VOLAR EN GLOBO EN CAPADOCIA

¡Sueño cumplido! 

(Por Cecilia Lastiri)

Esa noche nos fuimos a dormir temprano, alrededor de las 11 de la noche, con una sensación en la panza que no se puede describir, esa que sentís cuando algo que estás esperando desde hace mucho tiempo se está por dar, ese hormigueo mezcla de ansiedad con un poquito de miedo. Y no era para menos… en pocas horas se iba a cumplir un sueño muy especial: ¡Iba a volar en globo aerostático en uno de los lugares más lindos del mundo!

 

 

Son las 4 de la madrugada en Capadocia, Turquía. Suena el teléfono de la habitación y hay que levantarse, en media hora nos pasan a buscar. El día comienza súper temprano ya que, una de las sorpresas que nos aguardaba, en pleno vuelo, era admirar el sol naciente en el horizonte con sus mágicos colores anaranjados.

El grupo iba llegando, puntualmente, a la recepción. Todos llevamos la misma sensación de ansiedad, aunque un poco dormidos. Llega el bus que nos trasladará, solo nos separan unos 20 minutos del campo de vuelo. El guía nos da algunas indicaciones y nos entrega un folleto, en varios idiomas, con las medidas de seguridad. Esa sensación especial y el hormigueo en la panza van en aumento…

 

 

Lo único que se podía apreciar entre tanta oscuridad, cuando llegamos, eran las llamaradas de fuego de los calentadores que estaban inflando a los protagonistas de nuestra aventura: los globos. Atrapan nuestras miradas y se escuchan solo comentarios de admiración: ¡mirá! ¡Allá hay más! ¡Por allá muchos más! y nos vamos quedando fascinados por la cantidad de globos que se están preparando para volar. Este gran campo en penumbra se convirtió en un espectáculo que nunca imaginamos.

En una mesa pequeña nos sirvieron té y algunas masas, que nos mantuvo calientes mientras terminaban de poner a punto los globos. Cuando llegamos al lugar yacían tumbados en el suelo, pero ahora ya estaban erguidos y listos para llevarnos a pasear. ¡El momento había llegado!

 

 

Uno por uno, empezamos a subir por una escalera a la gran cesta de mimbre que nos iba a contener durante los próximos 60 minutos de travesía. Mientras tanto, nuestro piloto seguía atento con sus tareas: largar llamaradas del quemador para mantener la temperatura del aire, probar la radio y chequear que esté todo listo para despegar.

 

 

Para donde mirábamos había globos y sin darnos cuenta ya estábamos en el aire, sobrevolando este espectacular paisaje lunar. Todas las dudas que teníamos de volar se me van, estaba disfrutando de una de las tantas vivencias que me  ha tocado vivir.

Tanto era el deseo de estar ahí que mis ojos no podían evitarlo y se ponían brillosos por algunas lágrimas.

A medida que nos elevábamos, no podía creer lo que mis  sentidos iban descubriendo. Al principio quería  contar los globos que iban apareciendo: 5, 10, 20, 30… ya no podía, era imposible, porque eran muchísimos.

El horizonte estaba cubierto de ellos, globos que adornaban el paisaje con sus colore

-, eran mucho más de 100 los globos que, ese día y a esa hora, tomaron vuelo. Más de 2.000 personas que volando por los cielos de Turquía compartían, seguramente, la misma emoción de volar en un globo aerostático. 

 

A lo lejos va apareciendo, de a poquito, el sol. Al principio son unos pequeños rayos, luego ya toma altura y nos ilumina con gran resplandor. En un vuelo rasante, sobrevolamos las famosas chimeneas y las cavernas esculpidas en la roca. Una exhibición inolvidable. Nuestro piloto hace todas las maniobras posibles para regalarnos las mejores vistas de la Capadocia. Esta región histórica, y declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1985, merece ser admirada de forma diferente: desde el aire.

Una vez en el aire, el globo sigue la dirección del viento, supimos donde despegamos pero no donde aterrizaremos, esa es la gran aventura. Las vistas desde el cielo son una mejor que otra, los miles años de erosión nos dedican un paisaje salido, directamente, del espacio. Mientras nosotros nos guardábamos esas imágenes para siempre en nuestra memoria, el globo iba buscando su lugar de aterrizaje. Y en una excelente y suave maniobra, sin ni siquiera sentirlo, el canasto de mimbre se posó sobre la tierra y los colaboradores lo amarraron al vehículo que nos estaba esperando.

 

 

De a uno vamos saltando fuera del canasto, con el corazón aún dando brincos de alegría y gran emoción. Todos hablábamos al mismo tiempo y queríamos contar lo que habíamos vivido. Cualquier descripción de un vuelo en globo aerostático se queda corta en comparación con la experiencia de hacerlo.

 

 

Los colaboradores del globo nos prepararon un ritual de bautismo: descorcharon un té espumante helado para brindar! Y no era para menos, había sido uno de esos días que nunca íbamos a olvidar. Un día que vamos a llevar, seguramente, grabado en nuestras retinas y corazones. Un día por el cual estaré, eternamente, agradecida por haber tenido la oportunidad de disfrutar este soñado e imborrable momento.

 

 

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