ESPACIO LITERARIO

camino-de-ida-y-vuelta(Por: Constanza Gómez)

A mi padre, antes de que sea tarde.

Hola pa ¿te dije hoy que te quiero? Bueno, te quiero y mucho.

Hace tiempo que no nos vemos… es mi culpa ya se. Es que la facultad cada vez me tiene más ocupada y ya casi no tengo tiempo para venir al pueblo.

Pa, ¿te acordás de cuando era chica y me llevabas al parque a jugar? ¿Te acordas que íbamos a la isla y me hacías creer que había dinosaurios y que después te escondías y me asustabas?

¿Te acordás que bien lo pasábamos?

No es que ahora nos llevemos mal, pero vos sabes cómo son esas cosas: uno crece y las cosas que nos gustaban ahora nos desagradan y lo que antes parecía importante de pronto ya no lo es, y al final nadie tiene tiempo para ir un finde al parque a jugar a los dinosaurios. No importa, no me hagas caso. De todos modos esto no es de lo que quería hablarte, o si; pero no es en realidad de lo que vine a hablar…

Ahora me estoy quedando en lo de mamá. Las cosas en la facu están bastantes movidas y necesito un descanso de tanto libro viejo. Nunca te gustó que me decidiera por estudiar Filosofía, ¿te acordás lo que me decías; que iba a terminar sentada en un bar hablando pelotudeces?. Nunca te lo dije, pero para mí era muy importante el saber que pasara lo que pasara vos siempre ibas a estar ahí para mí, apoyándome. Es raro pensar que ya pasaron más de tres años y vos todavía no te hiciste a la idea de que tu hija quiere sentarse en un bar a “hablar pelotudeces”. Pero al fin y al cabo, eso es lo que me gusta o al menos eso es lo que creo que me gusta.

Mientras venia para acá me atacaron un poco los recuerdos y no pude evitar ponerme algo nostálgica: tomé la calle de los jacarandás y doblé en la avenida de las estrellas, atravesé la plaza en diagonal –del mismo modo que lo hice desde que tuve edad para caminar sola por el centro- y me visualicé a mí misma andando este camino a través del tiempo y me dí cuenta de que ya estoy grande, que crecí. Tomé la calle principal y seguí unas cuadras más; pasé por donde solía estar el local ese donde compraba los discos que odiabas, vos sabes cual, el que quedaba al lado de la tienda de artículos para oficina. También pasé por el kiosquito verde de la esquina, el que está en la misma cuadra en la que vivíamos cuando yo tenía cerca de diez años y vos recién te habías ido de casa. No estuve mucho en este lugar; el tiempo pasaba, los recuerdos se amontonaban y yo no había hecho ni tres cuadras.

Así que seguí, y ahí fue cuando la cosa se puso brava, cuando avancé, cuando llegué a aquel bar al que me llevabas a desayunar medialunas cuando estaba enferma e insistías en que comiera algo antes de ir al doctor; y, al igual que quince años atrás, vi a los mismos hombres en las mismas mesas tomando una cerveza mientras esperaban los resultados de la quiniela, detenidos en el tiempo, inmunes a este, como si la marcha del reloj no los hubiera afectado en lo más mínimo.

Ahí fue cuando me dí cuenta de todo y decidí apresurar el paso, casi que corrí, rápido, sin pausas, apenas deteniéndome en las esquinas; ansiosa por verte, ansiosa por llegar adonde estás, desesperada porque el tiempo no me alcance una vez más.

Ahora ya estoy acá, te tengo enfrente y no tengo apuro; hoy no, esta vez no. Así que te hablo y te cuento sobre mí, sobre mi vida en capital, sobre los estudios y –aunque sé que no te gusta- también te cuento sobre mamá, porque por más que trato de evitarlo, sé que algún día íbamos a tener que hablar sobre ello. Por eso también te cuento sobre Fermín y de lo grande que está, de lo parecido que está a vos y de lo mucho que te extraña.

Siempre estuve un poco celosa de ustedes dos, lo admito (¡por fin, ya era tiempo!). La forma en la que le hacías cosquillas, como lo subías a tus hombros y corrían por toda la cuadra, ¿te acordás de cómo le brotaban las carcajadas y los hoyuelos se le marcaban por la risa?, ahora hace tanto que no lo escucho reír… a veces se queda detenido frente a la ventana y la vista se le pierde entre los árboles. Me gustaría tanto preguntarle “¿Por qué ya no te reís Fermincito? ¿Dónde escondiste tus hoyuelos?”. Pero no puedo, porque sé que él se pregunta lo mismo. Así que lo dejo y lo miro perderse en la ventana mientras su mente vuela lejos, muy lejos, buscando una respuesta entre las hojas de los árboles.

Papi, no pienses mal de mí. No vine hasta acá a recriminarte todo esto, lo que pasa es que siento que si no hablo ahora no voy a poder hacerlo nunca. Por eso te lo digo, por eso y porque el psicólogo me lo recomendó. Él dice que es importante hacer catarsis y esta es la mejor forma que se me ocurrió.

Aprovecho para pedirte perdón por no haber venido en tanto tiempo y en parte también por haberte entretenido todo este rato. Ya se está haciendo tarde, mañana tengo que tomar el primer micro a capital y algo me dice que esta vez no voy a volver.

Por eso es que te observo. Miro tus ojos claros, esos que son la herencia más valiosa que me dejaste; salvo que los tuyos denotan firmeza, convicción y ese porte autoritario e inescrutable que conservaste aún pasados tus días en el ejército.

Me inclino para dejarte este papel, las piernas me tiemblan y necesito sostenerme del mármol para seguir en pie. Miro tu foto y suelto una lágrima, y sí, ahora sí; por primera vez en mi vida me permito llorar frente a vos y extrañamente no me importa y es que me dí cuenta de que esto es lo más cerca que alguna vez vamos a estar uno del otro, lo cual es bastante triste. Así que dejo el ramo de rosas y me voy, con una mezcla de emociones y esta duda que no me deja avanzar más de dos pasos, porque por más que trato no consigo acordarme… decime pa, ¿te dije hoy que te quiero?