Lectura: Carnaval

(por La Loba Esteparia)

Tengo la punta de la nariz pelada debido a la exposición al sol sin protección, la cara tirante de resequedad, el pelo duro, olor a patas (usando un giro idiomático informal y vulgar), una mochila de veinticinco kilos de la que cuelgan por fuera una pava tiznada (utilizada no sólo pal cimarrón sino también a modo de tetera), una olla pequeña –igualmente mancillada de negro hollín- que utilizo a diario para hervir la sopa y un par de borsegos gruesos ultra embarrados… Así voy llegando a Montevideo luego de tres días de dedo y pernoctes a la intemperie (uno con lluvia). Me paro pulgar arriba al comienzo de la autopista que me lleva al interior de la capital oriental (no se la puede transitar caminando) y ante el indicador de que necesito un aventón, se detiene un señor y un niño, que luego me enteraré de que es su hijo; el conductor bajando la ventanilla del acompañante (casi aplasta al botija) me pregunta: “¿A dónde va, señorita?”. “A Montevideo”, respondo. “Sí, claro; usted está en la entrada a la autopista que termina enMontevideo. ¿Pero a qué callé va, hija?”. “Durazno y Convención”, digo sin titubear. Conozco bien la canción de Jaime Ross y es el primer lugar físico que se me viene a la mente. Pienso, además, que si Jaime le dedica un tema a esa intersección, tiene que ser un lugar popular, conocido y relacionado con algún tipo de actividad socio-cultural. Llego a esta ciudad decidida a experimentar el famoso carnaval uruguayo con sus mentadas llamadas y sus murgas cantoras. Me bajo en la esquina mencionada y lo primero que hago es cantar esa canción.

La llamada hace referencia a un evento afro-uruguayo que toma lugar en las calles de la Ciudad Vieja de Montevideo. Es la llamada porque los tambores llaman (valga aquí la redundancia), hablan, convocan, aclaman e invitan con su resonar a la población a unirse ya sea a través del baile o del parche. La llamada da comienzo al carnaval; se dice queesa noche los tambores llaman al mismísimo carnaval y le reclaman que se haga presente con todos sus duendes, diablillos y brujos. En muchas esquinas se arman previamente pequeñas fogatas en las que los percusionistas calientan los parches de sus chicos, repiques y pianos. Desfilan a lo largo de unas diez cuadras todas las comparsas de Montevideo y sus alrededores; tienen viejos yuyeros, escobilleros, pasistas, curanderas, portaestandartes y -sobre todo-enormes cuerdas de tambores. Hay alrededor de ochenta tambores por comparsa. Cuando pasa cada cuerda por donde estoy parada, el cuerpo me vibra, me tiembla literalmente…y la caja torácica PUMPUMPUM PUMPUM. Es muy potente y movilizante. Los parches terminan ensangrentados de la fuerza que ponen los músicos al tocarlos. Los caucásicos y mestizos se pasan carbón en los rostros para emular ser de la etnia afro-americana [o como quiera que se denomine objetivamente ahora a este grupo socio-cultural sin ofenderlos]. Toda la concurrencia está en modo trance. Incluida yo. Todos bailamos poseídos por la energía carnavalesca. La libido es un ser tangible y corpóreo que pulula entre las personas. Todo el mundo quiere mucho de todo. Se vive un ambiente increíble. Me siento en una narración de Gargantúa y Pantagruel. El espíritu del carnaval parece exaltar todos los sentidos primitivos que se relacionan con los placeres de la boca, de los órganos sexuales y del sistema excretor (entradas y salidas del cuerpo, diría Rabelais). La boca, principal y primariamente, para ingerir mucha bebida y mucha comida. Y en segundo lugar, para hablar y reclamar. Parece que no hemos cambiado mucho las preferencias básicas desde el medioevo. Es bueno saber que hay cosas que nunca varían y que nunca lo harán.

El reclamo social se hace escuchar en los tablados a través de las voces polifónicas de las murgas cantadas. La murga cantada es un género de canto grupal en sí mismo. Es una especie de coro, pero no lo es. Es histriónico y actúan, pero no es teatro, ni es un musical, ni tiene comparsa. Reutilizan y resignifican músicas populares pegadizas y les cambian la letra. La temática es de protesta plagadas de humor sarcástico, irónico y burlesco: “cantando en  joda, siempre canta la verdad…” ¿Acaso no era esa una de las intenciones fundamentales de disfrazarse para carnaval en la edad media? Era el único momento en el que las clases sociales coincidían y las clases inferiores hartas y dominadas vomitaban a sus superiores el descontento en el que vivían. Aún pasa lo mismo en Uruguay durante el carnaval. Las clases convergen y por un ratito los oprimidos pueden vociferar el descontento y exponer sus verdades mediante el arte. Llego al tablado. Estoy tuneada divina. Me bañé en un conventillo de mala muerte; pagué monedas por la estadía de dos noches con pieza a compartir con un viejo muy sucio, una mujer treintañera y una niña. Las luces del tablao me encandilan. Explota de gente de todas las edades y de todos los estratos sociales. Arrancan a cantar; la armonía, la polifonía y los tipos de voces me alucinan desde el primer compás. Hay agudos masculinos dignos de Ariana Grande. No puedo creer lo que escucho. Tengo que hacer un esfuerzo para seguir la letra, ya que entre los registros vocales únicos, los detalles minuciosos de los increíbles atuendos que usan, y la cantidad de hombres lindos y con onda que hay, tanto arriba como abajo del escenario, me desconcierto un poco.

No fue muy diferente mi llegada al carnaval tilcareño en Jujuy. También llevo días a dedo. No termino de llegar a un camping que ya me enamoré platónicamente de dos rostros cobrizos y sus ojos rasgados y negros; tan negros que no se distingue dónde empieza o finaliza la pupila. En Jujuy también convergen las clases sociales durante el carnaval, pero no hay reclamo. Hay muchas declaraciones de amor y algunas serenatas románticas, pero no, no hay reclamo social. La gente pone de excusa esta fecha para satisfacer todas las necesidades biológicas de manera exacerbada. Todas. Y siempre existe la posibilidad de culpar al diablo carnavalero por todas estas tentaciones a las que se nos expone. Las cholas golpean cajas y cantan coplas, los hombres soplanerkes, los niños y niñas corren sosteniendo sikuris y quenas. Todo se vive en un ambiente que oscila entre la inocencia y la travesura. Me prendo al baile de tinkus. Estoy desatada y conmovida. Tengo los anteojos llenos de harina y ramilletes de albahaca en el pelo. El inti potente irradia todo su calor y su luz sobre nosotros. Bailo en patas para sentir la pacha. Estoy bañada en lágrimas de emoción, alegría y agradecimiento. No dejo de bailar. Una chola me abraza y se conmueve con mi emoción. No conozco a nadie, pero los conozco a todos. Nadie me conoce a mí, pero todos saben quién soy.

Mientras tipeo este último párrafo en el intento de darle un cierre a este texto, me levanto hasta el toca discos y pongo Mediocampo de Jaime Ross. Busco el tema que me llevó a bajarme hace veinte años en aquella intersección. Se me vienen en tropilla los recuerdos. Al final, en la esquina de Durazno y Convención no pasa nada de nada. Los pibes no se juntan ahí… ni a fumar, ni a escabiar, ni a tocar. En esa esquina no se festeja el carnaval. Jaime Ross la menciona porque es una esquina de su antiguo barrio. Nada más. Con los años y el internet me enteré de que es un destino muy común y popular para nosotros los argentinos cholulos que somos fanas de Jaime Ross [ y yo que me pensaba muy original y única pidiendo que me bajaran ahí!]. Por Durazno y Convención no pasa la llamada, ni se arma un tablado, no se celebra ningún tipo de evento socio-cultural y sólo muy pocas veces alguna murguita fanática del autor calienta allí los parches de sus tambores frente una fogata improvisada. Ahora, en la era digital, se puede observar cada tanto a algún boludo argentino que se saca una selfie mostrando los carteles que etiquetan las calles de la aludida intersección. Es cierto que yo no encontré en esa esquina nada de lo que sugerían mis expectativas… pero ¿quién me quita lo bailado?

La Loba Esteparia

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