“El ferrocarril es la madre de los pueblos”

Sanguíneo, ordenado y sincero: así es Raúl Perrotta. Y así es su voz, a través de la cual conocemos la historia de Dennehy. El pueblo, el ferrocarril y el fútbol son los tres componentes de un estilo de vida desaparecido.

 

Lo bueno tarda en llegar, dice un amable refrán. Y aunque no siempre resulte veraz, en este caso lo es. La primera vez que intentamos contactar a Raúl fue en febrero de este año pero estaba ocupado. Es que el 28 de ese mes fue echado del ferrocarril, después de cuarenta y ocho años de servicio, y luego de que se cerraran varias estaciones del Sarmiento.

 Un sábado gris de agosto, y a la espera de la jubilación, Raúl baja de la estación (donde todavía vive) con un par de zapatos negros en su mano derecha. “Como dijiste que querías recorrer la cancha”, tira. No es que use galera y bastón para jugar, sino que los zapatos también podrían contar sus historias.

Iniciamos el viaje y no hace falta preguntarle. Él comienza solo: “Te vas a encontrar con un Dennehy (respira y hace una pausa) que está lleno de yuyos y plantas. No es el que yo nací y viví”. Pero aunque ya no lo sea lo revive con exactitud. Con sesenta y cinco años, su memoria está intacta.

Ya en la ruta nos cuenta que nació en Bragado pero que a los cuatro o cinco días recaló en el pueblo. Con padre ferroviario y abuelos italianos, Raúl ya deja deslizar la justificación de dos facetas suyas. Es ordenado, como lo fue el ferrocarril, y sanguíneo, como todo tano. Agrega que nació el treinta de agosto de 1952 y que hizo tres años de escuela secundaria en 9 de Julio: “Veníamos con otro chico más, el hijo del peluquero y jefe del correo. Nos tomábamos el tren y nos volvíamos a la noche en colectivo. Un Chevallier que pasaba ocho menos veinte. Nos dejaba en la ruta y nos íbamos caminando.”

Llegando a Dennehy, Raúl saca las manos de los bolsillos y señala con el dedo índice. Busca referencias en los árboles, en el alambre caído o en las curvas pero, sobre todo, en su memoria. “Hoy venir a Dennehy da mucha pena”, afirma. Y seguidamente, como en una buena obra de teatro, saca a sus espectadores del sufrimiento y les estampa una sonrisa: “Acá había una casa muy grande de Cecilio Acosta. Vivía ahí, donde están las plantitas de ligustrina. Entonces, Don Cecilio era dueño de esta planta de cocos. Ésta que está ahí. ¿La ves? Todavía está, desde los años cincuenta. Yo daba la vuelta, golpeaba las manos (aplaude) y le decía: `Don Cecilio, ¿me deja comer coco?. Sí, querido. Entrá´”. Me toca el hombro y agrega alargando las palabras: “No sabés qué ricos eran esos coooocos”.

La primera parada del viaje es en el Club Centro Recreativo 25 de Mayo. En la puerta un hombre habla por celular. Raúl espera que termine, nos lo presenta y pasamos. Alfredo Poveda, cantinero actual, quien con amabilidad acepta nuestro pedido de recorrer el lugar: “Bueno, pasen, pasen. Ustedes manéjense”. Allí Raúl nos cuenta que su tío fue cantinero, que el club fue fundado en 1920 y que convivía sin problemas con Dennehy Football Club, o que en su época para entrar al baile tenías que ir de saco y corbata. Además, agrega que Dennehy estuvo más de veinte años sin participar en la Liga Nuevejuliense de fútbol (1947-1968)  y que sólo en 1981 lo hizo bajo el nombre de Marcelino Ugarte. Cuenta que participó por última vez en 1991, año en el que cerraron la estación de tren.

La locomotora sigue y recorremos el pueblo en busca de otra parada. Mientras lo hacemos, Raúl muestra su pertenencia a pesar de los 27 años que lo separan del último día que durmió allí. “Ésta es la escuela. Ésta es mi escuela. La escuela número 10, almirante Guillermo Brown”. Aprovecha, además, para mostrar visceralmente su postura y forma de ver el mundo: “Nosotros nunca comimos en la escuela. No existía eso”. Hombre ferroviario, de acción, vuelve a posicionarse: “No hablemos con los politólogos de política porque no nos vamos a entender”, responde ante algún intento de desacomodarlo. Luego, instantáneamente, sigue buscando referencias con sus manos.

Pero la parada fundamental, y en la que su voz toma otros matices, es la tercera: “Ésta es la cancha de fútbol. Mirá lo que queda. Ésta es la cancha de fútbol”, repite. Nos llamamos silencio. Se abren las puertas y bajamos. Caminamos y se aspira un aire nostálgico. Se escuchan los pájaros. Un arco ya no tiene parantes. Al otro le queda uno solo. De fondo la postal se cierra con los galpones de la estación. Los pasos se vuelven pesados, se hunden en el barro tan rápido como puede hundirse la historia. La tierra está arada. Pero Raúl sigue en zapatillas y se olvida de los zapatos: “Acá pasé mi infancia (pausa mientras busca un matiz no tan apagado), mi adolescencia y mi juventud. Cuando yo era chico, de lunes a sábados, no menos de treinta personas pasaban las tardes jugando al fútbol. Salíamos de la escuela cuatro y media de la tarde. Yo, como otros, pasaba por mi casa, tomaba algo a las apuradas y salía disparado. El fútbol era la reunión”, sentencia.

Los recuerdos siguen y cuenta anécdotas disparatadas o graciosas. Pero nostálgico y sentimental, deja fluir otras: “Oscar, el Flaco Castro, nunca jugó con la camiseta de Dennehy”, comienza y baja la voz. Sesea, mira el horizonte, señala partes de la cancha. “En realidad jugó oficialmente en San Martín pero también jugó toda la vida acá. Hace doce o quince años atrás falleció. Antes de hacerlo pidió que sus cenizas fueran esparcidas acá (pausa: enmudece su garganta) porque había sido el lugar donde había sido más feliz en su vida. Vino la familia de Buenos Aires con la señora y las hijas. Vinimos un montón de chicos de Dennehy de aquella época. La última parte de las cenizas de Oscarcito fueron puestas en el mástil aunque nunca jugó en esta cancha para Dennehy.”

Como en un guión de cine, una voz de fondo permite gambetear el recuerdo “¡No  le creas, no le creas!”. Un hombre de azul camina por la calle y grita. Lleva una bolsa de tela vacía. “Vení, vení”, contesta Raúl. “¿Van a armar la cancha de fútbol?”, pregunta – quizás – con algo de ilusión. “Vamos a jugar”. Señalo a Raúl e interrumpo: “¿era bueno o no?”. “Y…más o menos. No como Riquelme, pero ahí”. “¿Todo tranquilo, Miguelo?”, responde Raúl. “Sí, todo tranquilo”. Miguelo levanta la mano y sigue. Raúl vuelve a cambiar el foco: “Si yo cierro los ojos veo dos filas de gente para ver un partido de fútbol”. Su relato va y viene, como la gambeta de un wing, entre risas y melancolía.

La última parada es en la estación. Allí la verborragia y la nostalgia florecen más que nunca. Mira las ventanas y no puede contenerse: “Donde está esa ventana mi papá murió a los 52 años. Siendo jefe, le agarró un cáncer de pulmón y se murió. Ahí lo velamos. No hubo menos de 800 o 1000 personas. En ese momento me cambió la vida porque yo era un nene que no me había preocupado por nada y ahí tuve que preocuparme por muchas cosas.”

  De todos modos, vuelve a los rieles principales. Entonces continúa: “El 23 de noviembre de 1883 se funda la estación. En esas épocas el jefe era una personalidad, tenía una importancia tremenda. Pero lo que trabajábamos hacíamos de todo. Yo entré a trabajar el 2 de febrero de 1970. Éramos auxiliares, jefes, campistas. Cargábamos doce mil toneladas de cereal”, grita mientras recuerda épocas doradas. “Es imposible imaginar cómo funcionaba el ferrocarril. Pasaban 20 trenes por día. Tenía una organización bárbara que, después, en la época de los 90 lo liquidaron todo. Acá sacamos el primer premio como la mejor estación del Sarmiento”

Cuando tiene que analizar la caída, lo hace rugiendo aunque aclare: “Ésa es mi idea, mi visión”. Pero antes bufa: “El pueblo en sí murió en 1991 pero venía de antes. La debacle del ferrocarril arranca con Frondizi que hace pedazos a los ramales de trocha angosta. En el año 70 vino una ley, la ley de Onganía, que empezó a sacar gente que tenía campos alquilados. Los verdaderos dueños no era gente que viviera en los campos. Entonces empezó la emigración. De 1500 habitantes, en poquito tiempo, quedaron 300”. Camina en el andén, debajo de la galería inglesa y recurre a la poesía: “El ferrocarril es la madre de los pueblos. Abandonarlo es como cuando vos abandonás a tu viejo y lo llevás a un asilo”.

Abandono. Ésa es la palabra que elige Raúl quien, aunque crea en la fuerza colectiva, no duda en criticar: “El ferrocarril ha tenido una gran falencia desde los gremios. A nosotros nos trajeron desesperanza, nos entregaron. Éramos un ente con cien mil empleados. Fortísimo. Con Fraternidad, con Unión Ferroviaria. Pero lo fueron desmantelando de a poquito. Fue una entrega de patrimonio total. No sólo cerraste: mataste al pueblo”.

Y entre análisis político que surge de sus vivencias, Raúl incorpora una imagen latente: “El 1º de noviembre de 1991, a las dos de la tarde yo subí a aquel paso a nivel. Había un montón de gente acá. Me venía acercando y vi que empezaban a sacar muebles. Cuando llegué se habían llevado todo: muebles, libros contables, todo. Dijeron que la estación estaba cerrada y que se hacía cargo Expreso Pampeano. Ahí las estaciones chicas desaparecieron.” Carraspea y calla. Por dentro, sabe que ha dicho todo.

Sin embargo, le queda algo más. La sinceridad es lo suyo. Es el subproducto de la verborragia, entonces concluye: “En aquella época se vivía precariamente. Se vivía como se podía. Hoy la gente está muy acostumbrada a vivir bien y bienvenido sea. Pero pienso que no se sabe valorar.”

Organización y orden quedaron marcadas en su piel porque fueron vías que recorría diariamente. Entretanto, se hace lugar para frenar, mirar a los costados y soltar los vagones de la memoria y de los fantasmas. Los pastos altos, el camino embarrado y los vestigios de un pueblo. De los pueblos. De los pueblos de otra Argentina.