El viajante

Las frecuentes lluvias habían dejado muestra en los charcos que sobrevivían, aunque sin impedir su tránsito, sobre el camino arenoso pero con un constante “serrucho” propio de falta de mantenimiento consecuencia del tiempo que no cambiaba no permitiendo a “los camineros” transitarlos en arreglo con sus Champion.

La tardecita se presentaba totalmente tormentosa. Nubarrones negros iban y venían. En el horizonte los rayos brillaban y a la cuenta de diez, transformaban en estruendosos tropeles que tronaban con atronadora fuerza.

viajante

Raudo, en los tramos libres de charcos, el Chivo avanzaba. Atrás quedaba el pueblo que el viajante de comercio, había visitado. No había sido muy fructífera su cosecha de pedidos, pero era su trabajo.

Hacía como cuarenta y cinco minutos que había salido del pueblo de escasas casas y escasos habitantes. Entre charcos, el camino, serruchado y golpeado, no era impedimento para su avance. Quería llegar al próximo pueblo, si era posible, antes que se desatara la tormenta que de a poco se iba presentando como muy brava. En la próxima localidad, lo esperaba la comodidad de un buen alojamiento, con un salón comedor muy recomendable y famoso en la zona por su calidad.

Venía pensando en eso. Llegaría, tomaría una habitación de las que rodeaban en patio central y en el baño del fondo se tomaría un reconfortable baño. Luego la cena. Habría ese matambre arrollado tan rico que la dueña de casa preparaba como fiambre ¿De cocina, ojalá que hubiese lentejas. Le gustaba tanto ese rico plato en el cual no escatimaban con chorizos colorados y panceta. De yapa el vinito de la casa, que traían directamente de Mendoza, era también muy rico y ni qué hablar del arroz con leche que ofrecían de postre. Venía pensando en todo eso. Al día siguiente no tendría que madrugar, pues empezaría su recorrida a la apertura de los negocios, o sea a las ocho, así que podría cenar opíparamente y acostarse un poquito más tarde. A lo mejor se encontraba con algún cliente y se tomaba un chupito de “Llave” en el mostrador del bar.

Los charcos se sucedían con menos frecuencia y por los lugares que veía a la vera del camino, no le estaba faltando mucho para llegar. Reconocía las casas, las tranqueras y los guardaganados, a veces con carteles con los nombres de los establecimientos, que transcurrían a su paso.

La tormenta le pisaba los talones. La menor frecuencia de charcos, le permitía pisar el acelerador como disparando de ella.

Cuando dobló la curva de noventa grados, algo le llamó mucho la atención. La entrada del campo a la que se aproximaba le parecía familiar, cómo si ya la hubiera pasado. Pensó

– Será mi imaginación. El cansancio y las ganas de llegar.

Siguió. Ahora doblaba una ese que…

– Pero, si esta ya la pasé !- dijo en voz alta.

Detuvo su marcha y bajó del coche. Al fondo, la tormenta.

Miró al fondo desde dónde provenía. No había una ese. El camino era una larga recta que se perdía en la inmensidad cargada de rayos y relámpagos.

– Qué está pasando ?- se preguntó a si mismo.

Subió al coche como dudando, le dio arranque, puso primera y salió “arando”, como queriendo cambiar lo que había sucedido.

En tercera, el auto volaba. Ya no teñía referencias de los lugares que pasaba, pues era de noche y la velocidad reducía la visibilidad que le permitían los faros que, dicho sea de paso, iban disminuyendo en su potencia lumínica.

De pronto, una inmensa laguna se le presentó al frente. Parecía inmensamente larga pero, tal vez no muy honda. Huellas que le marcaran que hubiese sido cruzada, no había, así que era lo mismo encararla al medio o a los costados. La lógica y su experiencia en situaciones anteriores, lo llevó a introducirse por uno de los costados.

La cosa iba bien. Casi a paso de hombre ronroneaba el auto levantando un pequeño oleaje. Pasaron unos cien metros, según le parecía, y la laguna continuaba. Por el espejo retrovisor, cuando iluminaban los relámpagos, se veía agua y agua. Por delante, agua. La laguna no era muy profunda, pero… la p… que no terminaba nunca.

No terminaba de pensar eso, cuando una especie de barquinazo lo movió del asiento tan fuerte que lo llevó a asirse fuertemente del volante.

– A la p… Qué fue eso ?- exclamó.

Pegó una acelerada. Ronroneó el chivo viejo, pero no avanzó. Estaba metido en un pozo, pues el agua casi se le entraba en el habitáculo. De yapa, aceleraba y patinaba como si estuviera calzado.

– Estoy encajado o colgado de un pozo.

Hizo dos o tres tentativas más, pero en vez de mejorar, la cosa empeoraba, así que optó por detener el motor sin apagar las luces. Inclinado sobre la derecha, buscó en la guantera una linterna y cuando enderezó su cuerpo portando la linterna en su mano, la luz que iluminaba hacia delante le permitió comprobar que la laguna terminaba dejando asomar la parte de camino que continuaba y a un chico inmóvil que miraba para su lado.

– Ey, pibe !- alcanzó a gritar. En ese preciso instante vio la carita sonriente del niño que lo miraba a la vez que levantando su brazo como en señal de saludo, se iba alejando.

– Ey, pibe !- repitió- esperàme ! – Pero, la silueta infantil, había desaparecido.

Se sacó los mocasines y se arremangó el pantalón hasta las rodillas. Abrió la puerta del coche y muy despacio se fue introduciendo en el agua. Con la misma a las rodillas, los zapatos en las manos y las medias en el bolsillo del saco, avanzó lentamente. El trecho que se le representaba corto, parecía no terminaba nunca.

Jamás supo si caminó entre el agua, unos minutos o unas horas. Lenta y cuidadosamente avanzaba, cuando vio al fondo, una luz que emergía en la oscuridad.

– Parece que hay alguien – se dijo para sus adentros aunque un poco se le escapó para las afueras en una especie de murmullo. – con suerte encontraré ayuda.

Llegado a la parte seca, refregó sus pies de uno en uno sobre en el pantalón doblado seco, por encima de sus rodillas, depositó sus zapatos en el piso y haciendo un poco de equilibrio se puso la medias de una en una, sobre sus pies casi secos. Dejó su posición de tero sobre una pata y se fue poniendo los mocasines.

Caminó unos metros y el camino se le puso un tanto pesado, tal vez porque elevaba sobre una lomada, tal vez por el cansancio contraído en su caminar en las aguas.

Lento en su paso pero firme en su esperanza de alcanzar la luz, que de a poco se le iba agrandando, avanzó.

La tranquera estaba abierta, mejor dicho estaba caída a un costado. Una hilera de vigilantes eucaliptos que entremezclaban sus sombras al reflejar los destellos de los relámpagos, marcaban un sendero hacia la luz, que no tan fuerte como creía haberla visto desde el lugar dónde había dejado la laguna, se le presentaba no muy lejos.

Calzado en sus mocasines, la medias húmedas que se había vuelto a poner, le daban un chasquido de humedad a medida que avanzaba.

La construcción de dónde se proyectaba la luz, era grande y de escalinatas que desembocaban en una galería de apariencias circundantes del edificio. A ambos costados de la entrada, sendos carteles enlozados publicitaban cubiertas y combustibles. Seguro de que se encontraba frente a un viejo almacén de ramos generales. El viajante caminero tanteó el picaporte de la puerta envidrada en la parte superior de ambas hojas.

Abrió la de la derecha, que chillando y haciendo sonar una especie de cencerro lo introdujo en un amplio salón con pinta de almacén pero faltante de mercadería.

En ese preciso instante un trueno retumbó afuera.

El salón era inmenso. Al frente un mostrador de bomba, con una silueta antigua repasando un mostrador desocupado. Detrás suyo, unas pocas botellas de “Espiridina”, de “Llave”, de “Legui” y de Vermouth descansaban sobre la estantería alta, muy alta, pero carente de ocupantes.

Desde la puerta, al fondo, eso era lo que visualizaba. A un costado del salón, una mesa de cuatro, era rodeada por cuatro sujetos en posición de estar truqueando. Sólo una era la mesa.

Nadie se inmutó cuando pasó a su costado murmurando un buenas noches no muy convencido, como tampoco se inmutó el que parecía ser el bolichero detrás del mostrador, ante la repetición del saludo.

– Mire patrón – temeroso el visitante se dirigió al despachante – me quedé encajado no muy lejos de aquí, casi a la salida de una laguna larga que encontré en el camino.

– Laguna ?- interrogó el bolichero, a la vez que los parroquianos se daban vuelta para mirar al recién llegado y con su trío de cartas en mano, al unísono arrojar un interrogante:

– Laguna ? Si por acá hace más de tres meses que no llueve ?. Pueda ser que no herremos la tormenta que se viene.

– Sí, no muy lejos de aquí. No se… En la laguna. Venía del lado del pueblo… cómo se llama ?

– Pueblo ?- esta vez el interrogante unió en una sola voz al bolichero y los truqueros.

– Si, ese que está para el norte. Pucha, no me sale el nombre.

– Si no hay pueblos en por lo menos 100 kilómetros a la redonda.

– Si hoy a la tarde terminé de levantar el pedido en ese pueblo que… cómo se llama ? Bueno no sé. Después vino la encajada. Cuando me armé de la linterna que tenía en la guantera, iluminado por los faros del auto, alcancé a ver un pibe que me miraba.

– Un pibe ?- irrumpió un nuevo interrogatorio colectivo –acá hace rato que no hay pibes.

– Sí, un pibe…

– Si… Cuando lo llamé, desapareció.

– Después me metí al agua, que casi me daba a la rodilla y caminé hasta salir de la laguna, temeroso por caer en algún pozo y con la tormenta encima. Ahí fue cuando vi la luz que se proyectaba desde aquí.

– Luz, aquí ?. Si hace poquito que prendimos el farol.

– Sí, la vi desde la salida de la laguna bien fuerte, pero a medida que me acercaba, medio como que se diluía. Cuando pasé la tranquera y entre en la avenida, era casi nada.

– Tranquera ? Avenida ?

– Si, la caminé y llegué hasta aquí.

– Hasta aquí ?. Si aquí no hay nadie.

 

Amaneció libre de tormenta. El coche se encontraba en el medio de la laguna, el viajante enrollado despertaba.

– Señor, necesita ayuda, creo – el mozo que había descendido del viejo Deutz metido en la laguna, golpeando la ventanilla interrogaba al ocupante del automóvil.

 

Nunca se sabrá nunca lo que tardaron en la tarea de desencajado y de remolque del auto.

Ya era la nochecita cuando lograron llegar al final de la laguna. Desengancharon las cadenas dando fin a la labor.

Con el auto en marcha y la mano extendida, el viajante preguntó al joven peón:

– Cuánto te debo por la gauchada ?

– Faltaba más –contestó el muchacho también de mano extendida.

– Pero… si te pasaste todo el día para solucionarme el problema… de yapa tuvimos que secarlo todo para que arrancara…

– No es nada señor, en el campo somos así…Algún día me puede tocar a mì.

– Bueno… por lo menos aceptame esta caja de bombones que tengo como muestra.

– Ta`bien ! muchas gracias Señor !

 

Se dieron un apretón de manos y cuando se disponía subir para continuar viaje atinó a decir:

– A cuanto estoy de pueblo próximo ?

– Cerquita nomás y no tiene como herrarle, el camino lo lleva. No tiene que doblar para ningún lado y además no verá ninguna entrada que lo confunda.

– Gracias de nuevo.

No había hecho mas que unos kilómetros cuando a la derecha vio algo que le era familiar. Pensó:

– Cómo, si el muchacho dijo que no había nada hasta el pueblo ?

Una entrada doble de eucaliptos flanqueaba el callejón que desembocaba en una vieja edificación divisada la fondo. Ya caía la noche. La tranquera de entrada, estaba cerrada, pero sentado sobre ella un chico que mirando sin ver, saludaba para su lado con el brazo en alto.

El cielo empezó a poblarse de rayos y refucilos.