Escuchando al maestro

(Por Juan Manuel Jara)

 

            Otra vez llega el ABL. El trío Abraham-Berazadi-López  está de vuelta  con un nuevo trabajo periodístico sobre uno de los personajes más emblemáticos del fútbol local. Oscar Carranza, maestro y referente.

            Cuenta Juan José López, uno de los autores, que después de los trabajos sobre Raúl Perrota y Juan Carlos Pires, “La idea era buscar algo más y nos encontramos con un maestro. El fútbol también nos puede dar cátedra. Fue una charla de casi dos horas, con paciencia. Un hombre muy observador como persona y DT y eso se ve reflejado en la nota”.

            Sin dudas que Carranza fue un adelantado. Hay un antes y un después porque a partir de él empezaron los entrenamientos fuertes en el fútbol local. Siempre fue muy lector y así lo deja asentado: “Carranza libro que agarraba, libro que leía, querido”. Jugaba al básquet y de chico ayudaba con las divisiones inferiores y consideró que había movimientos propios de ese deporte que podía transportar al fútbol. Algo totalmente novedoso para la época. Además, todos sabían que el que no corría, no jugaba.

            Hoy, 8 de marzo, Carranza cumple 85 años y esta nota es una manera de homenajearlo.

¡Feliz cumpleaños, Maestro!

 

 

 

“A los jugadores tenés que convencerlos”

Mencionado entre los futboleros actuales, Oscar Carranza siempre asoma como referente. Entrenador por oficio y visceral, se sienta y nos recibe para dar una nueva cátedra.

 

El 8 de marzo de 1934, cuando nacía Oscar Carranza, en 9 de Julio las calles todavía eran de tierra. La Cooperativa Eléctrica Mariano Moreno era la “Usina Eléctrica Popular S.A” y la escuela de Comercio no existía. Faltaban siete años para que se fundara la Liga Nuevejuliense de Fútbol y treinta y seis para que se inaugurara el autódromo de la ciudad. En Argentina aún la mujer no podía votar y el divorcio era clandestino. Restaban dieciséis años para que naciera Diego Armando Maradona y cuarenta y tres para que lo hiciera Lionel Messi. En el mundo sólo existía una Guerra Mundial. En ninguna cabeza habitaba el muro de Berlín o un celular. ¿Será por todo esto que su voz suena sabia?

Carranza se lleva los dedos gruesos a la nariz. Frunce el entrecejo. Las uñas largas y gruesas raspan su tabique. Busca en la memoria: “este viejo se pone en aprietos y no se acuerda para nada”, dice. Pero automáticamente cambia el hilo: “todavía tengo para rato” y ríe. En la memoria no está el conocimiento, es cierto. La sabiduría se absorbe, como si el cuerpo fuera una esponja. Casi ochenta y cinco años de vida ayudan. Y al hablar, Carranza destila: “Yo iba aprendiendo. Jugué en el básquet, aprendí del básquet. Carranza libro que agarraba se lo leía, loco. La AFA antes ofertaba libros en la Liga. Yo los mandaba a pedir. Todos libros de fútbol. Los leía y hacía como un resumen que me quedaba en la cabeza, viste.  El que más me acuerdo es Preparación física para equipos de fútbol. Acá debo tener alguno. Ahora te lo traigo.” Y se levanta a buscarlos.

A paso lento pero firme, Carranza vuelve. Consigo vienen cuatro libros: El fútbol en un mundo de cambios, de Juan Carlos Lorenzo; Técnica y táctica del fútbol, de ArgentinoGeronazzo; Táctica y estrategia del fútbol, de Osvaldo Zubeldía y El fútbol, libro de tapa y autores misteriosos. Todos maestros, como Oscar, quien se enorgullece en que lo vean como tal: “oh, un valor bárbaro. Casi todo el que se junta conmigo después es técnico. Hay una cosa que acá el Negro Pirez siempre me dice, que yo cambié el fútbol por el asunto del entrenamiento y la disciplina. Antes no se entrenaba. Se jugaba y se pateaba al arco. El que cambió eso fui yo”.

Sí, entrenamiento y disciplina. Pero también lectura, y no sólo de libros. A los diecisiete años jugaba al básquet, a la “paleta” y al fútbol: “Ahí me pasaba toda la tarde”. Allí aprendió que el fútbol puede tirar paredes con otros deportes: “El básquet me enseñó mucho para el fútbol. Nosotros no teníamos campeonato y entrenábamos igual”. Luego agrega: “La dinámica del equipo de básquet es la que yo le inculqué a mis jugadores. Te digo una: el Patón Vaudagna era muy hábil pero lerdo, y jugaba de wing izquierdo. Yo lo tenía a Cufré jugando atrás de él, de volante. Entonces Vaudagna me llevaba la pelota al medio, para el área, y el cuatro se iba con él. Acá (por afuera, hace el gesto con las manos) pasaba Cufré con su fuerza y en velocidad. El Patón o alguno se la tiraba para correr porque ya sabían, se habían avivado. En mis equipos estaba todo sabido. Yo primero buscaba los que se complementaban y después los movimientos son de acuerdo a lo que sabe hacer cada uno.”

Carranza apoya los codos en la mesa. Se estira. Sabe que de lejos, a veces, se ve mejor, se observa mejor. De modo que regresa a sus ocho años y cuenta un accidente que, años más tarde, le impediría tener una carrera más amplia como futbolista: “Estábamos haciendo cosas malas de ese tiempo. Nos sentábamos en el cordón de San Juan y Río Paraná, esperábamos a que viniera un auto o algo y nos colábamos. Hacíamos media cuadra y nos bajábamos porque andaban despacio. Entonces nos subimos a un colectivo, hicimos unos metros y nos largamos.  Pero venía un charré atrás y el hombre no me vio. Lo último que me acuerdo es la arena que largaba el colectivo, y se me terminó el mundo porque me desmayé. Tenía marcas por todos lados.”

Producto de los golpes, agrega, tuvo cinco conmociones cerebrales. Hasta que un día, después de un partido con Dudignac, fue internado: “Veníamos por tierra y sentía que me moría. Estuve una semana internado. Después seguí jugando pero no podía meter la cabeza en nada. Jugué poco por esa lesión.” A los veinticuatro años Carranza se retiraba.

No obstante, aunque efímera, su experiencia como jugador también trae recuerdos, y desde pequeño. Su infancia la vivió cerca del club Agustín Álvarez: “El club de mis amores, de chico, era Agustín. Estaba todo el barrio ahí. Nada más que íbamos, jugábamos, fichaban a varios pero a mí nunca me miraban”.

Entonces jugó en Juventud Unida hasta que el club no hizo más inferiores. De ahí a Atlético Nueve de Julio. Jugaba de diez, el de antes. Pero en el debut lo pusieron de nueve: “Debuté con tanta mala suerte que metí cuatro goles”. ¿Contra quién, Oscar? Sí, contra Agustín Álvarez. Porque quizá la ley del ex no tiene fecha de nacimiento. O, tal vez, fue un mensaje de un futuro formador para los antiguos formadores. Un presagio, una lección. De todas maneras, luego de hacer el servicio militar, volvió al rojo, jugó y consiguió un campeonato. En 1958, por lo expuesto, dejaba la actividad.

Sin embargo, siempre tuvo la tiza y el guardapolvo. En el básquet, de chico, lo mandaban a ayudar con las categorías menores. Mientras jugaba al fútbol, dirigía campeonatos de baby. Luego comenzó con las divisiones inferiores de Atlético. Todo bajo la misma didáctica: “A los jugadores tenés que convencerlos vos. Si los agarrás de chicos, es fácil convencerlos. Sabés las condiciones que tiene. Lo mejor de un técnico de primera es que ande con las divisiones inferiores.”

 Pero no sólo de táctica vive el entrenador. A veces debe guardar la tiza en el bolsillo: “Yo siempre atendí bien a los jugadores. A los pibes, después de los partidos de los sábados, les hacía un chocolate. A algunos les enseñaba a bañarse. Parece mentira que te diga eso pero era así.” Ahora la clase se vuelve de Historia: “En aquel entonces vos ibas a fichar a un pibe y el padre le decía ¿Te vas a romper las patas por esto? Y ahora si vos vas a ficharlo, el padre agradecido porque lo sacás de la calle. Las épocas han cambiado.”

¿Y el fútbol cambió, Carranza? “Yo no entiendo el fútbol de ahora. No entiendo por qué juegan tan mal, por qué no lo ordenan.” Y agrega: “Uno tiene que ver todos los detalles”. Como él, como en su época, cuando el ojo clínico lo tenía el entrenador y no la cámara o el video: “La cancha de French, de arco a arco, no llegaba a la otra (la de Atético, su equipo). Una noche estábamos comiendo un asado después del entrenamiento y le dije a uno o dos, ¿vamos a medir la cancha? Fuimos a la noche, saltamos el alambre y conté los pasos. Vine y lo marqué en Atlético. Entonces, en el entrenamiento, hacíamos su cancha adentro de la nuestra porque sino los pelotazos me los tiraban afuera..”

Paradójicamente, el trabajo del entrenador incluye pero supera a la cancha y sus dimensiones. Un técnico es integral, con muchos atributos. Un buen equipo de fútbol, también. En el que seguro hay un diez, Don Oscar: “No, qué diez. Diez no hay”. Se ofusca. Levanta la voz, indignado: “No puede jugar un tipo parado de diez porque es buen jugador. ¡No!”, sentencia y tira otra pared. Ahora con el hockey: “Esas pibas que juegan con el palo, ¿no viste cómo corren? Paaah. El jugador de fútbol tiene que ser igual”.

Entonces repasa su equipo más preciado: la selección de Nueve de Julio. Aquella que dirigiera en la década del setenta: “Ahí me conoció la gente. Como la campaña fue buena te conocen. Se armó una selección de novela. El equipo yo lo tenía en la cabeza pero tenía que buscar los jugadores para cada función. Por ejemplo: el delantero era Bolita Acuña. Se paraba a la izquierda de Rivas. Yo les daba la función que tenían cuando defendíamos. Pero al otro delantero primero no lo conseguía. Tal es así que tuve que traer a uno regular porque sabía que me cumplía. Otro no, se queda allá adelante, parado. Además tenés que tener algunos viejos. Siempre. Y después la audacia de los pibes”. Primer atributo: seleccionar.

“Nadie se quedaba parado en el área. Quintana era el único que no bajaba. Pasa que cada vez que la agarraba desnivelaba como loco. Lo tenía que respetar”. Segundo atributo: el respeto.

Alguna vez recibió una invitación para jugar con su selección en El Monumental. Un partido preliminar a River – Unión: “Estaba toda la hinchada de River. Íbamos perdiendo dos a cero pero me di cuenta que eran muy lentos los defensores. Cuando nosotros nos retrasábamos, si tirabas el pelotazo, les ganabas. Entonces lo pongo al Gringo Perotti. Tenía una velocidad bárbara. Empezamos a meter pelotazos y le ganamos cuatro a dos. La hinchada le gritaba Pinino a Perotti. Porque en ese tiempo jugaba Pinino Más y tenía mucha velocidad.” Tercer atributo: flexibilidad estratégica. 

¿Y tenías buena defensa? ¿Alguien con carácter, Oscar? “Faah, el Loco Santorelli. A ése yo lo domé. Me jugué a que se fuera o no viniera más. Resulta que jugamos un amistoso, y lo hicimos bien. Entonces a la noche va a la confitería, se toma y baila arriba de las mesas. Enseguida venían los alcahuetes a contarme. Pero yo necesitaba que se portaran bien. Peleé a muerte con la liga para que me dieran el ochenta por ciento de la recaudación; había que mostrar una buena imagen. Entonces lo agarré en un entrenamiento y me la jugué. Porque se componía o se iba. Por eso cada vez que me ve, me dice: viejo lobo, ni mi viejo me ha cagado tanto a pedos como vos”. Carranza enuncia la última frase gritando. Levanta la mano y lo imita. Cuarto atributo: convencer.

En una anécdota y en una reflexión, la quinta virtud: “Al Patón (ya en Atlético) lo saco. Pero yo te digo por qué. El tipo se quedaba parado toda la tarde. Entonces yo lo enchufaba en contra de mí. Lo sacaba y después lo ponía al otro partido. Pero no de entrada, al banco. Cuando yo lo sacaba, al partido siguiente, corría una barbaridad y me gritaba los goles. Yo contento, me cagaba de risa.” Carranza larga una carcajada. Y concluye: “Qué cosa, tenés que buscarle la vuelta a todo, che”. Como con los árbitros, quienes – para él – son meros actores de reparto: “Yo le digo a los jugadores que el árbitro cobra, así que otra cosa no le pidas. Una te va a cobrar a favor y la otra en contra. El referí es como el policía: si vos te hacés odiar, te meten preso. Así que mejor hacete querer”. Quinto atributo: la tranquilidad.

La voz de Carranza suena serena, apacible. Paciente. Como lo era su esposa: “Al fútbol le dedicaba mediodía.” Oscar toma un papel que hay arriba de la mesa. Lo dobla una y otra vez. Juega con él mientras habla: “El sábado a la mañana trabajaba en la sodería. A veces comía, a veces no. Desaparecía hasta las diez de la noche. Me iba con los pibes y después me quedaba preparando todo para el otro día. Así que yo venía tarde. Mi mujer no me decía nada. La dejé sola prácticamente. Me di cuenta cuando se me muere. Ahí me doy cuenta. Tengo esa parte de culpa que no sana.”

Años antes, también había priorizado su pasión por el fútbol. Desde 1951 trabajaba con la soda pero todo tiene un límite: “Mi padre se hizo sodero porque vio que el asunto no estaba en la policía sino en vender soda. Cuando él deja, me dice: qué vas a hacer con el reparto mío. No, vendelo porque a mí me gusta andar con el fútbol, le digo. No quise agarrar el reparto de él para no dejar el fútbol”.

Pero Carranza sabe que el recuerdo no debe ser un grito que atormente. Entiende, por ejemplo,  que los clubes se forman por el trabajo colectivo y de mucha gente, aunque éstos se pierdan en un anonimato injusto. Como es el caso del doctor Báncora “que está entre los próceres de Atlético, aunque no fuera de la comisión”. O el caso de Beto Galvani: “Se lo recuerda poco. Fue el alma de Agustín Álvarez. Yo veo que los hinchas se han olvidado totalmente de él. En los clubes tenés que vivir del recuerdo. Se creen que el club es el momento en el que vivís hoy y no es así. El club es el recuerdo de años. Es la historia”. Otra lección.

Oscar Carranza, hoy, ocho de marzo de 2019, cumple ochenta y cinco años. Saca la tiza de su bolsillo y escribe en el pizarrón. Su paso es lento y su voz es tenue. Pero repasa y escribe su historia. Y en ella, la del fútbol nuevejuliense.