Perfiles: José María Roggero

DSC03185LA RISA: UN REMEDIO INFALIBLE

“Actor se nace”

José María Roggero tiene 77 años y nació en Villa Devoto, a tres cuadras de la cárcel “pero no adentro” ironiza.

Es conocido en la ciudad por su trabajo en las instituciones. Es síndico de la Cooperativa Eléctrica Mariano Moreno y director del Hogar de Ancianos. Su vida pública en Nueve de Julio saltó cuando durante el gobierno de Abel de La Plaza para hacerse cargo del área de Servicios Públicos, donde trabajó durante ocho años ( 1983- 1991).

Pero su vocación fue la actuación artística. Y se volcó desde muy pequeño a realizar monólogos (cómicos) y espectáculos de fono mímica que lo llevaron a recorrer clubes, confiterías, cabarets y watts de Capital Federal y de todo el sur, donde estuvo cinco años.

Roggero realizó la primaria en la Escuela Jorge Newbury de Villa del Parque, lugar al que se mudó a los 5 años. Comenzó su primaria en el año 1943 justamente allí fue donde nació su precoz vocación artística. “Siempre me gustaba hacer reír a la gente. Me gustaba hacerme el gracioso. Mi primera actuación fue en tercer grado donde hice el Gato con Botas”, recuerda.

“Cuando estaba en 5º había venido a la Argentina, un gran maestro, director de orquesta sinfónica, Pierino Gamba, que dirigió la orquesta Sinfónica del Teatro Colón a los ocho años. Mi padre me llevó a verlo porque me gusta mucho la música clásica. Entonces tomé el personaje de Gamba. Había un disco que había grabado Pepe Iglesias El Zorro que se llamaba Presto Maestro y de allí me hice hacer la ropa con mi madre. Y en la fiesta de fin de año me presentaron como maestro Pierino Gamba. Recuerdo que mi madre tuvo que ponerme “gomina” porque tenía el pelo muy arrugado. Aparecí con pantaloncito corto de terciopelo, la blusa blanca, un cuello especial y zapatos de charol. Fue un éxito y de allí me llevaban a las escuelas a hacer el espectáculo”, recuerda.

Con apenas 11 años, Roggero comenzó a relacionarse con la fonomímica y fue preparando el espectáculo, fue creando sus personajes. Su precoz vida artística continuó y ya a los 15 años comenzó a trabajar en los clubes “En aquella época se hacían espectáculos en los clubes…En un club de Villa del Parque hice una obra de teatro que se llamaba El vivo vive del zonzo…No me pagaban, era trabajo de aficionado. Uno tenía que hacer un trabajo minucioso para poder llegar a hacer algo. Aunque hoy es todo distintos”, reconoce.

De ese modo recorrió numerosas confiterías y teatros de Buenos Aires: La Querencia (confitería porteña estaba ubicada frente al Tortoni ); el teatro Variedades (en Constitución), donde hizo la obra “Qué noche de casamiento” con Francisco Chiarniello “; el cabaret Casanova y, entre otros, el paquete restaurante Embassy Casino. “El Embasy estaba en la calle Esmeralda y era muy lujoso. Recuerdo cómo el pianista subía al escenario circular tocando el piano de cola. Allí estuve un tiempo largo. Fui a una prueba una noche y vi que la gente aplaudía suavemente. Me dije: No pasa nada. A la gente no le gusta. Pero me llamaron de la gerencia y me dieron un contrato por un mes porque el público estaba muy gustosa. En los lugares más populares, la gente te aplaudía, era más eufórica, se reía. Pero allí era un lugar con un público distinto”, reconoce.

Roggero es de aquellos que están convencidos que “El cómico nace pero no se hace”. “No se puede inventar un cómico”, asevera. “A un artista, en cambio sí. Para estar en el escenario uno debe sentirlo. Recuerdo que desde niño soñaba con el escenario. Veía las luces y al público que me aplaudía. Pero era porque uno tenía ganas de transmitir, hacer reír…No era por vanidad. No me importaba si me pagaban 10 pesos o no me pagaban nada. Me interesaba que la gente se riera. Cuanto más se ríe la gente uno más goza. El artista se siente bien cuando el público reacciona con lo que hace”.

Como es propio del ambiente, Roggero asegura que los artistas deben poseer un don natural, deben saber transmitir sus pasiones pero sobre todo, como se dice en su ambiente , deben “tener angel”. “Muchos pueden ser muy buenos pero pueden subir al escenario y no hay respuesta del público. Es porque no tienen ese don natural para transmitir… Por eso hay tantos artistas que nacen y mueren de un día para el otro”.

Estudió de niño un año en el teatro Labarden, dirigido por entonces por el hijo de Alfonsina Storni “porque mi padre había editado los libros de la madre

A los 23 años, luego de esos primeros años y tras el nacimiento de su hijo Marcelo, un contrato artístico lo obligó a viajar por gran parte del sur: Puerto Madryn, Trelew, Comodoro Rivadavia, Caleta Olivia, Pico Truncado, Puerto San Julián, Río Gallegos, Santa Cruz, Río Turbio y Bariloche fueron los destinos que disfrutaron, durante cinco años, de su espectáculo de fono mímica que hacía, por entonces junto a Juan Carlos Barbieri y Carlos Landi…”Éramos tres . Ponías un disco y hacías que cantabas pero no lo hacías… Por eso se llama fono (música) pero uno hace la gesticulación”, dice Roggero.

“Yo escuchaba un disco y me hacía una película. Creaba un personaje, lo vestía. Hacía mexicano, italiano…En cada número que hacía me cambiaba. También hacía monólogos…Uno se va formando, va aprendiendo cómo comportarte en un escenario…Uno tiene que tener mucha responsabilidad cuando sale frente a un público. Uno no puede hacer fracasar a una empresa. Hay que ir consiente de que a uno le están pagando para que la gente salga satisfecha”, recalca.

En la confitería la Querencia, conoció a su mujer, que cantaba español. ´”Ella trabajaba en restaurant españoles y ese tipo de lugares. Yo, en cambio, me dedicaba a las watts y a los cabarets. Tenía mucha resistencia en la familia porque los parientes yo andaba en la noche con esos personajes. Pero éramos gente que nos íbamos a ganar la vida, éramos artistas y nos íbamos a trabajar”.

Roggero recuerda los prejuicios, por aquellos años, sobre su actividad actoral. Y la indiferencia con que acogió su profesional su familia. “Mi madre y mi padre nunca me fueron a ver actuar y un día a mediodía almorzando en casa y mamá dijo que había ido a la casa de mi tía Honorina, que vivía pasando la Querencia. Mamá dice que se paró el tranvía en un lugar donde había un espectáculo, el tranvío paró justo en Bernardo de Yrigoyen y dijo que la gente levantó la ventanilla miraba y se reía porque había un tipo que tocaba una guitarrita y dirigía una orquesta. Era un gracioso, daba una risa, dijo. Y yo la escuchaba y mis hermanas me miraban. No se había dado cuenta que era yo…”. ¿Acaso fue traumático?- se le interroga. Pero Roggero con sus 77 años indaga en los recuerdos y en la distancia y en la toleranica que seguramente dan los años:- No-asegura – porque sabía que tenían un pensamiento distinto. No les interesaba que yo fuera artista”-dice en forma simple, admitiendo una realidad sin resignaciones.

En julio de 1963 en Puerto Madryn, con su mujer embarazada y tras terminar su trabajo, vuelve a Buenos Aires. Al poco tiempo que nace su hijo vuelve a Bariloche, hasta la Navidad. Pero con el Año Nuevo decide cambiar también de hábitos: deja de hacer giras, ya con una familia conformada no está dispuesto a dejarla en Buenos Aires o a acarrearla en sucesivos viajes y mudanzas.

Entonces llegó la necesidad de trabajar por la supervivencia. Ya no era tan fácil conseguir trabajo. Allí ingresó, tras capacitarse, la fábrica Olivetti, donde trabajó durante tres años aunque no perdió so vocación artística. “Allí también hacíamos teatro y eventos. Yo también imitaba a los directores, a todo el mundo. Siempre fui medio así. Después con los años uno va perdiendo eso”.

Tras cuatro años decidió independizarse. Y comenzó a trabajar como técnico electricista, oficio que había aprendido durante la escuela secundaria. “Hicimos obras muy grandes: con zapaterías muy grande de Buenos Aires como Bottticelli (hicimos ocho locales), Grandes Tiendas Rosmary, el teatro Broadway…

Luego se mudó a San Francisco, ciudad cordobesa donde su señora tenía familiares, donde instaló un negocio hasta que su hermano Ramón, instalado en Nueve de Julio a cargo de Olivetti, lo invitó a venir. Roggeron negó los primeros ofrecimientos, pero en 1072 decidió aceptar. “La última vez que vino, el trabajo estaba escaso y eran los años malos que vivimos. Me vine acá y me hice cargo del personal en Olivetti. Después empecé a viajar a Carlos Casares y Bolívar. En Bolívar instalé un negocio en pleno centro y me hice cargo de ese local”

Luego se instalé con su familia definitivamente en Nueve de Julio. Con su hermano compró la cantina de Centro Empleados de Comercio, donde estuvo un año “pero la situación estuvo medio brava”. De allí trabajó en Pepsi Cola y luego trabajó con Oscar Ferreira que tenía la Láctea 9 de Julio, al lado de radio 9 de julio, frente a Nacimos Para Ti. Tras trabajar durante ocho años en la función pública debió nuevamente abrir un nuevo camino: lo hizo primero repartiendo cartas y luego armando una oficina de correos en donde llegó a contratar a seis empleados.

Tras jubilarse , Battistella lo llamó para atender el hogar de Ancianos

De sus días en Nueve de Julio tiene sus más gratos recuerdos como con la obra “Esperando la Carroza”, obra a lo que lo invitó Horacio Filoni para participar en 1996. “Fue un director excelente y es muy buen actor. Reconozco sus aptitudes. Esa obra fue un éxito total. Porque los actores eran todos jóvenes, yo era el mayor de todos tenía como 50 años, Fue un ambiente tan hermoso, tan cálido. Ya lo tomamos como una cosa natural, lo disfrutamos mucho.

Teníamos un problema. Cómo salíamos con el cajón del muerto (nos prestaron un cajón en la funerario, muy precario pero eraun cajón al fin). No sabíamos si lo podíamos sacar por el público. El TIN no tenía salida sin que te vieran. FIloni estudiaba todas las posibilidades. Entonces Oscar Avelino tenía que salir y, con esa cara especial que ponía, tenía que decir La trajimos a mamita”- Y el público se descomponía de risa. Entonces inventamos entrar por la puerta de la calle. Yo entraba sacando la parte de atrás del cuerpo, con la ropa que tenía que era una cocoliche. Cuando el público veía el cajón se entraba a reír. Eso fue un boom. Cuando sacábamos el cajón había que parar la obra para que la gente parara de reír. Alli reiniciaba el diálogo y andábamos con el cajón de un lado para el otro. Jorge Attìa, entonces pasaba por arriba del cajòn… Fue todo tan graciosos, tan lindo, tan agradable, que me encantó. Después ellos siguieron con la Novicia Rebelde que fue una maravilla , con la chica de Cantú que hizo una escenografía extraordinaria.

Dentro de lo gracioso de todo esto te dejaba una enseñanza muy grande. Después de cuatro años que estuve en el Hogar, uno ve que es todo tan triste: el olvido de los viejos, como yo. Yo soy un viejo, como dijo el Papa. Nosotros somos viejos. Inventamos ahora la tercera edad, pero no es así. Tenemos que tomar conciencia, a pesar del mundo que estamos viviendo con una vorágine, de la parte humana. Llegué a tener 60 personas y cuando llegaba una fiesta, si llevaban a cuatro ya era mucho. Y visitarlos, algunos los visitaban todos los días. Pero era uno solo. Algunos venían los domingos, o un día de semana pero se olvida a la persona. Por eso digo que esta obra enseña mucho. Transmite nuestras miserias.

Roggero entonces hace una pausa. Se baja del escenario de la actuación para subirse al de la vida. Compara entonces, las enseñanzas de Esperando la Carroza y cómo transmite las miserias más profundas humanas. Reflexiona, sobre el abandono de los abuelos en el hogar. Y cuenta sus experiencias durante la dirección de cuatro años. Se aleja, mira con expectativas y se consuela: Hay que saber vivir con poco. Por eso admiro a nuestro Papa Francisco, no porque sea argentino sino por su humanidad. Tenemos que aprender de él los que decimos ser cristianos, para ser un poco más humildes y humanos”.

Con la obra recorrieron algunas localidades: Dudignac, Quiroga…

El balance que la vida es que me ha brindado un montón de conocimientos, sobre todo de la gente. Me ha brindado el amor de mi familia y fundamentalmente de mi esposa que me acompaña desde hace 51 años. Vivimos momentos muy duros pero nunca nos olvidamos de la gente, de lo que la gente necesita. Uno tiene que brindarse. Tiene que ser solidario. Ese es una cosa importante que el mundo tiene que aprender. Cuando te ponen adentro del de madera, la plata no sirve. La plata no es la vida. La vida es el amor, la solidaridad, el querer al prójimo, el sentirse feliz. Y el ayudar al prójimo. Eso es lo más importante. Si hay algo importante en este mundo hoy es el papa francisco. El amor que està brindando al mundo no lo brindó nadie. Es el representante de Dios en la tierra. Y lo está demostrando con su sencillez. Aprendamos las lecciones del amor. Yo lo he aprendido de la vida. Y cuando puedo dar una mano, siempre estoy dispuesto para eso”.