El Espíritu nos anima, nos purifica y nos envía

Homilía del obispo de Santo Domingo en Nueve de Julio, Ariel Torrado Mosconi, durante la Misa crismal en la Iglesia catedral el jueves 11 de abril de 2019.

 

(Is 61,1-3ª. 6ª. 8b-9; Sal 88,21-22. 25. 27; Ap 1,4b-8; Lc 4,16-21)

 

 

Un año más los fieles de las comunidades que conformamos la Iglesia particular de Nueve de Julio estamos reunidos en torno al altar de la Iglesia catedral, para esta entrañable celebración en la cual se pone de manifiesto la comunión del santo pueblo de Dios peregrino por esta región de la pampa bonaerenses. Las lecturas de la palabra de Dios y los signos de la liturgia de hoy hacen visible y expresan una realidad muy profunda de la vida eclesial. Todo nos habla de aquella consagración proveniente del amor misericordioso de Dios por la cual nos convoca, nos transforma y nos envía en misión para la vida y salvación del mundo.

 

También hoy Iglesia, de la cual somos parte, es presentada y percibida por muchos en la crudeza de sus miserias y pecados. Ello provoca indignación, confusión y alejamiento. Y, sobre todo, en tantos de Uds. queridos hijos, hermanos y fieles, desconcierto y desánimo. ¡Es nuestra familia y nos duele! A veces tampoco sabemos qué decir o qué hacer.

 

Los textos bíblicos recién proclamados nos iluminan y confortan hermosa y admirablemente, ayudándonos a asumir el presente de nuestra Iglesia contemplando la realidad con los ojos de la fe. La mirada creyente, lejos de eludir, distorsionar u ocultar la realidad, permiten verla más adecuada, profunda y ampliamente.

 

La primera lectura del profeta Isaías comienza por decirnos que el Espíritu de Dios está sobre nosotros. Esta es realidad mucho más fuerte que cualquier noticia mediática o, incluso, pecado en la Iglesia. La presencia del Espíritu es luz, don, potencia, fuerza, consuelo, alegría, libertad, valentía y todas las gracias necesarias para la vida. En la historia de la salvación Él ha sido valentía para los profetas, fortaleza de los mártires, mueve al pecador a la conversión y mantiene unido al rebaño. Una Iglesia atenta a la voz del Espíritu, fiel a sus mociones y confiada en su ayuda no puede tener miedo ni bajar los brazos. Al contrario: se purifica, se levanta y sale a llevar a cabo su misión. No se encierra en el temor y el desaliento. Confiemos en la obra silenciosa, misteriosa -por momentos también desconcertante- y maravillosa del Espíritu en la Iglesia ¡Esta gran verdad de fe nos  anima, conforta y consuela! Tengámosla presente en este y en todos los momentos de prueba. “El Espíritu del Señor está sobre mí”

 

La segunda lectura tomada del Apocalipsis -no olvidemos que este escrito tuvo como primer cometido sostener a las primeras generaciones de cristianos perseguidos- hablándonos igualmente de la consagración que nos conforma como pueblo eclesial y como cristianos personalmente, afirma enfáticamente que es el amor del Señor derramando su sangre quien purifica y perdona los pecados de los hijos de la Iglesia. Aquí está la clave de nuestra conversión, testimonio y santidad: ¡la Iglesia vive de y por el amor de Dios! A modo de examen de conciencia eclesial en este día tan significativo para una Iglesia particular, preguntémonos: ¿nos dejamos amar, purificar y perdonar por Dios? ¿en cada una de nuestras comunidades cristianas se encuentra, se siente, y se nota el amor de Dios? ¡Qué hermoso es que cada persona que entre en contacto con la Iglesia pueda percibir el amor de Dios y la certeza de que su pecado tiene remedio, porque “Él nos amó y purificó”!

 

El texto recién proclamado del evangelio de Lucas concluye “Hoy se ha cumplido este pasaje de la escritura que acaban de oír” No se trata de una mera constatación histórica, sino Palabra viva que va desplegándose y haciéndose realidad en y a lo largo de la historia. Por eso esta cita evangélica nos pone de cara al presente y al futuro motivándonos, animándonos e impulsándonos a hacerlos realidad. Está época, sociedad y mundo en el cual vivimos ciertamente nos desconcierta, confunde y, a veces también, nos inhibe o paraliza como Iglesia. Es la llamada a la evangelización viva, al anuncio convencido y valiente, al testimonio alegre y generoso, a volcarnos generosamente y tender la mano a los pobres, los ciegos, los lisiados, los esclavos que, precisamente, este mundo alejado de Dios produce y luego descarta. ¡Es la llamada a la misión hoy!

 

Queridos hijos y hermanos presbíteros, que son mis primeros colaboradores en el ministerio episcopal: hoy al tomarles nuevamente las promesas del día de la ordenación, los animo y los exhorto a una renovada entrega y fidelidad.

 

Le pido al mismo tiempo al santo pueblo de Dios, tal como indica la liturgia de hoy, que ore fuertemente por nosotros. Los sacerdotes nunca debemos olvidar que esa oración de nuestros laicos esta “llena” de reconocimiento y de la gratitud por nuestro ministerio y también del dolor por nuestros pecados! Todo ello está en el corazón de los fieles cuando rezan por nosotros.

 

En esta comunión tan profunda con nuestros fieles que brota de la misma fe, descubramos hoy una de las motivaciones más buenas y bellas para renovarnos y reafirmarnos en la entrega fiel, la donación generosa y la disponibilidad en el servicio.

 

Queridos fieles todos en el Señor: permítanme a modo de conclusión retomar esta consigna evangelizadora, pastoral y misionera que viene animando la vida de nuestras comunidades. Propongo ahora el objetivo diocesano no solamente como programa, sino también como llamada, convocatoria y verdadera doxología que esta Iglesia particular eleva a Dios y manifiesta a los demás. Deseamos, nos comprometemos y nos proponemos “Caminar en comunión para anunciar a todos la alegría del Evangelio”. Así sea.