Día de elecciones

Análisis, datos y semblanza sobre lo que se define este domingo en todos los terrenos.

(Por Juan Manuel Jara)

Cuarenta y ocho horas restan para definir la elección de autoridades nacionales, provinciales y municipales por los próximos cuatro años. Unas elecciones generales que deben ser de las que menos expectativas generan gracias al tsunami de las PASO, que dejó a varios en modo knock out. Nada parece indicar que se vaya a modificar sustancialmente el escenario que se planteó a partir del 11 de agosto a la noche. Es más, nada parece que vaya a cambiar algo.

La tristemente célebre grieta sigue siendo funcional a los que están de un lado y de otro. Ambos se nutren de ella. Conviene. Garpa. La necesidad y las urgencias para sostener el poder han generado talibanes en ambas orillas. ¿Pero qué hay del resto que no comulga con ninguno de esos dos bandos? Error común ocurre cuando alguien realiza un comentario negativo respecto a alguna de las facciones agrietadas y, enseguida, muy rápidamente, se lo ataca diciendo que es de la vereda de enfrente. Intolerancia se llama eso. Y la ostentan todos. Claro, está en el ADN argentino. Basta con pispiar nuestra historia. Vivimos en blanco o negro desde la misma revolución de mayo cuando la división era Saavedristas o Morenistas. Y de ahí hasta el 2019 siempre nos ingeniamos para generar antinomias, rivalidades y bandos, en todos los órdenes, ni hablar en el deportivo. La pregunta sería ¿Por qué es tan difícil que haya otras opciones con verdadero peso? Y siempre está presente la descalificación para el que no piensa como uno. Un tic, o mejor dicho un toc, muy actual. Si criticás a Macri sos K. Si criticás a Cristina sos Amarillo, globero, gato. El fanatismo produce ceguera casi total. Así estamos como sociedad. La descalificación fácil, cuasi patotera para aquel que no piensa como uno, es moneda corriente. Habla de una estrechez de pensamiento importante. Basta fijarse en lo que ocurre con los innecesarios comentarios de lectores en notas de diarios digitales. Triste muestra de, repito, algo que está en nuestro ADN. No es tan difícil aceptar que si alguien critica al gobierno de Macri, al de Cristina o de quien fuera, lo puede hacer desde su experiencia, su visión, su realidad, y no necesariamente porque responde a determinado color político. Habría que potenciar las terceras, cuartas, quintas vías. Ampliar el pensamiento bipolar. Quizás nos vaya mejor.

El futuro no luce más prometedor que el presente. Desde el retorno de la democracia no hemos podido sostener un proyecto de país serio, con políticas de Estado y pilares estructurales. Algún que otro período primaveral, pero siempre al límite. Debemos ser un caso de estudio: un pueblo que tropieza siempre con la misma piedra, porque no la hace a un lado del camino sino que la tira para adelante. Hoy vivimos una crisis y problemáticas que ya hemos pasado varias veces desde el 83 hasta acá (Pongo un mojón en el 83 por no incluir la mayoría de las décadas anteriores del siglo XX). Treinta y seis años de democracia no fueron suficientes para establecer las bases de un país en serio. Otras naciones que, por ejemplo, pasaron por el flagelo de la guerra, con ciudades devastadas y arrasadas, tardaron menos en recuperarse, lamerse las heridas y levantarse hasta ser potencias. Nosotros no pasamos por nada de eso y aun hoy no podemos lograr una estabilidad. Con cualquier color político en el Gobierno. Fracasos todos, en mayor o menor medida. Recetas muchas, slogans los que se te ocurran, nombres de sobra. ¿Resultado? El mismo. Crisis, inflación, refugiarse en el dólar, endeudamiento. La canción sigue siendo la misma, pero lejos de la legendaria melodía de Led Zeppelin.

El domingo se vota. Tomemos el trabajo de ver cada candidato. Lo que dice hoy, lo que dijo no hace mucho. Ya con eso seguramente aumentarían los votos en blanco. Ninguno, y resalto NINGUNO, resiste un archivo. Ver a Macri con Pichetto, espada y defensor a ultranza del gobierno kirchnerista, como su vice es, mínimamente, bizarro y patético. Al igual que Alberto Fernández candidato de Cristina, después de hablar del lado oscurísimo de esa administración durante los últimos seis años. Lo mismo le cabe a Massa. Triste. ¿Toman al ciudadano por idiota? Solo pasa en Argentina. Esas cuestiones no tienen castigo. La clase política está en rojo. En campaña suenan los cantos de sirena que, al igual que en los relatos mitológicos, siguen encandilando y siempre con el mismo final: el barco termina encallado o hundido. Y como ocurre en cada naufragio las ratas tratan de salvarse a toda costa.

Macri dilapidó una oportunidad histórica. La esperanza que generó en 2015 se esfumó en una grosera incapacidad para gobernar, una falta de tacto social, y sobre todo “de calle”. Termina preso de su verborragia futbolera y apelando, una vez más, a la fe, las buenas ondas y el “sí, se puede” (Gracias Obama por prestarnos el slogan una vez más). En estos cuatro años demostró que eso no alcanza. “La inflación es la muestra de la incapacidad de un gobierno para administrar” fueron sus palabras en un reportaje en Bahía Blanca en plan campaña cuatro años atrás. A confesión de parte, relevo de prueba.

Todo parece indicar que el futuro (que comienza el lunes 28) nos trae a Alberto Fernández, Kiciloff, Cristina, y varias caras conocidas, de nuevo al comando del país. Si es así, cuatro años habrán tardado en regresar al gobierno. Dicen, declaman, traer todas las soluciones para los problemas que deja la administración Macri, muchos de los cuales aun se vienen arrastrando desde los doce años de gobierno K. ¿Fueron parte del problema y ahora traen las soluciones? De locos.

¿No será un buen momento de darle la chance a cualquiera de los otros candidatos? Piénsenlo.