Entre San Valentín y Einstein

14938209_597555063780765_2783307720056210546_n(Por: Patricia Gorza)

El día de San Valentín es una de las tantas  tradiciones que importamos de otros países en pos de fortalecer el consumo, sobre todo en un mes como febrero cuando la actividad comercial está en penosa espera de un Marzo que promete traer la normalidad y la esperanza de acomodar el déficit del verano. Así San Valentín se convirtió en el espadachín para lograr que en febrero los comercios logren un poco de actividad. Una buena excusa ya sea para vender o para agasajar a la persona amada.

 

No es que esté en contra de festejar el amor ni mucho menos, pero en mi opinión algo tan profundo y sublime como el amor, en todas sus manifestaciones, deberían verse ajeno a este y cualquier otro intento de manipulación comercial y/o social. Muros y muros de redes sociales de personas subiendo sus enamoradas fotos a modo de cumplir con la consigna mientras detrás se ocultan realidades tan disimiles que hasta resulta absurdo, mas cuando vivimos en lugares chicos como este y más o menos nos conocemos todos. Resulta absurdo y hasta doloroso ver fotos de parejas supuestamente enamoradas donde se ejerce violencia de género. Supuestamente enamorados que se soportan en silencio, en el mejor de los casos, en el afán de sostener los mandatos. Supuestamente enamorados que festejan doble. El amor no tiene la necesidad de mostrarse, ni de ser público, ni de tener precio, son las personas que en el nombre del amor necesitan sentir seguridad a través de una cantidad de actos marketineros, que tienen más que ver con el afuera que con el sentir.

Hipocresía, esa palabra que tanto uso cuando hablo de cuestiones políticas o comportamientos ciudadanos  se traslada lamentablemente al ámbito de las relaciones personales, o tal vez es al revés, si esto nos pasa como conjunto de la sociedad en el ámbito privado, como esperar que de ahí para arriba, como en un perfecto sistema piramidal, sean otros los valores con los cuales nos manejamos.

En una de las tantas cosas que vi publicadas estos días apareció esta carta de Albert Einstein a su hija y después de leerla todo lo demás que pensaba escribir me pareció un compendio de estupideces, por eso la comparto con ustedes:

 “Cuando propuse la teoría de la relatividad, muy pocos me entendieron, y lo que te revelaré ahora para que lo transmitas a la humanidad también chocará con la incomprensión y los perjuicios del mundo.

Te pido aun así, que la custodies todo el tiempo que sea necesario, años, décadas, hasta que la sociedad haya avanzado lo suficiente para acoger lo que te explico a continuación.

Hay una fuerza extremadamente poderosa para la que hasta ahora la ciencia no ha encontrado una explicación formal. Es una fuerza que incluye y gobierna a todas las otras, y que incluso está detrás de cualquier fenómeno que opera en el universo y aún no haya sido identificado por nosotros. Esta fuerza universal es el AMOR.

Cuando los científicos buscaban una teoría unificada del universo olvidaron la más invisible y poderosa de las fuerzas.

El Amor es Luz, dado que ilumina a quien lo da y lo recibe. El Amor es gravedad, porque hace que unas personas se sientan atraídas por otras. El Amor es potencia, porque multiplica lo mejor que tenemos, y permite que la humanidad no se extinga en su ciego egoísmo. El amor revela y desvela. Por amor se vive y se muere. El Amor es Dios, y Dios es Amor.

Esta fuerza lo explica todo y da sentido en mayúsculas a la vida. Ésta es la variable que hemos obviado durante demasiado tiempo, tal vez porque el amor nos da miedo, ya que es la única energía del universo que el ser humano no ha aprendido a manejar a su antojo.

Para dar visibilidad al amor, he hecho una simple sustitución en mi ecuación más célebre. Si en lugar de E= mc2 aceptamos que la energía para sanar el mundo puede obtenerse a través del amor multiplicado por la velocidad de la luz al cuadrado, llegaremos a la conclusión de que el amor es la fuerza más poderosa que existe, porque no tiene límites.

Tras el fracaso de la humanidad en el uso y control de las otras fuerzas del universo, que se han vuelto contra nosotros, es urgente que nos alimentemos de otra clase de energía. Si queremos que nuestra especie sobreviva, si nos proponemos encontrar un sentido a la vida, si queremos salvar el mundo y cada ser sintiente que en él habita, el amor es la única y la última respuesta.

Quizás aún no estemos preparados para fabricar una bomba de amor, un artefacto lo bastante potente para destruir todo el odio, el egoísmo y la avaricia que asolan el planeta. Sin embargo, cada individuo lleva en su interior un pequeño pero poderoso generador de amor cuya energía espera ser liberada.

Cuando aprendamos a dar y recibir esta energía universal, querida Lieserl, comprobaremos que el amor todo lo vence, todo lo trasciende y todo lo puede, porque el amor es la quinta esencia de la vida.

Lamento profundamente no haberte sabido expresar lo que alberga mi corazón, que ha latido silenciosamente por ti toda mi vida. Tal vez sea demasiado tarde para pedir perdón, pero como el tiempo es relativo, necesito decirte que te quiero y que gracias a ti he llegado a la última respuesta”.

Tu padre: Albert Einstein