El “Rock Star” de la agronomía

Su nombre basta para convocar a un auditorio. Apasionado por el campo como muchos, didáctico como pocos, Luis Ventimiglia recorre kilómetros llevando su conocimiento en giras dentro y fuera del Partido de 9 de Julio. Bienvenidos a este Meet & Greet con el Jefe del INTA Local.  

(Por  Juan Manuel Jara)

 

 

Un distinto. Un privilegiado. Eso es Luis Ventimiglia, porque siempre supo lo que quería. Diariamente sigue caminando desde su casa hasta su otra casa, la sede local de INTA. “Mi caso es atípico”, cuenta, “yo estudié agronomía para trabajar en el INTA”. Y lo logró. Referente indiscutido, profesional respetado, sus consejos y charlas con cartelito de “No hay mas localidades”, son seguidas por un auditorio siempre concurrido, a tope de productores, estudiantes y algún que otro curioso que termina interesado en lo que este ingeniero agrónomo explica y cuenta. Porque si algo destaca a Ventimiglia es esa capacidad  para explicar los temas técnicos del campo de una manera fácil, entendible y atractiva, incluso para aquellos que  no son “del palo”.

                Ingreso al INTA en 1980, en la época en que se entraba por concurso. Si lo ganaba, se entraba como becario. Y así estuvo durante cinco años, pero legalmente no estaba en el INTA. Eso ocurrió recién en 1985. El cómo llegó al lugar que tanto deseaba es una historia que debe contar completa, como se lo hace saber alguien que fue parte importante: “Me recibo y vengo a 9 de Julio. Me vienen a consultar si quiero trabajar en una empresa, Forrajeras Americanas, de “Piqui” Muratore. Dije que sí, era una oportunidad.  Al otro día hable con Piqui, querían armar un semillero de trigo, y yo acepté pero con una condición: que si se abrían los concursos en el INTA yo me iba a presentar. Era algo raro en ese entonces porque estaba todo cerrado. Y que si eso salía, dejaba todo tal como estaba. Muratore lo aceptó y empecé. A los cuatro meses se abren los concursos en el INTA. Había destinos para experimentales y uno de ellos era Pergamino que por entonces era lo más como experimental. Dí un examen en la Universidad de Rosario y los que lo pasaban iban a una entrevista. Superé ambas instancias y entramos dos personas para extensión. Así que desde el 80 al 82 viví en Pergamino donde tuve una capacitación excelente en distintos departamentos técnicos. Pasé por agronomía, suelo, clima, ganadería, entomología, economía”.

                De esa época, el nombre de Jorge Josifovich fue muy importante para Ventimiglia. “El primer trabajo que yo hago de fertilización al voleo en cultivos, lo hago en 9 de julio en el campo San Juan, sobre una pastura de festuca. Lo hago con él”, recuerda Luis.

                El 82 fue año de decisiones importantes que marcarían el camino. “Ese año, a mí y a mi compañero Andrés Adelfa, nos llegó el tiempo del destete”, cuenta. Y los destinos eran Pergamino o 9 de Julio. El era casado, porteño, con un bebé y su esposa se estaba arraigando en Pergamino, así que le propuse que se quedase y yo me venía para 9 de Julio. Lo presentamos y lo aprobaron”. Y desde entonces, Ventimiglia solo dejó la estación de 9 de Julio entre 1994 y 1996 para hacer un posgrado en Brasil.

                Y así como en cada ensayo se planta un testigo, Luis dejo el suyo clavado desde el comienzo y aun hoy está firme: “Yo llegué al máximo en cuanto a un puesto técnico dentro del INTA, que es la Jefatura de Agencia. Si yo quisiera mejorar debería dejar el trabajo técnico y pasar a trabajos más, digamos, administrativos o dirigenciales y no me siento cómodo”.

                Felicidad, otro testigo: “soy felíz porque hago lo que me gusta. Siempre sostuve que a mí la parte económica me interesaba para vivir, digamos, dignamente. No pretendía otra cosa. Yo tuve mil oportunidades de irme de INTA, inclusive en momentos en los que llegaba arañando a fin de mes, y propuestas para estar ganando mucho más”.

                SEMANARIO EXTRA: Además de tranquilidad económica sobretodo.

                LUIS VENTIMIGLIA: Olvidate, claro que sí. Pero dejaría de lado mis convicciones y eso no lo haría. Tuve la posibilidad de hablar con muchos padres que sus hijos se iban a estudiar y que a lo mejor empezaban y dejaban una carrera. Y eso no es problema. Hay muchos casos de chicos que terminaron una carrera por no contradecir a sus padres o por mandato familiar y después tienen que vivir con algo que no los hace feliz. El tema es hacer algo que a uno le guste. A mí me gustaba dar exámenes en la facultad. Para mi ir a dar un examen era un placer. Yo me preparaba, estudiaba todo. La docencia siempre me encantó. Durante tres años estuve en la UTN (Universidad Tecnológica Nacional) pero para hacerlo hay que hacerlo bien, a medias no. Y lo hacía para devolver algo de lo que me dieron a mí, porque yo estudié la carrera en la universidad pública, no puse un peso. Iba  a dar clases, con el sueldo de docente que eran dos pesos, incluso muchas veces ponía plata de mi bolsillo para hacerlo.

                Lo buscan para que dé charlas, no solo acá donde sí es profeta en su tierra, sino en varios lados. Y él va. Sale de gira. Enfrenta los auditorios. Y los encanta, porque le encanta.

                “Me dicen porque no doy menos charlas, pero a mí me gusta ver el auditorio, manejar la charla, ver cómo responde la gente y lo importante de las charlas es tratar que el mensaje quede claro. Para mí, una charla es tratar de hablar para aquellas personas que tengan el nivel más bajo. Algunos hablan con un lenguaje muy técnico que la gente se aburre. Eso no hace que se considere al disertante más o menos capacitado. Siempre vas a tener la oportunidad de ir más profundo, porque surgen las preguntas y la posibilidad de contestar al nivel del que te preguntó. Hay lugares en los que vos podes hablar de otra manera. Tenes charlas con colegas, con otros profesionales, asesores, chicos de escuelas, hay de todo. El tema es como vos das el mensaje y no con que. Si lo preparás de una manera simple, lo que utilicés para apoyarte, eso tiene arreglo. El cómo, no”, explica Ventimiglia.

                Años atrás en las presentaciones usaban un retroproyector con filminas. Y en épocas de súper malaria, con insumos escasos, el ingenio hizo que consiguieran radiografías viejas del Sanatorio 9 de Julio que estaba enfrente de la sede del INTA y con lavandina les sacaban el color y sobre esas escribían y las usaban con el retroproyector. Aun recuerda una charla que dió en 25 de Mayo en un taller entre motores desarmados, con un cordero cocinándose en las brasas. Y al otro día, dió esa misma charla en el Hotel Sheraton de Buenos Aires. El contenido fue el mismo, la forma de transmitirlo fue distinta. “Si vos no podés llegar a la audiencia es como si no la hubieras hecho. Hay que entender que una charla técnica es un elemento motivador. Yo me voy feliz cuando la gente entiende los conceptos. Que vos le generes un ruido en la cabeza. Eso es lo importante. Que vaya a ver a quien sea y pruebe lo que decimos. Que pruebe. Yo no miento, ni vendo ni compro nada. Probá, experimentá en un pedacito, no vas a perder nada y medilo bien. Eso es fundamental”, aconseja Luis desde su oficina con vista a la avenida Mitre en la planta baja del INTA local.

                SE: Fuera del INTA ¿qué te gusta?

                LV: Todo. Ese es el problema. Me gusta todo, quiero hacer todo y no puedo. El fútbol me gustaba hasta que me desilusioné y no fuí más. Eso que un jugador hoy besa la camiseta de un club y mañana besa otra, a mi no me va. Ahora los mueve la plata y, repito, la plata no es mi objetivo. Sería un muy mal comerciante, pésimo, un desastre. El deporte de motores es la pasión más grande. Desde un autito de Scalectric hasta lo que se te ocurra, una máquina, me cautiva. Veo automovilismo, muchísimo. Durante un tiempo hicimos un programa de automovilismo acá en radio 9 de Julio. Lo hice hasta que mi hijo empezó a correr en karting, hace casi 20 años, y ahí dije “basta, hasta acá llegué” porque no se puede estar en la misa y en la procesión. Me gusta opinar y discutir, en el buen sentido, y no se puede. Y a partir de ahí te diría que estuve acompañando a mi hijo, corriendo, si bien no desde arriba, de abajo muchas veces se corre más y también se sufre más.

                SE: ¿Y después del INTA qué?

                LV: Después del INTA no se. Yo vivo cada día a full. Me dicen que tengo que parar con los problemas de salud que tuve y yo no puedo, si no hago nada me muero. Hago lo que me gusta, y sé que a veces uno se excede. Y después del INTA, la verdad que no se. Hoy vivo cada día feliz, contento, con problemas como cualquiera. Me queda un año y algo para estar en condiciones de jubilarme. Habrá que ver como esté de salud. Habrá que ver cómo será la actualidad del INTA, porque hoy con las políticas de reducción de personal te invitan a jubilarte. Puede ser también que el INTA haya cambiado y pase a ser algo que ya no es de mi interés. Que se yo, por ahí es todo al revés y me permiten quedarme, pero para quedarme tengo que estar en condiciones de trabajar,  si no, no me quedo. A calentar una silla, no. Si dejo el INTA y estoy físicamente bien, haremos algo, no sé, algo para hacer siempre hay, quizás más “tranqui”. Creo que es incierto, que hay muchas variables, que hoy no puedo decidir. Lo que si sé es que si estoy bien voy a seguir haciendo algo.

                Juega e investiga en los ensayos. Tiene temas varios en su playlist. En su agenda están las fechas de las giras. Auditorios y seguidores lo esperan para escucharlo atentamente. Luis Ventimiglia, un rock star de la agronomía que aun sigue girando.