Colaboración: Gastón Potrebica

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Gastón Potrebica

El lazo social en tiempos de unos.      En el film Tiempos Modernos, Charles Chaplin escenifica en la comicidad el desgarro subjetivo que la modernidad causaba en los hombres, pues el alma siempre está rezagada frente al denominado “progreso material”; su traducción es que nunca va de la mano el progreso material con el ético, como bien lo señala literariamente Sábato, pero se menciona al final de este artículo.

Estas líneas son una meditación sobre esas exigencias para el ejercicio de la ciudadanía que de vez en cuando se pregonan al individuo (mayormente en tiempos de crisis) por ejemplo a través de frases tales como “el agua en un termo sin usar, no la tire, reutilícela”. Sobre los resultados de esa microdemanda se podría inventar todo un tratado sobre la voluntad humana y los resultados demostrarían, sin ser pesimistas, que una cuarta laguna podría anexarse a las tres del mito local.

Para que algo así sea eficaz implicaría una revolución a nivel anímico y social que haría innecesaria la utilización del Deber para crear un comportamiento socialmente beneficioso. Mover las sensibilidades sociales en materia pública (no en el caso particular de la solidaridad, que es una dimensión diferente) despeja una constante: la de la insatisfacción y el malentendido. En el seno de lo público (la res pública, la cosa pública) el comportamiento ético es complejo (considérese lo que hacemos con los hospitales, el medio ambiente, las “naturalezas” públicas, los basurales, las instituciones…) a diferencia por ejemplo del ejercicio de la solidaridad en materia social, donde allí abundan los ejemplos por doquier. Tal vez porque ser solidario no exige una vicisitud fundamental en la perspectiva sobre el mundo y en cambio ser ciudadanos comprometidos requiere toda una transformación que no se reduzca únicamente a la demanda –por cierto justa y coherente en una democracia- sobre aquellos que son representantes políticos de las masas.

La individualidad en Tiempos Modernos se extraviaba en la serie de la producción de objetos, en el condicionamiento de la cantidad y en el ejercicio de la contabilidad del tiempo, exhaustiva, metódica. Nacen allí los “males” exacerbados de nuestro presente: la prisa, el quiebre del lazo social, el triunfo de la individuación.

Esta contabilidad, este cifrado, esta cuantificación, ha arribado al summun de su condición inicial. El cifrado de lo real inunda al mundo de hoy y demuestra la prueba irrefutable de que fundamentalmente, en el inconsciente, como lo prueba el psicoanálisis, el goce de cada uno no es complementario del de nadie y que el mundo de la cultura debe reinventar las formas para enlazar los unos desvalidos. Hoy no se tolera el goce del prójimo y nos hemos transformado en Unos dispersos y temerosos de creer y creyentes por el temor.

Podría intentarse una hipótesis: el modo de producción capitalista (en esencia, la producción del rédito, desde la ganancia real hasta la financiera) es el triunfo de la cifra en captar el exceso del deseo humano ya que como sujetos de deseo, estamos habitados por la falta y la contingencia. Búsqueda incesante y pulsional de un objeto de la satisfacción total, inexistente. Constante insatisfacción que muy bien ha recogido el modelo capitalista de producción infinita de objetos; semilla de la insatisfacción que devela el budismo tibetano tras el engaño del placer.  ¡La máquina de Chaplin no funcionaba debido a la electricidad sino a causa de la agitación de las almas consumistas!

Digamos que esta época es la agonía de las construcciones imaginarias sociales que permitían la elaboración de aquello imposible por estructura, hacer de dos uno en el amor y por qué no, en la ciudadanía, donde los malentendidos humanos tengan una posibilidad de disiparse en la comunidad social de los cuerpos y las almas.

El individualismo es un amo que expresa como Yo, el goce del cuerpo que es uno. El goce de lo uno. Goce autoerótico. Sin el otro. Yo solo y por lo tanto, solo yo. Regocijo de algunas de las promesas terapéuticas de fortalecer el uno, con el slogan engañoso del tu eres dueño del universo, eres el amo del destino. En este estado de cosas aspirar a que alguien pueda de su termo no tirar el agua sin usar es por lo menos, trágico.

Hoy todo se cifra: desde la ciencia, la economía, la tecnología, la medicina. Todo es cuantificable, numerable, contabilizable. Y para eso el auge del individualismo es casi una necesidad del sistema, pues sin el 1, no se puede contar, así está demostrado por los matemáticos en la serie de los números naturales.

Finalizo con Ernesto Sábato en su Sobre héroes y tumbas:

La señorita González Iturrat estalló:

-¡Con gente como usted el mundo nunca habría ido adelante!

-¿Y de dónde deduce usted que ha ido adelante?

Sonrió con desprecio.

-Claro. Llegar a Nueva York en veinte horas no es un progreso.

-No veo la ventaja de llegar pronto a Nueva York. Cuanto más se tarda mejor. Además, yo creí que usted hablaba de un progreso espiritual.

-A todo, señor. Lo del avión no es un azar: es el símbolo del adelanto general. Incluso los valores éticos. No me va a usted a decir que la humanidad no tiene una moral superior a la de la sociedad esclavista.

-Ah, usted prefiere los esclavos con sueldo.

-Es fácil ser cínico. Pero cualquier persona de buena fe sabe que el mundo hoy conoce valores morales que eran desconocidos en la antigüedad.

– Sí, comprendo. Landrú viajando en ferrocarril es superior a Diógenes viajando en trirreme.

 

 

GASTÓN POTREBICA