Colaboradores. Hoy: Gastón Potrebica

fEl discurso y el deseo

Pues un buen día, notable por la diferencia con el resto, el corazón dijo de Newton: el discurso de la ciencia está atravesado por el deseo del científico.

El excomulgado Spinoza sostuvo que el deseo es la esencia del hombre, tanto como para que el psicoanalista Jaques Lacan, siglos después, en su seminario Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, afirmara tal apreciación.

Sin embargo, ese concepto de deseo extraído de aquella filosofía (y de la filosofía en general), es despejado y redescubierto en su verdadera dimensión por el psicoanálisis, como deseo inconciente.

El deseo es el corazón de la existencia humana, rectifico. Un corazón delator, en el sentido literario del señor Edgar Poe, podría insistir.

Quisiera mencionar una anécdota al pasar, donde algo de UN deseo apareció escuchado en un dicho. Cómo un hipotético deseo surgió envuelto en el entramado de los significantes del lenguaje. Tuvo el tenor de ser una aparición ligada a la escucha de un sentido más allá del dicho. Aunque, debo aclarar, la verdad sobre ese Deseo (el que interesó a Freud, el inconciente) está presente de alguna manera en toda palabra, la palabra, por definición de una imposibilidad, nunca puede expresar la verdad total sobre el deseo; siempre hay un resto.

A los hechos. Me hallaba concurriendo a los trabajos de elucidación de la nueva ley argentina de salud mental, en una ciudad foránea. Uno de los oradores que allí discurría, mencionaba los efectos de la medicalización de la infancia, los estragos de las imperfecciones de las sustancias en las almas infantiles; también infería supuestos críticos sobre las categorías del D. S. M. IV (por sus siglas en ingles; manual estadístico y diagnóstico de los llamados trastornos mentales) y del intento de universalización del pensamiento sobre las patologías mentales por parte de la Asociación Americana de Psiquiatría (nota; algo de Borges para aproximarnos a esta universalización: “(…) El concepto de texto  definitivo -afirmaba- no corresponde sino a la religión o al cansancio.” Discusiones. Obras Completas). Fue allí, en aquel punto de escucha, donde la sigla D. S. M se transforma en el eco del significante: DESÉEME USTED. ¡Ah! hallazgo singular, creí permitirme dejar que lo que siguiera a esa escucha pudiera ser transmitido luego. Algo de eso son estas breves palabras.

Pero se me pide ser breve. ¿Dónde sitúo este suceso? En el anudamiento (no es identidad) entre el discurso y el deseo: pues en el discurso y sus fallidos pude hipotetizar algo del deseo de una entidad científica, de renombre internacional, un deseo de homogeneizar la discusión sobre el concepto de lo mental. Deseo pesquisado (no agotado) tal vez en carriles cruzados con la lógica del capitalismo y del mercado, como así también con las nuevas nociones sobre los procesos cognitivos y los avances en el campo de lo neurobiológico. Y, por qué no, a la felicidad del señor filósofo de la ciencia, Mario Bunge, un respetado detractor del psicoanálisis. Pero dejemos esto para continuar si el editor lo permite, en alguna otra circunstancia.

Al final, la incompatibilidad entre el deseo y la palabra explica lo irreductible del inconciente, que no es lo que no se conoce y se ensaya en la esperanza de su descubrimiento, sino lo que no puede conocerse. Algo en los márgenes del conocimiento, que ninguna aleación química, ni ninguna literalidad exhaustiva de manual podrá agotar. Que la ciencia alguna vez pueda descansar sus agitados brazos laboriosos en esta premisa.

 

Gastón M. Potrebica.