Un negocio que todos conocemos

10154024_10201753304416133_1654515669_n
Juan José López

Por: Juan José López.

¿Qué el fútbol es un negocio? Ya lo sabemos. Pero ello supone una observación más profunda. He aquí nuestra visión. A mediados del 2011, César Luis Menotti brindaba una jugosa nota; como de costumbre. En medio de la recuperación respecto a sus problemas con el cigarrillo decía: “¿Qué lugar ocupa el fútbol en un estado? Es un negocio, bienvenido sea; si es un gran negocio que se come los tiempos, malo.”

 

En octubre de 1996, Jorge Valdano escribía en La maga. En su artículo titulado “Fútbol y cultura” afirmaba: “El fútbol: trivial, sospechoso y de indiscutible peso social, fue siempre utilizado y manoseado.”

 

Dos próceres del fútbol argentino abren el debate. Diálogo que borra las fronteras estrictamente futbolísticas y ronda por otros lares: económicos, políticos, históricos pero, sobre todo, sociales. Osvaldo Soriano, por ejemplo, narra el nacimiento de San Lorenzo y su vinculación con la religión, con el padre Lorenzo Mazza. Los ejemplos son inabarcables.

 

No es nuestra tarea exponerlos, sino significarlos. Sea cual fuese el nombre del intelectual o su opinión específica, lo cierto es que el fútbol nos depara un virtuosismo cognitivo que no solo les pertenece a los eruditos. Por el contrario, es la posibilidad del pueblo.

 

Pero ella posibilidad sólo puede tener tintes pragmáticos, en la medida en que la organización del espectáculo tenga fines acordes a tal objetivo. Seamos más claros: para que el fútbol sea masa requiere de acciones que lo lleven a esa característica. Ahora bien, realicemos una aclaración: con el término masa, no nos referimos a un conglomerado de camisetas ingenuas. No, señor. Nos referimos a que no debe existir en este deporte persona que sea excluida, persona que no pueda participar. Y aumentamos la apuesta: el anhelo es que toda persona que participe sepa la importancia que tiene el fútbol para el pueblo.

 

Si el fútbol como negocio es un arquetipo mal visto, ¿qué queda? Poco. Hemos ido transformándonos tanto, que ciertos componentes esenciales de nuestra existencia, quedan camuflados por estructuras mentales actuales. Ejemplifiquemos. Nuestras dudas existenciales, quedan en un segundo plano con los medios masivos de comunicación. Las reflexiones que podamos desnudar sobre nuestra identidad, se subordinan a una ley o una hora de terapia. En el fútbol, impera el mismo razonamiento: nuestras ansias de jugar a la pelota, son trastocadas por pensamientos y acciones del maldito capital.

 

El fútbol es una alegoría permanente en la organización de un estado nación. Si hay desorganización, somos desorganizados. Si no hay ensamblaje en el verde césped, somos individualistas. Si no hay un líder que se siente frente al micrófono con honestidad, hay demagogia. Si no hay unión es porque nunca hubo miserias. Si hay exitismo, no hay esencia; hay una cultura materialista.

 

De modo que pareciera no quedar nada. Pero no es tan así. Si algo podemos hacer con el sistema es transgredirlo. Si el fútbol es un negocio, ¡genial! No es un problema. Pues, en ese caso, el dinero regresa al lugar donde se generó: el club. Y éste vuelve a invertirlo, cumple su función social. El inconveniente se genera – en términos de Marcelo Bielsa – cuando los empresarios se adueñan del fútbol. No sólo porque se quedan con el dinero, sino porque instalan un pensamiento mercantilista en las gradas.

 

“El fútbol es cultura porque responde siempre a una determinada forma de ser”, asevera Valdano. Y es cierto. Pero en esa forma de ser debemos aprender a ser transgresores, a enfrentarnos ante el lenguaje del fútbol. El fútbol es lenguaje. Sólo hace falta interpretarlo y para ello debe agudizarse el ojo tanto en la formación intelectual como en la praxis, en la cotidianeidad.

Juan José López

juanlopez314@hotmail.com

¿Quién soy? Juan José López. 20 años. Hago periodismo en Radio Amanecer 102.7 desde agosto del año 2011. Estoy cursando el último año del profesorado de Lengua y Literatura. Miro fútbol desde los 8 años, después del Mundial 2002. Roberto Fontanarrosa me acercó a la literatura a través del fútbol y Jorge Luis Borges es una influencia inevitable en mis escrituras