Que no te vendan más grietas

(Por Patricia Gorza)

La grieta es esa expresión que se hizo famosa para manifestar políticamente lo que nos dividía a los argentinos. Básicamente se trató de un modismo clasificatorio entre detractores y simpatizantes del gobierno de la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner, como si fuese un partido de fútbol con la hinchada local por un lado y la visitante por el otro y mucha seguridad a la salida para que no se vayan a cruzar porque podía terminar a las piñas. Grieta que existió y que algunos hoy se desesperan por sostener porque parece que esto de dividir a la sociedad da buenos resultados.

Pero esa no es la única grieta, hay otras, muchas otras, pero como son más sutiles, más que grietas parecen fisuras que hacen ¨como que¨ nos dividen, pero en realidad si estiramos un poco los brazos de ambos lados nos podemos tocar las manos y llegar a puntos de acuerdo.

Entre las tantas grietas hay una casi imperceptible para el ojo desprevenido, y es la grieta que nos divide entre lo que nos pasa y lo que nos dicen que nos pasa. El país que nos comunican los medios y el que vivimos cotidianamente. Un país real que sufre y un país un tanto maquillado donde parece ¨como que¨, se sufre, pero no tanto. El de la pantalla y el de la calle.

En el país de la pantalla nos dicen que nuestros problemas son si Cristina está en Europa hablando de lo macanudo que era Pericles, o si el vestido de Awada era una copia que la hija de Tinelli le hizo a otra diseñadora. En el país de la pantalla el problema es que Scioli va a ser papá a los 60 con una muchachita que recién estaba naciendo cuando él ya era vicepresidente de la Nación y se había abrazado a Menem, Duhalde, Néstor, ya había perdido un brazo en un accidente y reconocido a una hija después de 19 años de reclamo. Según la pantalla el problema es si Hebe no va a la Marcha del 2×1, o lo que Alfonsín le responde. Si un descerebrado corre picadas en la 9 de Julio a 240 km por hora o si Nicole le puso los cuernos a Cubero. Mientras nos llenan como si tuviésemos hambre de todas estas cosas importantes, hay una argentina que no sale en las noticias, ni en los portales de internet. Una argentina cotidiana, que sale todos los días a lucharla tratando de sobrevivir, con una inflación que, medida por el ticket del supermercado, parece un poco más alta de la que nos dicen que mide el Indec. Una Argentina que se desvela pensando en cómo va a hacer para poder brindarles un estudio a sus hijos ante la desigual generación de oportunidades entre quienes viven ahí donde dicen que atiende Dios y el resto del territorio, esto que llamamos el interior. Una Argentina que hace cuentas del derecho y del revés pero que aun así siguen sin cerrarle. Una Argentina donde cierran tambos y se pierden fuentes de trabajo que no son una estadística, son personas con nombre y apellido a las que las invade la desesperación y la angustia de no tener destino. Una Argentina cotidiana donde a pesar de todo hay quienes apuestan a progresar y desfilan por los pasillos de los bancos buscando como financiar emprendimientos. Hay un país que no está en las pantallas y es el nuestro, el de todos días, el tuyo, el mío, el del vecino de al lado, el del carnicero de la esquina, el de las chicas del supermercado, el de la señora que se levanta a las 6 de la mañana, vaya uno a saber por qué, a baldear la vereda. Hay una Argentina que a los ponchazos tratamos de construir contra viento y marea sin brújula ni gps que nos ayude. Nos tenemos a nosotros, vecinos, amigos, ciudadanos que convivimos con lo que hay.

Que no nos vendan más grietas, exijamos que nos empiecen a vender verdades con el respeto que merece la opinión, ideología o  camiseta del equipo que más nos guste, el que tengamos ganas sin que eso nos convierta en enemigos, sin que eso nos distancie.

Ya basta de grietas oportunistas. Bajo la celesta y blanca vivimos todos, y solo entre todos vamos a poder salir adelante y hacer de esta tierra ese país grande que soñamos cuando apoyamos la cabeza en la almohada 5 minutos antes de dormir.