Ahora con el buzo de DT, también granate. Se reunió en el departamento del presidente Jorge Urso a fines de 1978. Y ahí mismo fue a los tobillos: “¿Vos vas a hacer todo lo que yo te diga? Futbolísticamente, le dije. Bueno, entonces firmame veintisiete cartas liberatorias. Dejé libres a veintisiete compañeros míos. Hacían cola para putearme pero lo que yo quería era empezar de nuevo todo. Puse a pibes de catorce y quince años. San Agustín se había ido al descenso y yo quería empezar ahí, de abajo”.

 

“En el fútbol no hay un sistema. Es jugar bien o jugar mal”

 

Más de cuarenta años después ya no cumple la función del entrenador.Hoy, en Sarmiento, es el coordinador de quince categorías: “Soy un enfermo del armado de la estructura”, afirma. Y agrega: “A ningún técnico le digo a lo que tiene que jugar. No hay una línea porque no sé qué va a querer el técnico que esté cuando llegues a primera. Pero sí sé que hay conceptos que van más allá de la formación táctica. Tiene que haber una idea. Por ejemplo: el darle la pelota a un compañero. En el fútbol no hay un sistema; es jugar bien o jugar mal. Yo quiero ir a la cancha y saber a qué juega tu equipo. Pero los entrenadores tienen total libertad.”

 

 

Sin embargo, interviene en aquellos momentos donde su casi medio siglo como entrenador transpira por sus poros. Ahí no puede callarse. Como si estuviese al lado de la línea de cal, rodeando sus labios con las palmas, señala a Simón y dice: “Yo le digo a éste y a los otros que hacen charlas largas. La concentración que vos tenés de los pibes es de cinco minutos. No hablés más. Todo lo que digas después, es al pedo. Chau.”

 

Su rol, a veces, le exige tener una mirada más amplia. Por eso es crítico con la educación actual: “Reniego mucho cuando dicen que a los chicos hay que dejarlos jugar. Es un mensaje de falta de compromiso con la educación. No comprometerte a enseñar cosas para que el chico trabaje. He visto muchos que tiran la pelota y juegan. Hoy la educación está muy maltratada. Nosotros no somos alternativas educativas. El primer educador es la familia; el segundo, la escuela; tercero, los que aparecemos después. Se ha perdido el entusiasmo de los técnicos y los docentes porque están maltratados.”

 

“Una manera de hacer política es viviendo, y yo vivo”

 

En este sentido, Pirez ubica a la formación de futbolistas en un lugar meramente profesional: “Si yo mando a mi hijo a inglés, no quiero que le enseñen educación; quiero que le enseñen inglés. Entonces si lo mando a jugar al fútbol, quiero que le enseñen a jugar. El fútbol es selectivo. Es cierto que está el negocio de la cuota social. Son decisiones pero después agarrate la cabeza. Prefiero tener treinta pero que es una base más firme que cincuenta.” Y luego continúa, como si fuese un docente clásico, que se acomoda en un gran escritorio de madera: “Mi idea es que el bueno tiene que jugar con el bueno y el menos bueno con el menos bueno. Después, si mejora, puede pasar a jugar con los buenos. O al revés. No te estamos poniendo un cartelito para toda la vida pero también es decirte la verdad.”

 

Firme, directo. Corta y sale jugando. Dice que así era también como entrenador: “Prefiero decirte la verdad un día y no aguantarte un año a las vueltas”.

 

Ahora, en tres cuartos, cambia el ritmo. Porque, claro, ése es su concepto clave en el fútbol: “Si vas a cruzar una calle y viene un auto a cuarenta kilómetros, vos te preparás para cruzar a la velocidad que viene el auto. Si viene a cien, no cruzás porque no te dan los tiempos. El problema es cuando viene a cuarenta y te acelera. Eso es el cambio de ritmo y es lo que te sorprende; no es la velocidad.”

 

No obstante, comprende que la velocidad es un aspecto importante para entender el fútbol actual: “Hoy se acortaron los tiempos. En el fútbol de antes te daban el espacio para que juegues. Ahora es menos virtuoso pero no tengo dudas de que es más positivo. Si casi todo evolucionó, no puede ser que no haya evolucionado el fútbol. Es verdad que es muy difícil, a la velocidad que van, enseñar a maniobrar, pero ahí están los trabajos semanales. Si un tipo no tira bien el centro, hay que trabajarlo”.

 

Y si el fútbol empieza a circular arriba de la mesa, es inevitable dar un pase atrás y rememorar sus épocas de entrenador. Se destacan sustrece años consecutivos en Atlético 9 de Julio y sus diecisiete – en dos etapas – en Rivadavia de Lincoln.

Asegura que la idea del Millonario no estaba clara. Entonces tomó la posta: “Le digo a Ricardo (se refiere a Ricardo Merlo, dirigente de aquel momento y amigo de ahora) que me consiga un listado con todos los jugadores libres de la liga”. Después, fiel a su estilo, modificó los entrenamientos: “Empiezo a entrenar a las cinco y media de la mañana. Acá entrenan de noche pero yo no quería porque el jugador amateur está con toda la carga del día, del trabajo El día que tenga que entrenar de noche, dejo el fútbol.”

 

“Siempre me gustó más el fútbol del corazón”

 

Recuerda (aunque no sepa cuántos) torneos ganados. Exige, además, que se le reconozca uno más: Nos robaron un campeonato. Se jugó el Apertura y Atlético salió primero. Teníamos que jugar el Mayor pero a nosotros se nos venía el torneo del interior. Entonces fuimos a pedir que la Liga nos hiciera jugar un día de semana. Pero el delegado de French dice que no lo juegan. Entonces no se jugó. No pensé que lo iban a dejar vacante; me enteré con los años.”

 

En Rivadavia, por su parte, estuvo entre 1983 y 1987. Comenzó en la Liga local y ascendieron al Argentino A (Actualmente Federal A). Estuvo a punto de jugar el Nacional B pero empató con Independiente de Tandil y ascendió Olimpo. En su segundaetapa (2000 – 2012) también llegó a la final pero perdió en Madryn contra Brown. De cualquier forma, también recuerda otras cosas: “La segunda etapa en Rivadavia fue genial. Agarré un equipo que tenía la cadena y el candado puesto en la puerta, estaba para cerrarlo. No tenía nada. Atlético me prestaba botines en una bolsa.”

 

Agrega que para que un proyecto funcione hace falta una mesa de tres patas: dirigentes, jugadores y cuerpo técnico. ¿Y el hincha, Negro? “La gente no es todo lo fiel que te dice. No le importa cómo jugás; lo que quiere es que ganes. Nosotros(Rivadavia) jugamos la final para ascender del C al B con seis mil personas; el A lo jugábamos con seiscientas. El fútbol es como tu familia: te unís en las fiestas o en la desgracia.”

 

Pero hay una pata que destaca con una sonrisa: los jugadores. Y en especial, a uno: Juan Pablo Manzoco. “Hay jugadores que te los llevás a cualquier lado con vos. Manzoco me hacía la función de técnico adentro de la cancha. Con él me sentía tranquilo.”

 

Mientras habla, una incógnita resulta casi natural: ¿Por qué en Rivadavia ha logrado lo que en Atlético no pudo? “Por la cantidad de equipos que hay. Fijate que la gente con Once Tigres, que no es un club grande en cuanto a la infraestructura, se unió más. Desde la rivalidad es imposible llegar a congeniar algo. Atlético es muy resistido.”

 

Reconoce, incluso, que eso viene desde siempre. Desde cuando él estaba en San Agustín: “Yo era muy vago cuando era joven. El único día que me levantaba temprano era cuando jugaba contra Atlético. Entonces ya lo sé. Eso no me lo cuenta nadie”. Pero si tiene que definirse, no hay interrogantes: “San Agustín fueron mis padres; Atlético es mi hijo. Si me toca elegir entre mi padre y mi hijo, no lo dudo. Elijo a mi hijo.”

 

Tiempo adicionado. El partido se va terminando. Sólo hay lugar para un par de anécdotas más. Dice que Passarella era su ídolo. Y cuenta lo que le contaron: “En la selección los jugadores comían en mesas de cuatro o cinco. Passarella comía así (mirando el plato). Levantaba la cabeza, miraba una mesa y se callaba la boca. Ese poder del tipo dicen que es tremendo.”

 

“Yo en mi casa no hago nada. No sé hacer un asado, nada. Fútbol, nada más”

 

Antes de irnos, pasamos por su garaje. Un intento de recopilar su historia en fotos y algunos objetos. En principio, nos muestra un póster con una frase suya: “Soy tolerante con muchas cosas menos con la displicencia”, una oración con letras blancas acompaña una imagen de él en la cancha ¿Tendrá algo que ver con su ídolo?

 

Nos estamos yendo y, con nosotros, se van Tomás y Nicolás. Me pregunto entonces qué hará Pirez ahora. Me contesto que, inevitablemente, ya ha respondido en  una anécdota anterior. Fue con Rivadavia, después de ascender al Argentino A: “Nosotros jugamos un domingo a la mañana en Olavarría. Almorzamos ahí y volvemos a Lincoln. No sabés lo que fue la ciudad ese día. Nos habíamos ido a dormir tarde. Al otro día, a las diez, estaba sentado en el club y cae el presidente. ´¿Qué hacés acá?´ Estaba yo solo y le digo: ´Mirá, yo lo único que sé es que cuando nos toque jugar el próximo partido, si no ganamos, la gente nos va a putear. Así que voy a empezar a trabajar con tiempo´. Dicho y hecho. Estaba mirando quién se quedaba y quién no. Ganaste y ya está. Mañana tenés que arrancar de vuelta.”

 

Así lo imagino entonces. Ingresando de nuevo al comedor y agarrando el celular, o el control remoto o un papel. Lo que sea. Lo que sea para que la pelota vuelva a girar.