El caballo del diablo

Don Juan solía aparecer para la época de la yerra.

Nunca se supo bien de dónde venía, ni cómo había aparecido. Pero para esa época, “clavado” que venía. Se presentaba de improvisto. Según dicen la primera vez apareció así y la cosa continuaba tal cual año a año.

Por aquel entonces la ruta 65 no exista; al campo se llegaba por la servidumbre de paso que daban unos parientes, entrando por el lado de Dudignac.

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Marcada estirpe de paisano conocedor de las tareas rurales, nadie tampoco supo, cómo podía ser “tan amargo” para las mismas. A gatas mantenía el fuego dónde se calentaban las marcas, pero pedir que arrimara brazas a la parrilla donde los huevos de los terneros esperaban por ser asados, era de gusto. Seguro que los quemaba. Por eso, lo único que se le podía pedir era que arrimara leña, porque que pasara las marcas, si así lo hacía, seguro que se quemaba.

– Buen día Don Humberto – se presentó aquella temporada como de costumbre.

– Buen día Don Juan, siempre puntual, como anda Ud.

– Ya lo ve, medio bichoco pero firme cómo todos los años – comentó Don Juan desmontando penosamente de su caballo.

La pinta de criollo, no había nada ni nadie que se la opacara. Botas a la rodilla como “de patroncito”, faja, culero, rastra, verijero y daga cruzada a la espalda, todo de oro y plata. Camisa blanca, pañuelo colorado con un sujeta también de plata, grandote de tamaño e iniciales. Chambergo negro y sesioso de palabras.

– Cómo a andado este año? – preguntó Don Humberto.

– Y… bien, salvo un problemita con unos caballos, bien.

– Ta, bue. Ya nos irá contando esta noche en la cena si usted quiere.

– Cómo no.

– Los muchachos andan por el fondo, terminando de juntar la hacienda – agregó Don Humberto – han venido los del 9 y los de Dudignac para darnos una mano. Falta encerrar un lote.

Si bien no era para nada ducho en las labores rurales, cosa que no combinaba con su porte criollo, era famoso por muy buen “bolaceador”. Todas las noches durante los días que permanecía en el campo, durante la cena contaba miles de historias, y macanas consideradas por él, historia vivida.

– Hola Don Juan – grito el más joven de los peones apenas lo vio cuando se acercaba a desensillar. – Miren muchachos ya llegó Don Juan.

– Don Juan, cómo anda – fue un saludo al unísono del resto de la peonada, que ya disponían también a desensillar sus montados.

 

La cena había sido como de costumbre abundante de guiso y de charlas, como de costumbre también se esperaba la sobremesa para que Don Juan hiciera uso de la palabra la cual no largaba si Don Humberto, ya bastante entrada la noche, no se lo pedía.

– Bueno, y… Don Juan, qué novedades nos trae ¿ – rompió el hielo el encargado del campo a la vez que le daba unos chupones “al chupe y pase”, que nunca venía bien luego de una abundante cena.

– Miro Don Humberto, lo primero que quiero contarles es que ahora trabajo de rentas. Me llegó la papelería y todos los meses cobraré un sueldo en el banco, asigùn me dijo un escribiente del pueblo.

– Mire usted qué bien. O sea que se ha jubilao ¿ – preguntó Don Humberto.

– Si Ud. lo dice, así hay de ser. No sé bien como es ese nuevo trabajo, lo que sí se, es que es livianito. Sólo hay que ir con la papeleta una vez al mes al banco – contestó.

Una vuelta de sonrisas suspendidas dio la vuelta a la ronda sin que brotara ni un murmullo.

– Pero… dígame cómo es eso de que anduvo con problemas con unos caballos que dijo cuando llegó – volvió a interrogar nuevamente Don Humberto.

– Y, sí. Fue hace cosa de seis meses. No es que tuve problema con unos caballos, si no con uno.

Recién había entregado uno caballos de cabestro que me habían encargado que hiciera, cuando me dí cuenta que me había alcanzado la noche y, si bien en el puesto me convidaron a quedarme, no acepté porque quería llegar al rancho lo antes posible ya que la chanchita overa primeriza había quedado a punto de parir y si bien la había arrimado pastos y una chapa, no estaba tranquilo. Así que entregué los animales y salí de apuro.

Habría andado galopando más o menos como tres horas, cuando de pronto sentí en mi nuca una especie de aliento caliente, a la vez que escuchaba el tropel como de un caballo que me perseguía.

Le metí lonja y nada. Cada vez más caliente el aliento, pero ni por joda miraba par atrás.

Ya tenía a la vista la entrada de eucaliptos de las casas cuando junté juerzas no se de dónde y me dí vuelta. Y, saben qué, un flete renegrido me seguía como queriendo pasar por arriba. De su boca salía fuego y los cascos cuando golpeaban en la tierra, levantaban también fuego.

– Era el caballo del diablo – gritó uno de los muchachos.

– Pues sí, seguro. Pa`colmo cerquita de allí, en la lomada, que más bien es un médano, dicen que están enterrados unos melicos que murieron de cólera en un fortín que había por allá.

Los tractoristas, de los turnos de noche, esquivan la loma, la que no ha sido arada nunca.