LA TIGRA

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Era en vacaciones de invierno. A pesar de la estación, el sol estaba radiante y se respiraba un aire fresco y agradable. Los muchachitos vacacionando se concentraban en los potreros de los baldíos a patear entusiasmados.

En una casita en las afueras del pueblo, Martín, un chico alto, flacucho y alegre estaba jugando. Ya había terminado los deberes, los últimos previos a las vacaciones. Los cuadernos descansarían por quince días. Martín era un chico muy trabajador, muy aplicado. Lo único que le ocurría, lo malo que le ocurría, era que en la escuela no tenía amigos. Él no sabía por qué no querían ser amigos suyo. Los otros lo encontraban un tanto raro y, además muy pobre. La verdad es que era bastante pobre; su madre, pues no tenía padre, solo tenía lo suficiente para pagar la comida. Su padre había muerto hacía unos años, de un cáncer terminal.

En las buenas épocas su padre, en las nochecitas acurrucados sobre la salamandra, en invierno o bajo la Pezuña de vaca, en verano, le contaba historias sobre 9 de Julio. Le llegó a contar miles de historias, que Martín fue reteniendo junto con otros tantos relatos de fantasmas, aparecidos, brujas, lobizones y vampiros. Con su padre había leído a Stoker y Poe. En una oportunidad, una de las pocas ocasiones en que había ido al Rossini, junto con su padre, habían visto “La fosa y el péndulo”. Esa noche no durmió. Se le habían pegado las imágenes del péndulo, de Price envuelto en carcajadas mortales y las del derrumbe de la casa.

Había una historia que le llamaba mucho la atención, un poco por lo rara, otro poco porque su padre se la repetía constantemente. Era la de “La Tigra”.

Le hablaba del boliche de La Tigra, que llamaban así porque, en épocas en que el 9 era nuevito, había aparecido una tigra, mejor dicho una puma, que había causado estragos entre los animales de la zona y según algunos, hasta alguna muerte humana. Quién sabe si fue así, pero que causó terror, de eso si que había seguridad. Además, se quedó con una promesa que Don Walter le había hecho: la de contarle sobre un lote de fusiles enterrados, porque según él, cosa no confirmada ni documentada, 9 de Julio, al poco tiempo de fundado, fue arrasado por los indios, teniéndose que refundar y por esos lugares se había dado un entrevero de lo más respetable. Don Walter, falleció en un accidente aéreo llevándose con él la historia. La Tigra estaba cerca del Aeroclub. Lo de los fusiles siguió circulando, lo de la invasión, se fue con Walter.

También le habían contado que en una laguna cercana, mejor dicho en sus costas, habían aparecido fósiles de lo que parecía ser un “Tigre dientes de sable”. Por ese entonces, Paleontólogos del Museo de La Plata habían bajado para rescatar esos restos, los cuales una vez realizado el trabajo minucioso, viajaron con ellos a la capital provincial y nunca fueron depositados al museo local, dónde debían permanecer como patrimonio.

Alguien hablo en algún momento de contratar a un muchacho que tenía un detector de metales, pero…

Eran vacaciones, y como Martín no sabía qué hacer se le ocurrió ir de excursión al para el lado del aeroclub, para el lado de la “Ese de la Tigra”, famosa curva concurrida por jóvenes con veleidades de corredores. Para el lado del aeroclub, en la esquina dónde estuvo el boliche. Su madre ya le había advertido, que por esos lados habían pasado algunas cosas raras y que además se corrían rumores de que aparecía una especie de felino medio raro, mezcla de puma y lobizón, cosa que coincidía con los relatos de su padre. Martín, había leído sobre lo del séptimo hijo varón, Drácula, la momia y demás personajes de la literatura fantástica y de terror, pero pensaba que eso de los hombres lobos era una macana y no volvió a pensar más en ello.

Tempranito al día siguiente cogió su mochila, le dijo adiós a su madre y se puso en marcha. Para la nochecita estaría de vuelta.

Estuvo caminando tres horas, parando para picar algo de comida. Al fin llegó al objetivo, cansado, pero satisfecho.

Anduvo dando vueltas por el lugar. Buscando alguna pista que le marcara lugares y rastros. Buscó todo el día, que por la estación no era muy largo.

El problema se produjo a la vuelta: eran las seis de la tarde y empezaba a oscurecer, cosa que no se había percatado. De pronto se escuchó un ruido muy fuerte, más bien era un aullido, que le sobresaltó. No sabía que animal lo había emitido, pero pensó que seguramente estaba muy lejos de él. Ya era casi de noche, el sol iba siendo sustituido por la luna. De noche, con solo la luz que producía la luna, Martín, envuelto en una nerviosa inseguridad empezó a tener frío y a sentir que le dolía todo. Por un momento creyó que alguien caminaba a la par. Mientras pensaba que la distancia que había recorrido era más corta.

Ya hacía un buen rato que andaba y ni miras del pueblo. De pronto vio el gigantesco eucalipto que creía haber visto antes a la salida del pueblo. En ese momento le dio la impresión de que la sombra que le había parecido que caminaba junto a él, de un brinco penetraba las sobras de la gigantesca planta.

Siguió caminando, caminando y, otra vez se topó con el mismo eucalipto. Cómo podía ser… Un pánico le recorrió todo el cuerpo. Se había perdido. El pobre Martín estaba muy asustado, pero aun así siguió caminando. De golpe, un aire helado le rozó la nuca, se quedó quieto como una estatua. Se giró lentamente y vio unos ojos monstruosos que se posaban en los suyos lo con una mirada amenazadora. Unos dientes puntiagudos y afilados como cuchillos, preparados para descuartizar cualquier cosa, asomaban de una ancha boca. Pero… no era uno. Dos, tres, cuatro, cinco…tigras lo miraban, y no solo tigras, sino que todo tipo de seres monstruosos y extraños: lobizones, arañas gigantes, serpientes,…que no paraban de llegar.

Una carcajada surgió de la inmensidad de la noche.