13 Ene 2026
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Nueve de Julio

Tiempos de fútbol tarifado

El fútbol, tantas veces utilizado como metáfora de un mundo mejor, terminó siguiendo el mismo camino que el golf, el boxeo y otras disciplinas globales: el de la mercantilización total bajo el paraguas del petrodólar. Ya no se juega principalmente para quien lo sigue, sino para quien puede comprarlo. El traslado de la final de la Supercopa española a Arabia Saudita, lo mismo que ocurre con copas del Calcio, es apenas un episodio más de un proceso más profundo, donde el negocio redefine tradiciones y el espectáculo se ofrece al mejor postor, aun cuando el vínculo con el territorio y su gente quede en segundo plano.
La justificación suele ser la misma: modernidad, globalización, eficiencia económica. Torneos que pierden rentabilidad en sus países de origen encuentran en los nuevos polos de poder financiero una salida rápida. Arabia Saudita, en ese esquema, no solo compra futbolistas, sino competencias, calendarios y símbolos. ¿Por qué no quedarse también con uno de los clásicos más importantes de la historia del fútbol mundial? Uno que nunca necesitó autodenominarse “super” para serlo.
Un Real Madrid-Barcelona mantiene su magnetismo porque combina historia, poder y renovación. El Madrid conserva su identidad ganadora —quince Champions como credencial— aun en medio de recambios y tensiones internas (Su DT, Xabi Alonso, fue despedido. Barcelona, ya procesado el duelo por la salida de Lionel Messi, volvió a ofrecer un equipo con estilo definido y figuras jóvenes que prometen continuidad. Lamine Yamal, incluso sin brillar de manera extraordinaria, concentra la expectativa cada vez que toca la pelota. Es parte de una generación que empieza a marcar el pulso del fútbol europeo.
El partido también reflejó el carácter cada vez más global del negocio: figuras brasileñas decisivas en ambos equipos, referentes uruguayos como líderes, estrellas francesas que alteran el juego en pocos minutos. El fútbol de élite se parece cada vez menos a una competencia entre clubes nacionales y más a una vidriera internacional administrada por intereses económicos transnacionales. Algo que desde años ya funciona en las principales ligas europeas y en los capitales que son los dueños del los clubes.
Pero el eje de fondo vuelve siempre al mismo lugar. Arabia Saudita pasó en pocos años de actor periférico a gran patrón del deporte global. Compra clubes, torneos, eventos y voluntades. Lo que antes parecía excepcional hoy se presenta como norma. La ausencia de democracia o de derechos civiles no entra en la ecuación cuando los contratos se miden en miles de millones. El fútbol, como otros deportes, se adapta.
La FIFA no solo acompaña ese proceso: lo legitima. Qatar 2022 fue un punto de inflexión. Estados Unidos 2026 confirma la centralidad del mercado. Arabia Saudita 2034 completa el recorrido. El mensaje es claro: el futuro del fútbol se decide en salones alfombrados, con sillones mullidos y estadios que brillan más por el petróleo que por la historia. En ese mundo, todo se traduce en tarifa. Los clubes, los jugadores, los torneos y hasta las tradiciones. La pelota también. El fútbol sigue rodando, pero cada vez más lejos de quienes lo convirtieron en pasión y cada vez más cerca de quienes lo entienden como una inversión. Goles son negocios.

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