Como el ave Fénix

DSC08048CRONICA DE UN RE – NACER

A un mes del derrumbe de su hogar la familia cuenta qué sucedió y como empieza de nuevo

Las fuertes tormentas atemorizan. Y no hay nada más seguro, cuando ese mecanismo que se llama miedo se enciende en señal de alarma, que resguardarnos en nuestro hogar. Pero si en ese lugar tiemblan sus cimientos, la sensación de desamparo es inconmensurable.

 

María Ducca, de 23 años y Edgar de 48, lo saben bien. Hace un poco más de un mes, durante la anteúltima tormenta eléctrica fuerte que padeció la ciudad, se volaron los techos y se derrumbó la pared hacia adentro (con sus tres niños en el interior).

Hacía apenas unos días, desde el jueves 13 de febrero, que la familia González estaba disfrutando de su sueño: mudarse a la casa que había levantado con sus propias manos. Pero el destino, y los avatares de las inclemencias climáticas les jugaron una mala pasada.

El sábado 18 de enero Edgar tenía unas horas para terminar de membranar su techo. Demasiado poco tiempo, que debía administrar entre su actividad principal, en la empresa Mecano Ganadero, y cortar el pasto, actividad secundaria que realiza para lograr un ingreso extra. María lo acompañaba y asistía en la tarea mientras sus tres niños descansaban en el interior.

De pronto se levantó una fuerte tormenta y su esposa, tal vez por esa fuerza intuitiva de toda madre, decidió entrar y chequear como estaban sus hijos. Al mayor, de tres años lo había dejado escuchando música al lado del más pequeño, de apenas 10 días de vida, mientras que el del medio, de un añito, dormía en la habitación de sus padres. En ese mismo instante comenzó la confusión cuando, de golpe, y con una inusual potencia, el viento hizo que el techo se volara y una de las paredes de la vivienda se derrumbara hacia adentro.

En pocos segundos todo se transformó en caos. Y las sensaciones pasaron de ser de las soñadas, a las temidas por cualquier madre. “Ella sintió que perdíamos al más chiquito”, trata de explicar los sentimientos de su mujer, Edgar, en un fuerte intento de atenuar con las palabras lo que no se pudo hacer con los sentimientos. “Era el más vulnerable y al ver que se cayó arriba un paredón, pensamos que no lo íbamos a encontrar vivo”. Así se refería a su hijo más pequeño, Ángel, de apenas 10 días de vida que dormía en su “chango”.

Edgar entró después, en medio del desconcierto. “Entré entre el polvillo y los hierros retorcidos. Y pude ver a María corriendo a buscar al más chiquito y vi al más grande que estaba parado”, explicó así las imágenes que le quedaron en la retina tras el siniestro. “Fue en ese momento cuando veo que sacó a los dos nenes y yo le pregunté por Ángel. Ella empezó a gritar y a sacar los ladrillos huecos de arriba del chango. Lo sacó, pensando lo peor, y tratamos de hacerlo llorar para saber si está bien”.

En estado de shock, pero ilesa, la familia logró salir de la vivienda. (Al menos de lo que quedaba de ella).

No llovía todavía, pero el viento era cada vez más intenso.

El barrio estaba desierto: la mayoría de los vecinos se habían ido a los corsos de Patricios. “No sabíamos dónde irnarró Edgar-. Era todo viento y tierra y no se veía nada. Y más con el corte de cables porque nuestro techo cuando voló cortó todo”.

Entonces tomaron una de las únicas tres cosas que habían quedado intactas: una moto donde los cinco integrantes de la familia se subieron y acudieron a la casa de un compañero de trabajo que vivía en las proximidades.

Luego llegaron los Bomberos y la ambulancia. Y también sus familiares yvecinos. Y el jefe del hogar decidió volver a recuperar algunas cosas. “Todos los muebles habían quedado aplastados. Pudimos rescatar únicamente la heladera y el sommier…Perdimos todo”, recuerda con lágrimas en los ojos, María Ducca, de apenas 23 años.

“Ella (María) veía que se derrumbó todo y también la ilusión de que tengamos una casa propia -acotó Edgar -. Pero los nenes estaban bien. Y eso es lo más precioso que hay. Nos daba la fuerza para seguir. Yo trataba de calmarla diciendo que íbamos a empezar todo de vuelta”manifestó con claridad y con dureza Edgar.

Pocas horas después del siniestro, su hermana Rocío los acogió en su casa, donde los cinco integrantes de la familia González se establecieron temporariamente. Por esas mismas horas comenzó a circular una cadena por las redes sociales y por los medios locales solicitando elementos básicos. Y la gente una vez más comenzó con su habitual corrida solidaria proveyendo de ropa, zapatillas, pañales, alimentos…”Era impresionante como venía la gente”, resaltó, sorprendido, el jefe del hogar.

El 18 de febrero se cumplió un mes del siniestro y hoy agradecen muchas cosas. Lo primero es que están sus chicos vivos. Lo segundo, están inmensamente agradecidos por toda la ayuda que recibieron de la comunidad.” Doy gracias a Dios que se interesaron por nosotros y más, por los chiquitos míos. Eso fue lo que tocó más en cada persona y en cada corazón. A pesar de todo y de que perdimos todo, doy gracias a Dios”, reitera incansablemente Edgar.

“Nos estamos recuperando rapidísimo. La gente se portó muy bien con nosotros y la intendencia también. Por eso queremos agradecerles a todos”, explicó Edgar. “En aquel momento se nos derrumbó todo.Lo de afuera. Y lo de adentro. Pero la vida estaba. Eso no se recupera más. En ese momento estuvo Dios, hubo un milagro y esto es lo que nos da fuerza para seguir. Tenemos un ángel en serio”, finalizó.