Colaboradores: Gastón Potrebica

fUNA CAÍDA POR EL AGUJERO DEL CONEJO DE LEWIS CARROLL

En la literatura, los abismos donde las almas se desbarrancan, los Hades de la mitología griega, los infiernos Dantescos de la Divina Comedia o las honduras melancólicas de los literatos japoneses, como Oé en su novela Una cuestión personal, por mencionar pobremente algunos ejemplos, desnudan cierta condición que subyace en el alma (el instrumento anímico de Freud, el instrumento pensante, de Aristóteles), esto es, la condición de caída o vacío y su consecuencia subjetiva: el dolor de existir.

Una pequeña digresión. Alzar entre las manos intelectuales la Vida en general, eso que (y de esto podría hablar elocuentemente la religión) es algo transitorio, temporal, por ser de naturaleza esencialmente problemática, una constante preocupación que dio a cierto filósofo alemán la oportunidad de llamar a una ontología del estado de preocupación. Nos objetarán lo optimistas esta efervescencia de conflictividad subjetiva y vital, aunque es claro, no bien se escucha atentamente ese discurso, que es un enorme esfuerzo para sustentar algo como una fe. Allí reside su enorme valor funcional.

El psicoanálisis afirmará: todos los seres hablantes padecemos el dolor de existir a consecuencia de habitar como sujetos en el lenguaje, de haber caído en el mundo de la palabra, de la dimensión simbólica. Dolor que se halla en la base de nuestra constitución subjetiva. Aproximado por Shakespeare (y muchos otros) en boca del príncipe Hamlet: Ser, o no ser: ésta es la cuestión (…) pues tiene que preocuparnos qué sueños podrán llegar en ese sueño de muerte, cuando nos hayamos desenredado de este embrollo mortal… (Hamlet, Acto tercero, escena primera)

Embrollo mortal. Para nuestra condición humana, por su estatuto de seres hablantes, el objeto estará perdido para siempre. El símbolo anula toda posibilidad de equilibrio y adaptación al mundo. La exquisita condena a vivir en la rememoración de lo que nunca fue: condición del deseo. Traigo algo de Proust: (…) cuando nada subsiste de un pasado antiguo tras la muerte de los seres, tras la destrucción de las cosas, solas, más frágiles pero más vivaces, más inmateriales, más persistentes, más fieles, el olor y el sabor quedan todavía largo tiempo, como almas, para memorizar, aguardar, esperar, sobre la ruina de todo el resto, para llevar sin doblegarse, en su gota impalpable, el edificio inmenso del recuerdo. (En busca del tiempo perdido. Tomo I)

Caer en un psicoanálisis, (¡ah!, pero sin golpearnos estruendosamente, pues se suele caer sobre… un diván) es caer en la comunión indescifrable con el inconciente, es trasladar el dolor de existir que es consecuencia de vivir en el mundo del lenguaje. Es interrogar ese deseo inconciente descubierto por Freud. Jaques Lacan dirá que el inconciente está estructurado como un lenguaje.

¿Un psicoanálisis es caer por el agujero del conejo?

Uno allí se encuentra, como Alicia en el país de las maravillas (si es merecedor de la condición de analizante) con todas las miserias de habitar el mundo del significante: la falta en ser, la deuda de existir, el dolor de existir, el deseo insatisfecho y el deseo imposible (lógicas para que el deseo sea indestructible) entre otros infinitos fantasmas.

Sin embargo, felizmente, el análisis es la oportunidad de bien decir sobre aquella inescrutable densidad de nuestro ser (o no ser). Una etica que contempla un respeto básico por el derecho del paciente a resistirse a la dominación de cualquier instancia que impida el encuentro con el no saber que es el inconciente. Y el analizante es quien no es analizado por el analista, es el analizante quien analiza y es el analista quien acompaña en esta experiencia de lo singular.

 

PD: ¡Ah! un lector desprevenido anunció tras leer el texto que –no se entiende nada de lo que allí usted quiere contar, frente a tal afirmación lo interrogué en cuanto a que comente qué resto se alojó en su pensamiento tras la lectura y dijo: –el deseo y el agujero. Hallazgo feliz y preciado, pues sin agujero, sin falta, no hay deseo. Invención del inconciente, juntura entre dos palabras donde apareció la invención tras una lectura, objeto más preciado que la comprensión, para quienes no les es completamente ajena la experiencia psicoanalítica.

 

 

GASTÓN POTREBICA