EDITORIAL

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Inundados otra vez

SEÑALES: Inundaciones y memoria. Gran parte de la provincia de Buenos Aires se encuentra afectada por graves inundaciones que ya dejaron sin hogar a más de 20.000 bonaerenses: Luján, Mercedes, San Antonio de Areco, Salto, Quilmes, Arrecifes y Lobos vuelven a ser algunas de las ciudades víctimas de la desidia y de la inoperancia gubernamental.

También el agua afecta a zonas del sur del Gran Buenos Aires: Lomas de Zamora, Quilmes y una parte de La Matanza, donde hay miles de vecinos afectados.

La historia vuelve a repetirse, una y otra vez, pero quizás bajo la consigna de las señales. Y lo hace nada más ni nada menos que en el período de transición entre las primarias y las elecciones generales de octubre. Quizás una advertencia para que el electorado recuerde qué se hizo y qué no, durante estos últimos 30 años de gobierno justicialista en territorio bonaerense.

Como contrapartida y ante la inoperancia del Estado, una vez más la sociedad civil vuelve a cargar la cruz de solidaridad en sus espaldas. Un impuesto solapado más a los que debe afrontar periódicamente.

Duele vivir en la Argentina y más duele ser de clase media o trabajadora. Sobre ella pesa el tener que afrontar las responsabilidades delegadas por el estado: dar de comer al hambriento a través, por ejemplo de los numerosos comedores sociales; proteger al que tiene frío a través de los donativos que una y otra vez solicitan distintas instituciones o grupos solidarios; sostener los derruidos establecimientos educativos a través de las cooperadoras escolares, asistir a las víctimas por inundaciones, que no deberían sucederse…y un largo etcétera. La clase media sostiene siempre el circo de los de arriba y de los de abajo. Pero la brecha cada vez se hace más exigua: Argentina hoy tiene al 30% de su población por debajo del nivel de pobreza. Y una clase media que debería ser el motor de la economía en total asfixia, esa misma clase media que ante las inundaciones, como ante otras urgencias sociales, sale al auxilio. Desde todos los puntos de la provincia comienzan a llegar donaciones y dotaciones de bomberos para poner paños fríos a una situación que otra vez está en llamas, o más apropiadamente dicho que hace aguas por todas partes.

Muchos sectores de ellos son los favorecidos con el brazo clientelar del asistencialismo político como La Matanza, un reservorio de votos cautivos con los que bien saben jugar todos los gobiernos de turno y que se acentuó, hasta hacerse vergonzoso, a partir de la década de los ’90.

A apenas cinco días de las PASO, cuando aún están calientes las urnas, los bonaerenses parecen haber obtenido una dura señal con las inundaciones de la  que deben tener memoria. Hoy muchas familias lo perdieron todo. Quizás también las fuerzas de empezar de nuevo.

Pero el desaliento quizás sea el empuje necesario para despertar a miles de ciudadanos para que en octubre, en las urnas, se llegue al cambio que tantos buscan en el país. Más allá de la resistencia normal y de los miedos a los cambios, es urgente que los apostemos por algo distinto. Es  hora que cambiemos con el rumbo y nuestro futuro que parece hoy deliberadamente postergado por quienes acapararon el poder durante décadas.

Nada de lo que pueda venir será peor a lo que han condenado a la población: la ignorancia, la mendicidad, la indignidad. LA DESESPERANZA.

 Nada, absolutamente nada de lo que pueda venir puede ser peor a  los que vivimos durante todas estas décadas. Y sin embargo, todo se puede ganar.

Sólo queda preguntarnos si los inundados de hoy y los solidarios de hoy  conservarán la suficiente memoria para que su voto, el próximo 25 de octubre, se convierta en un mensaje de protesta y reclame para el pueblo lo que es del pueblo. 

Esperemos que así sea.